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Trabajar en el campo no entiende de horarios. El clima, las cosechas y los animales marcan el ritmo de quienes viven de la agricultura y la ganadería, una actividad en la que las jornadas pueden alargarse durante semanas.

Marcos Garcés Lizama es agricultor y ganadero en Bañón, un municipio de la provincia de Teruel, donde mantiene una explotación familiar de cereales, forrajes, leguminosas y granjas de porcino.

"Tenemos tres cuartas partes en ecológico y el resto en convencional", asegura Marcos a EL ESPAÑOL. El joven agricultor de 35 años procede de una familia vinculada al campo desde hace generaciones: "Soy hijo de agricultores, nieto de agricultores, bisnieto de agricultores...".

"Lo he mamado desde pequeño, soy el mayor de tres hermanos. Me ha gustado y lo he continuado", indica. Su relación con el sector comenzó desde niño, ayudando en casa, aunque su incorporación profesional llegó "desde el 2010 o 2011 de forma más seria".

Desde entonces, ha comprobado de primera mano las dificultades de mantener una explotación agrícola en un entorno marcado por la incertidumbre.

Largas jornadas de trabajo

Está claro que la agricultura tiene poco que ver con un trabajo convencional. "Es una cosa muy vocacional", afirma. "La agricultura entiende menos de horarios. Te puedes intentar organizar, pero depende del clima y con los animales no tienen una llave para poder apagarlos".

Hay épocas del año en las que prácticamente toda su vida gira alrededor del campo: "Hay meses que no existo, estoy en el campo, y otros meses tengo muchísima más libertad".

Durante la cosecha, la situación se intensifica. "Me voy a casa a las 7 de la mañana y a lo que vuelvo son las 2 de la mañana y he comido en la máquina", apunta. "Eso lo haces durante 40 días sin sábados ni domingos, todo seguido".

A las largas jornadas se suman los riesgos propios de una actividad que combina maquinaria pesada, esfuerzo físico y condiciones meteorológicas cambiantes. "Pasamos mucho tiempo solos en el campo", cuenta. "Tenemos bastante estrés cuando hay mucha tarea, pinzas de precios o estrés climático en las cosechas".

Inversiones millonarias en el campo

Asimismo, mantener una explotación de estas características requiere también una elevada inversión: "Para ser autónomos tenemos detrás una inversión de 2 a 3 millones de euros y tener esos altos a la espalda con variabilidades de precio que hay ahora y con el clima es complicado".

El clima puede cambiar por completo el resultado de una campaña, como ocurrió este año. "Teníamos una primavera perfecta, pero este año una helada en mayo se cargó el trigo porque lo pilló justo en flor... teníamos muchísima planta, pero cero grano", rememora.

Esta incertidumbre se suma al problema del relevo generacional. Marcos considera que la incorporación de jóvenes requiere facilitar el acceso a la tierra, la financiación y la maquinaria, además de mejorar los servicios disponibles en los pueblos.

"Es imposible acceder a la tierra si no la tienes", apunta. "Tienes que hacer muchísima inversión con una amortización muy lenta".

Para él, el futuro del sector pasa también por explicar mejor la realidad del campo. "No podemos esperar que solamente los hijos de agricultores seamos los futuros agricultores", señala. "Habría que hablar más, enseñar lo que hacemos y educar sobre el medio rural y el sector primario".

Sin embargo, a pesar de todas las dificultades, mantiene una relación vocacional con su profesión: "Si te gusta eres feliz. El problema es que si eres muy feliz te podrás arruinar siendo feliz".