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Begoña tiene 63 años y lleva más de una década conviviendo con un cáncer metastásico. Tras verse obligada a dejar su trabajo como decoradora por recomendación médica, el Estado le concedió la incapacidad permanente, percibiendo una pensión pública actual de 860 euros al mes.

Su historia se ha dado a conocer en el canal de YouTube de Diego Revuelta. Pese a que muchos le sugieren buscar un pueblo más barato, ella no puede abandonar la capital por su cercanía con el Hospital Ramón y Cajal, situado a 15 minutos. Alejarse de su centro sanitario de referencia pondría en riesgo su tratamiento oncológico.

A la presión del alquiler se suman los costes derivados de su enfermedad. Apenas le sobran 100 euros mensuales para subvencionar las cremas y colirios que necesita, además de sufrir efectos secundarios como el síndrome mano-pie o sequedad extrema debido a la quimioterapia.

Mantenerse cerca del hospital le supone pagar 600 euros al mes por una habitación de 16 metros cuadrados. Begoña reside en un antiguo chalet adosado, que fue dividido por una inmobiliaria para alojar a 14 personas entre sus tres plantas y el sótano.

El inmueble se gestiona mediante contratos de apenas tres meses, al margen de la ley de arrendamientos urbanos. Esta fórmula genera una enorme inquietud en la protagonista, quien vive atemorizada ante la posibilidad de que cada trimestre le exijan una subida inasumible o decidan expulsarla del piso.

A las estrechas dimensiones del dormitorio se suman normativas muy estrictas fijadas por la agencia. Si una persona acude a pasar la noche con Begoña, el contrato le exige abonar un suplemento de 40 euros. Incumplir esta cláusula conlleva sanciones que pueden alcanzar los 400 euros.

Frente a estas prácticas, Begoña lamenta cómo se ha deshumanizado el acceso al hogar. Considera "escandaloso" que se exploten viviendas enteras troceándolos en pequeñas habitaciones. Bajo su criterio, resulta inaceptable obligar a las personas vulnerables a vivir en unas condiciones tan precarias e inestables.

Tras abonar el alquiler, a Begoña apenas le sobran 200 euros al mes para comida, suministros y gastos diarios. Admite abierta y tranquilamente que se considera pobre, asumiendo su realidad al comprobar que un único pago devora casi por completo la totalidad de sus ingresos.

Pese a las penurias que atraviesa, el estilo de vida de Begoña busca ser feliz hasta el final y aclara que no busca compasión. Su única exigencia es regular el mercado de la vivienda, aunque también pide firmar contratos estables para garantizar la tranquilidad de no ser desahuciada de un día para otro.