El precio del marisco se ha convertido en uno de los gastos que más pesan en la cesta de la compra, especialmente cuando se acercan fechas señaladas. Sin embargo, el coste por kilo no sería el único factor que determina cuánto paga el consumidor.
José María Sánchez, pescadero, ha puesto el foco en una cuestión que puede pasar desapercibida para muchos compradores: el agua que absorben las gambas durante su conservación y que acaba repercutiendo en el precio final.
A través de un vídeo publicado en redes sociales (@naveganteofficial), el profesional denuncia una práctica que invita a reflexionar sobre el funcionamiento de la cadena de distribución: "Te están cobrando el agua a precio del marisco".
El peso de las gambas
Según explica Sánchez, el marisco se selecciona después de su captura y se coloca en cajas con hielo para mantenerlo en buenas condiciones. Posteriormente, se subasta en la lonja con el producto en seco, sin añadir agua para incrementar su peso.
La situación cambia durante el transporte hasta los puntos de venta. Para conservar el marisco fresco, se utiliza hielo que, al derretirse, genera una mezcla de agua y nieve en la que las piezas pueden permanecer durante varias horas. En ese tiempo, las gambas pueden absorber parte de ese líquido y aumentar su peso.
Para demostrarlo, el pescadero realiza un experimento con un lote de 1,5 kilos de gambas. Primero las pesa y, después, las deja durante unas seis o siete horas en agua y nieve, un periodo similar al que puede transcurrir durante el transporte comercial.
Una vez transcurrido ese tiempo, retira el agua y el hielo antes de volver a pesarlas. El resultado, según muestra en el vídeo, es un incremento de 100 gramos. La diferencia puede parecer pequeña, pero adquiere otra dimensión cuando se tienen en cuenta el precio del producto.
"Si la gamba está a 30 euros, te están vendiendo 3 euritos de agua", sostiene Sánchez. En el caso de variedades más exclusivas, como la gamba roja, cuyo precio puede alcanzar los 200 euros por kilo, esos mismos 100 gramos equivaldrían a 20 euros.
La denuncia llega en un contexto en el que el precio del pescado y el marisco está condicionado por distintos factores, como el coste del combustible, la energía necesaria para mantener la cadena de frío y la disponibilidad de determinadas especies.
Además, la demanda estacional puede encarecer considerablemente algunos productos durante el verano o las Navidades, cuando el consumo aumenta.
La cuestión que plantea el pescadero es si el agua retenida constituye una consecuencia inevitable de la conservación o si existen prácticas que podrían evitar que el consumidor pague por un peso que no corresponde íntegramente al marisco.
Una reflexión que pone sobre la mesa la importancia de conocer qué se está pagando realmente cuando se compra marisco fresco.
