Ramón García Martín tiene 62 años y lleva cuatro décadas ligado a la agricultura. Es la tercera generación de una familia dedicada al campo y trabaja como cerealista de secano en Carmona (Sevilla).
A sus 22 años comenzó como autónomo al frente del negocio familiar y, desde entonces, ha visto cómo el sector ha cambiado hasta convertirse, a su juicio, en una actividad cada vez más difícil de sostener.
"El futuro del sector tiene muy mala pinta", asegura a EL ESPAÑOL. "Somos los que peor lo estamos pasando". Su principal preocupación es la pérdida de rentabilidad, provocada por unos costes de producción elevados y unos precios que no han evolucionado al mismo ritmo.
El reto del campo
"Desde hace 20 años la rentabilidad ha ido bajando con los precios congelados de nuestros productos e incluso por debajo de hace años y, por si fuera poco, los gastos cada vez más altos", explica.
Semillas, fertilizantes, fitosanitarios, maquinaria, gasóleo y repuestos forman parte de una lista de gastos que, según el agricultor, hace cada vez más complicado que las cuentas salgan.
A esta situación se suma la competencia de las importaciones. Ramón considera que los precios bajos están directamente relacionados con las mercancías procedentes de terceros países, donde los costes son inferiores y las condiciones de producción diferentes.
"Los precios bajos vienen dados por la importación desde terceros países con costes inferiores, producciones muy superiores a las nuestras y una climatología más estable", señala. El agricultor también sitúa la climatología entre los principales factores que condicionan sus ingresos.
"Dependemos de la temperatura, la lluvia o las sequías", afirma. Las variaciones registradas durante los últimos años han afectado a los rendimientos de las explotaciones y, con ello, a su rentabilidad.
Pero no es el único problema. Ramón denuncia que la burocracia y las obligaciones administrativas estrechan todavía más los márgenes. Gestiones relacionadas con la PAC, los Ecorregímenes o el Cuaderno Digital de Explotación requieren tiempo y, en ocasiones, obligan a recurrir a gestores, cooperativas u organizaciones agrarias.
El cerealista reclama además mayores controles sobre los productos que llegan desde el extranjero: "Entran mercancías sin aranceles o con aranceles muy bajos, no se controlan los contingentes establecidos y no se realizan los suficientes controles de calidad y salubridad".
La situación también dificulta el relevo generacional. Para Ramón, alguien que quiera empezar sin acceso a tierras familiares tiene prácticamente imposible asumir las inversiones y la incertidumbre del negocio.
Por eso, su diagnóstico sobre los próximos años es pesimista. "No se atisba ningún cambio a corto plazo", indica. Y lo resume así: "Los mercados solo buscan lo más barato, eso lo encuentran en los puertos. Con eso en España no podemos competir".
