Polette llegó a España en 2017 desde Venezuela. Hoy, a sus 36 años, comparte un reducido piso en Moratalaz con otras siete personas y un gato, después de verse obligada a dejar atrás la casa en la que vivía con su familia.
Hasta entonces, su hogar estaba en el Ensanche de Vallecas, un barrio al que se trasladaron en 2020 y donde habían conseguido asentarse. Durante años, pagaron 800 euros al mes por el alquiler, una cantidad que fue aumentando con las revisiones anuales.
Con el tiempo, la renta alcanzó los 925 euros mensuales y la familia tuvo que marcharse. Desde entonces, el piso de Moratalaz se ha convertido en una solución provisional, aunque sus reducidas dimensiones dificultan la convivencia y dejan poco espacio para cada uno.
Sin embargo, todo cambió en septiembre del año pasado, cuando la propietaria les comunicó que debían marcharse.
"Nos tuvimos que venir para acá, porque en dos meses que nos dio la casera, no conseguimos ni comprar ni alquilar", explica Polette en el canal de SúperGreografía.
Desde entonces, la búsqueda de una nueva vivienda se ha convertido en una rutina agotadora.
Rastrea constantemente portales como Idealista y Fotocasa, está inscrita en el plan de alquiler del Ayuntamiento de Madrid y acude a las citas con toda la documentación preparada. Aun así, las respuestas nunca llegan a buen puerto.
"Me dicen que sí, que está aprobado, pero los dueños de los pisos nos rechazan, no sabemos el por qué, no nos dan explicaciones y seguimos intentándolo", relata.
En el piso de Moratalaz conviven la abuela, el abuelo (que duerme en el salón), Polette, su marido y sus dos hijos, una niña de cinco años y un bebé.
Las noches, reconoce, se han convertido también en horas de búsqueda desesperada: "A las 2 o 3 de la mañana, que ahora con el bebé me despierto, me meto en Internet".
Aunque asegura tener solvencia económica demostrable e incluso avalistas, siente que existe un obstáculo invisible que les impide acceder a una vivienda. "No es que no lo pueda pagar, es que nos cierran las puertas", lamenta.
Polette sospecha que el problema puede estar relacionado con el hecho de ser una familia con menores: "Yo no sé si es porque somos una familia y el tema de que hay menores. Yo creo que ese es el punto".
Pero lo más duro para ella no ha sido la mudanza ni la incertidumbre, sino el impacto emocional sobre su hija mayor. La pequeña nació en el piso que tuvieron que abandonar y todavía no comprende por qué no pueden regresar.
"Un día empezamos a recoger todo y me dice: '¿Qué pasa?'. Y yo le dije: 'Es que van a arreglar el piso y nos tenemos que ir'. Tuve que mentirle", recuerda.
Sin embargo, casi un año después, la niña sigue preguntando: "Mamá, ¿cuándo vamos a volver a la casa? Es que yo en mi otra casa tenía un jardín".
"A mí lo que más me pega como madre es eso. Yo quiero darle su espacio a mi hija", confiesa.
Pese a la situación que atraviesa, Polette mantiene el agradecimiento hacia el país que la acogió hace casi una década: "Yo tengo un agradecimiento muy grande con España. Me abrió las puertas, me ha dado muchas oportunidades, tanto laborales como personales".
