La agricultura y la ganadería son mucho más que una profesión para Marcos Garcés Lizama, agricultor y ganadero en Bañón, un pequeño municipio de Teruel.
Su familia lleva generaciones dedicada al campo y él decidió continuar con la tradición, aunque detrás de esa vocación se esconde una realidad cada vez más difícil: grandes inversiones, incertidumbre política y una rentabilidad que no siempre compensa el esfuerzo.
"Soy hijo de agricultores, nieto de agricultores, bisnieto de agricultores, o sea, de generaciones de agricultores", asegura a EL ESPAÑOL. "Lo he mamado desde pequeño, soy el mayor de tres hermanos... me ha gustado y lo he continuado". Así, aunque ha ayudado en casa desde niño, su incorporación profesional llegó entre 2010 y 2011.
Dedicado al campo
Actualmente, su explotación combina el cultivo extensivo de cereales, forrajes y leguminosas con varias granjas de porcino. Tres cuartas partes de la superficie agrícola se trabajan en ecológico y el resto, mediante producción convencional.
Una actividad que exige una inversión considerable y en la que cualquier imprevisto puede comprometer los resultados de toda una campaña. "Para ser autónomos tenemos detrás una inversión de 2 a 3 millones de euros... y tener esos altos a la espalda con variabilidades de precio que hay ahora y con el clima es complicado", advierte.
El trabajo tampoco entiende de horarios. Durante la cosecha, Marcos puede salir de casa a las siete de la mañana y regresar a las dos de la madrugada. Una rutina que se prolonga durante semanas, sin distinguir entre sábados y domingos.
"Es una cosa muy vocacional", reconoce. La maquinaria, además, exige preocupación constante, mientras que la presión aumenta cuando coinciden las tareas agrícolas con la incertidumbre de los precios o las condiciones meteorológicas.
Este último factor puede echar por tierra meses de trabajo. Marcos recuerda una primavera que parecía perfecta hasta que una helada en mayo afectó al trigo cuando estaba en floración.
"Teníamos muchísima planta, pero cero grano", lamenta. La experiencia resume uno de los grandes problemas del sector: invertir tiempo y dinero sin tener garantizado el resultado.
El problema del relevo generacional
A las dificultades económicas se suma la falta de jóvenes dispuestos a incorporarse. Para Marcos, no basta con que alguien quiera ser agricultor: también necesita acceso a la tierra, financiación y oportunidades para construir una vida en el medio rural.
La falta de servicios agrava la situación. "Sé que siempre tengo que tener en el garaje un coche con gasoil porque si uno de mis hijos se pone malo a las 3 de la mañana, me voy con el coche y hago 110 km y llego a Zaragoza", cuenta.
Pese a las ayudas europeas, considera que falta una estrategia agraria a largo plazo. Su diagnóstico sobre el futuro es preocupante: "Lo veo fastidiado entre fondos de inversión, clima y precios. La clase media de la agricultura está desapareciendo".
Por eso, defiende facilitar la incorporación de nuevos profesionales, mejorar la financiación y reforzar los servicios rurales. También pide acercar el campo a las aulas para que las nuevas generaciones conozcan el sector.
"Si te gusta eres feliz", indica. "El problema es que si eres muy feliz te podrás arruinar siendo feliz".
