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Las claves

Carlos Morillas, lidera la tercera generación de ganaderos en Paulenca (Guadix), una pedanía de apenas doscientos habitantes, demostrando que el relevo generacional en el campo es posible.

En un contexto donde muchas zonas rurales sufren la despoblación, este joven ganadero ha decidido apostar por su tierra natal. Tras acabar el instituto, Carlos no se planteó otro destino que no fuera Paulenca.

A sus 28 años, asume con orgullo ser la tercera generación de ganaderos de su familia, cogiendo un testigo que inició su abuelo y continúa su padre, Torcuato: "Decidí ser ganadero porque desde pequeño me gusta".

Para Carlos, la elección de vida fue clara: "En Paulenca nací y me crié y aquí quiero seguir", afirma con determinación en una entrevista para Ideal.

Su objetivo principal es evitar que la tradición familiar se pierda, habiéndose preparado específicamente para hacerse cargo del ganado: "Me preparé hasta que estuve listo para hacerme cargo del ganado para que esta tradición de la familia no se perdiera".

Libertad rural

Para Carlos, el sacrificio que implica la ganadería —un oficio que reconoce que no permite descansos— se compensa con la calidad de vida que encuentra en su entorno.

El joven destaca la tranquilidad de Paulenca, una pedanía de apenas doscientos habitantes, como su principal atractivo. "La libertad del entorno rural no se compara con nada. Aquí no hay tráfico ni bullicio», asegura con una sonrisa, aunque matiza con humor que esa paz solo se ve interrumpida "excepto en las fiestas del pueblo".

"Muchos de mis compañeros han decidido irse a sacarse una carrera pero yo prefiero el pueblo", afirmaba el joven ganadero.

Además, Carlos se plantea quedarse en el pueblo toda su vida y ya echa la mirada al futuro: "Me gustaría que mis hijos se quedaran también en el pueblo con el negocio".

El día a día de Carlos Morillas en Paulenca es una jornada marcada por la dedicación constante y el contacto directo con la naturaleza, la cual comienza al alba cuando la luz asoma tras las montañas del mirador del Fin del Mundo.

La jornada arranca entre balidos y la necesidad de alimentar con biberones a los borregos recién nacidos, especialmente cuando son rechazados por sus madres, para asegurar su supervivencia.

Durante sus labores, Carlos cuenta con la vigilancia de su perro Cuqui, a quien educó hace doce años como guardián para proteger al ganado de cualquier intruso.

La jornada concluye cuando el sol empieza a caer y Carlos realiza un último vistazo a los animales antes de que, en solo unas horas, el ciclo vuelva a comenzar. Como él mismo admite, en el oficio de ganadero "no hay lugar para el descanso".