Rufo Santiago tiene 28 años y dirige una tienda de ropa en Cartagena. Supervisa un equipo de casi veinte personas, organiza los horarios, analiza las ventas y toma decisiones para mejorar el día a día del establecimiento.
Sin embargo, todavía hay quien se sorprende de que un hombre gitano ocupe ese puesto y cada cierto tiempo se repite la misma escena.
Un cliente pide hablar con el responsable de la tienda. Uno de los empleados va a buscarlo y, entonces, aparece Rufo. Algunos lo miran con sorpresa durante unos segundos y en alguna ocasión, incluso responden incrédulos.
Rufo Santiago, usuario del programa Incorpora de la Fundación ”la Caixa” y responsable de una tienda de ropa en Cartagena.
El propio Rufo recuerda una conversación en la que le dijeron: “‘Me dijeron ‘no, que quiero hablar con tu jefe’, le contesté que el jefe era yo y se notaba que la persona, por ser yo gitano simplemente, no estaba de acuerdo”.
No es la primera vez que los prejuicios se cruzan en su camino. Durante años sintió que muchas puertas se cerraban antes incluso de poder demostrar lo que sabía hacer.
"No era por experiencia ni por otra cosa. Simplemente, veían que era gitano y ya no hacía falta seguir hablando. Hay mucha gente que sigue teniendo pensamientos equivocados", lamenta.
Cambiar los estudios por el trabajo
Rufo creció en una familia trabajadora. Su madre trabajaba como limpiadora y su padre había sido albañil, hasta que la crisis de 2008 cambió por completo la situación económica del hogar.
Cuando terminó la ESO Rufo continuó estudiando Bachillerato, pero la realidad de aquel momento acabó imponiéndose y dejó los estudios para ponerse a trabajar.
Encontró empleo como camarero y aceptó todo lo que iba surgiendo, aunque la estabilidad nunca terminaba de llegar. A la dificultad habitual para encontrar trabajo, especialmente en aquellos años, se sumaban los estereotipos que seguían pesando sobre su comunidad.
Según datos del Observatorio sobre Discriminación y Antigitanismo y de la Fundación Secretariado Gitano (FSG), un 38% de las personas gitanas afirma haber sufrido discriminación directa al buscar trabajo tras revelar su origen o apellido en entrevistas.
Una oportunidad para seguir creciendo
Rufo también ha vivido la discriminación fuera del ámbito laboral. Recuerda cómo, siendo más joven, él y sus primos fueron rechazados a la entrada de restaurantes, cafeterías o discotecas mientras otras personas entraban con normalidad.
Se trata de pequeñas escenas que terminan dejando huella, aunque también recuerda los lugares y las personas que le ayudaron a abrirse camino.
De niño acudía a las actividades de apoyo educativo de la Fundación Secretariado Gitano. Allí encontraba ayuda con los estudios, orientación y un espacio donde sentirse seguro: “Nos acompañaban muchísimo cuando empecé el instituto. Para mí era el refugio para poder avanzar y seguir estudiando”, cuenta.
Años después, acudió de nuevo a la entidad por las dificultades que estaba encontrando para conseguir un trabajo estable.
La Fundación, a través del programa Incorpora de la Fundación "la Caixa" le ofreció un itinerario personalizado para facilitarle el acceso al mercado laboral que incluía formación práctica en diferentes sectores.
Rufo y Ana, de la Fundación Secretariado Gitano, entidad que colabora con el programa Incorpora de la Fundación ”la Caixa”.
Se decantó por el comercio porque le venía de familia: “Toda mi vida he estado metido en el mundo del mercadillo con mis abuelos, mis tíos… Cuando me dijeron que se podían hacer prácticas, yo tenía claro que tenía que ser algo de comercio”, explica Rufo.
Esa formación le permitió adquirir las herramientas que necesitaba -cómo atender a un cliente o cómo perchar la ropa- antes de incorporarse a unas prácticas en la firma de ropa Kiabi, donde lleva trabajando desde entonces.
Con los años, llegaron nuevas responsabilidades y los ascensos. Nueve años después de su primer contrato, recibió la propuesta de dirigir la tienda y ponerse al frente de un equipo de 18 personas.
"Estoy viviendo mi propio sueño", reconoce. “Estoy supercontento de que me hayan dado esta oportunidad, para mí era algo inalcanzable. Yo empecé con 19 añitos, siendo prácticamente un niño, y poquito a poco me han permitido seguir creciendo”.
A sus 28 años, el chico al que rechazaban por ser de etnia gitana lidera un equipo de unas 18 personas y aún puede tener mucho recorrido.
“De momento soy líder de tienda, vamos a ver el día de mañana. Estoy superfeliz y supercómodo en esta empresa”. Mientras tanto, su deseo es “seguir creciendo, aportando y adquiriendo más conocimiento”.
