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Las claves

Hay historias de emprendimiento que empiezan con una gran inversión, un despacho y un equipo detrás.

La de Iván y Julio comenzó de una forma bastante más sencilla: dos estudiantes de Ciencia y Tecnología de los Alimentos en la Universidad de Granada, un piso compartido y muchas horas frente al ordenador.

Mientras sus compañeros pensaban en aprobar los siguientes exámenes, ellos intentaban descubrir si una tienda online podía convertirse algún día en algo más.

Iván empezó en segundo de carrera, cuando todavía no tenía claro qué quería hacer con su futuro.

En el curso 2022-2023 comenzó a formarse en ecommerce y marketing digital y decidió probar suerte con una premisa que, con el tiempo, acabaría marcando su trayectoria: "Esto no lo hago para ganar dinero, sino que lo hago para aprender".

Antes hubo errores, lecciones y un trabajo de camarero para conseguir el dinero que necesitaba para seguir aprendiendo. "Prácticamente el sueldo entero lo dedicaba a invertirlo en publicidad; y si no era en publicidad, era en formación", recuerda Iván.

Durante meses, su salario se convirtió en combustible para un proyecto que todavía no sabía hasta dónde podía llegar.

El primer intento, de hecho, no fue exactamente el negocio que hoy gestionan. Iván y Julio pensaron en crear una marca de alimentos, una granola que pretendían llevar al mercado mediante publicidad online.

Llegaron incluso a presentarla a un laboratorio, pero se encontraron con una barrera: no tenían suficiente dinero para invertir simultáneamente en el producto y en marketing. Fue entonces cuando decidieron cambiar el enfoque, aprender ecommerce y empezar sin stock.

Lo que comenzó como una forma de aprender terminó convirtiéndose en una empresa con más de 15 trabajadores y tiendas en distintos mercados, especialmente en Estados Unidos.

Actualmente, ambos aseguran haber superado las siete cifras de facturación y gestionar entre 8.500 y 9.000 pedidos mensuales.

Pero Iván insiste en desmontar una de las imágenes más habituales del emprendimiento online: la del negocio que funciona solo mientras su propietario observa cómo entra el dinero.

"No es un negocio pasivo donde le das a un botón y el dinero entra solo. Es una empresa real, con toda la complejidad que eso conlleva", explica.

El salto más complicado no fue únicamente conseguir ventas, sino aprender a gestionar todo aquello que hay detrás. Al principio, ambos asumían prácticamente todas las funciones: atención al cliente, la cadena de suministro y el resto de departamentos.

Después, comenzaron a delegar y contratar a personas especializadas. "Siempre hay que mirar a alguien que esté por encima para que te enseñe, y siempre preguntando con humildad, sin creerte mejor que nadie", resume Iván.

Y todo ello ocurrió mientras terminaban la universidad. Frente al discurso que presenta abandonar los estudios como una condición para emprender, ellos eligieron precisamente el camino contrario.

"Nunca vi por qué tenía que elegir entre estudiar, trabajar o emprender", explica Iván. Para él, terminar la carrera formaba parte de un objetivo personal y, además, podía tener utilidad para el futuro proyecto de una marca de alimentación y suplementos.

Julio comparte esa filosofía. "Cuando empiezas un proceso o una etapa de tu vida, a mí personalmente me gusta cerrarla. Me gusta que, si la empiezo, la termino", afirma.

Ambos terminaron finalmente sus estudios y ven en ellos algo más que un título: un hito personal y una formación que podría acabar conectando con su futuro empresarial.

Ahora, su experiencia también se ha convertido en una vía para enseñar a otras personas a montar y escalar negocios online. Pero el mensaje que trasladan no gira únicamente alrededor del dinero.

De hecho, Iván considera que uno de los mayores errores de quienes empiezan es compararse con los demás. "Cada uno tiene un camino", sostiene, después de explicar que durante sus comienzos él mismo se obsesionaba con comparar su facturación con la de otros emprendedores.

Para Julio, quien quiera empezar necesita además asumir que los resultados no llegan de inmediato.

Sitúa en unos 3.000 o 4.000 euros el capital mínimo que ellos aconsejarían para comenzar, pero advierte de que no se debe esperar rentabilidad inmediata: "Un negocio es algo que se construye lento, y tienes que fallar porque tienes que fallar".

Su recomendación pasa también por mantener una fuente de ingresos mientras el proyecto crece y reinvertir en la empresa. "Al principio no pretendas sacar dinero de una empresa que está en crecimiento, porque le vas a capar su crecimiento completamente", señala Julio.

También considera clave seguir formándose y delegar cuanto antes aquello que el emprendedor no domina, para centrarse en lo que realmente aporta valor.

Las dudas de la familia

Incluso sus familias tuvieron dudas. No por falta de apoyo, sino por la incertidumbre de un camino menos convencional.

Julio lo resume así: "Obviamente tus padres, como padres, se preocupan por ti, por tu futuro y por todo, y van a tener miedo a que el día de mañana no tengas un trabajo".

"Realmente tus padres no tienen miedo a que falles, es decir, tienes que fallar. Ellos también han fallado y pasado por ahí, por otros procesos diferentes. No van a tener miedo a que intentes cosas, a que pruebes, a que avances, siempre que lo hagas con pies firmes y con cabeza", añade.

De aquel piso de estudiantes queda ya poco. Iván y Julio han pasado de experimentar entre clases y exámenes a gestionar un equipo, operar en distintos mercados y preparar incluso nuevos proyectos relacionados con la alimentación.

Su historia, sin embargo, mantiene el mismo punto de partida: no abandonar lo que empezaron y entender cada error como parte del aprendizaje.

Porque, más allá de las cifras, esa es la idea que atraviesa todo su recorrido: emprender no fue dejarlo todo para perseguir un sueño, sino aprender, trabajar, estudiar y aguantar hasta conseguir que aquel experimento dejara de parecerlo.