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Tomás llevaba una vida sin apenas contacto con la montaña hasta que un episodio inesperado dio un giro radical a su trayectoria. Con 50 años, decidió dejar atrás la ciudad para instalarse en Solanell, un pueblo en ruinas ubicado en las montañas de Lérida. Han pasado ya 14 años desde entonces y, durante cinco de ellos, fue el único vecino.

Todo comenzó con un accidente mientras trabajaba como repartidor en Fraga. Tras atropellar accidentalmente a un perro, el hijo del dueño animal le propinó un puñetazo en el cuello. El golpe le provocó un coágulo en la arteria de la retina y, como consecuencia, perdió la visión del ojo izquierdo.

A este episodio se sumó la falta de apoyo que recibió por parte de la empresa. Tomás afirma que no encontró la ayuda que esperaba tras lo sucedido y recuerda así la decisión que tomó uno de los socios. "Los de la empresa que debían haberme apoyado... lo que decidió uno de los socios fue echarme", explica en el canal de Diego Revuelta.

Fue entonces cuando su hermano le habló del proyecto para recuperar Solanell, impulsado por el arquitecto Saúl Garreta. Su primera reacción fue de incredulidad al contemplar el estado del pueblo. "¿Tú estás loco? ¿Qué vas a reconstruir aquí?", recuerda que le dijo a su hermano.

Sin embargo, después de tres meses de reflexión tomó una decisión que terminaría cambiando su vida. "Al final decidí y empecé a reconstruir este lugar, a limpiar la hiedra, a buscar la forma y manera de hacerlo", cuenta.

Reconstruyendo un pueblo destartalado

Durante los primeros cinco años estuvo completamente solo en Solanell. Lejos de considerar aquella situación un problema, desarrolló una particular concepción de la soledad.

"La soledad yo no la interpreto como si fuera algo malo... la soledad es súper necesaria para las personas e incluso hoy en día para poder despejar, limpiar el cerebro y darle un sentido a las cosas", afirma.

Su filosofía también explica por qué no considera una locura haber dejado atrás la ciudad. "La locura está en tanto y cuando pierdes el sentido, y se pierde más el sentido en las grandes urbes, en el estrés constante, que en un lugar tranquilo", sostiene.

Hoy vive gratuitamente en un pequeño habitáculo cedido por Flora, la última persona nacida en el pueblo.

Allí dispone de un sofá cama, televisión, nevera y lavadora. Baja una vez por semana a Monferrer para hacer la compra y complementa su alimentación con un huerto, conservas, mermeladas y setas que recoge y congela.

La distancia respecto a los servicios y la ausencia de comercios en el propio pueblo le han obligado a organizar su vida de otra manera. Tomás cocina principalmente guisos y potajes que puede conservar durante días y aprovecha los recursos que encuentre en el entorno.

También prepara sus propias mermeladas y conservas y usa productos de la zona, como las flores de saúco. Una rutina muy diferente a la que llevaba cuando trabajaba en la ciudad y que forma parte de su apuesta por una vida más tranquila y autosuficiente.

Sin embargo, en ese tiempo no ha perdido el propósito inicial por el que se mudó a Solanell. Tomás sigue participando en la reconstrucción del pueblo, desde la limpieza de la maleza hasta la recuperación de viviendas y la construcción de escaleras.

Sus dos hijos, asegura, están contentos con su decisión. A pesar de haber pasado cinco años completamente solo, el hombre confiesa que nunca ha entendido su experiencia como un aislamiento absoluto.

De hecho, mantiene una actitud abierta con quienes se acercan hasta Solanell y defiende la importancia de conservar los vínculos con otras personas. Así, tras 14 años en el pueblo, no tiene intención de marcharse. "No sé el tiempo que estaré, lo que sí sé es que intentaré estar el máximo posible", concluye.