Tomás llevaba una vida alejada de las montañas cuando un inesperado episodio cambió por completo su rumbo. A sus 50 años, este hombre decidió abandonar la ciudad y trasladarse a Solanell, un pueblo en ruinas situado en las montañas de Lérida. Allí lleva ya 14 años y durante cinco fue su único habitante.
El origen de este cambio está en un accidente ocurrido mientras trabajaba como repartidor en Fraga. Después de atropellar accidentalmente a un perro, el hijo del propietario del animal le propinó un puñetazo en el cuello que le provocó un coágulo en la arteria de la retina y la pérdida de visión del ojo izquierdo.
Tomás, además, asegura que no recibió el respaldo que esperaba de su empresa. "Los de la empresa que debían haberme apoyado... lo que decidió uno de los socios fue echarme", explica en una entrevista en el canal de YouTube de Diego Revuelta.
Fue entonces cuando su hermano le habló del proyecto para recuperar Solanell, impulsado por el arquitecto Saúl Garreta. Su primera reacción fue de incredulidad al contemplar el estado del pueblo. "¿Tú estás loco? ¿Qué vas a reconstruir aquí?", recuerda que le dijo a su hermano.
Sin embargo, después de tres meses de reflexión tomó una decisión que terminaría cambiando su vida. "Al final decidí y empecé a reconstruir este lugar, a limpiar la hiedra, a buscar la forma y manera de hacerlo", cuenta.
Reconstruyendo un pueblo destartalado
Durante los primeros cinco años estuvo completamente solo en Solanell. Lejos de considerar aquella situación un problema, desarrolló una particular concepción de la soledad.
"La soledad yo no la interpreto como si fuera algo malo... la soledad es súper necesaria para las personas e incluso hoy en día para poder despejar, limpiar el cerebro y darle un sentido a las cosas", afirma.
Su filosofía también explica por qué no considera una locura haber dejado atrás la ciudad. "La locura está en tanto y cuando pierdes el sentido, y se pierde más el sentido en las grandes urbes, en el estrés constante, que en un lugar tranquilo", sostiene.
Hoy vive gratuitamente en un pequeño habitáculo cedido por Flora, la última persona nacida en el pueblo.
Allí dispone de un sofá cama, televisión, nevera y lavadora. Baja una vez por semana a Monferrer para hacer la compra y complementa su alimentación con un huerto, conservas, mermeladas y setas que recoge y congela.
La distancia respecto a los servicios y la ausencia de comercios en el propio pueblo le han obligado a organizar su vida de otra manera. Tomás cocina principalmente guisos y potajes que puede conservar durante días y aprovecha los recursos que encuentre en el entorno.
También prepara sus propias mermeladas y conservas y usa productos de la zona, como las flores de saúco. Una rutina muy diferente a la que llevaba cuando trabajaba en la ciudad y que forma parte de su apuesta por una vida más tranquila y autosuficiente.
Sin embargo, en ese tiempo no ha perdido el propósito inicial por el que se mudó a Solanell. Tomás sigue participando en la reconstrucción del pueblo, desde la limpieza de la maleza hasta la recuperación de viviendas y la construcción de escaleras.
Sus dos hijos, asegura, están contentos con su decisión. A pesar de haber pasado cinco años completamente solo, el hombre confiesa que nunca ha entendido su experiencia como un aislamiento absoluto.
De hecho, mantiene una actitud abierta con quienes se acercan hasta Solanell y defiende la importancia de conservar los vínculos con otras personas. Así, tras 14 años en el pueblo, no tiene intención de marcharse. "No sé el tiempo que estaré, lo que si sé es que intentaré estar el máximo posible", concluye.
