Abandonar la ciudad para empezar de cero en un pueblo prácticamente deshabitado no es una decisión que se suela ver todos los días.
Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo Tomás hace doce años, cuando decidió instalarse en Solanell, un pequeño núcleo del Pirineo leridano que poco a poco recupera la vida gracias al esfuerzo de quienes han apostado por reconstruirlo.
Su llegada estuvo precedida por un duro revés personal y profesional. Durante años había ocupado puestos de gran responsabilidad en la ciudad, hasta que perdió la visión de un ojo. En lugar de recibir apoyo por parte de la empresa en la que trabajaba, uno de los socios decidió despedirlo.
Después de ese episodio se trasladó durante unos meses a Girona, donde vivía su hija, para adaptarse a su nueva situación y recuperar la capacidad de conducir. Fue entonces cuando su hermano le habló del proyecto Reviu Solanell y le presentó a Saúl, impulsor de la recuperación del pueblo.
La primera visita no le convenció en absoluto. Tras llegar de noche, al amanecer solo encontró edificios derruidos. "Pensé que mi hermano estaba rematadamente mal", recuerda sobre aquella primera impresión.
Regresó a la ciudad, pero tras meses después decidió darle una oportunidad a aquella idea y, con 52 años, cambió por completo su forma de vida.
Ahora, doce años después, explica cómo ha conseguido salir adelante en un entorno donde los gastos son mucho menores que en una ciudad.
Viviendo en un pueblo abandonado
"Llegué aquí con 52 y ahora tengo 64. Es cierto que tengo el subsidio contributivo de 480 euros, con eso tienes que subsistir y haces mil cosas para hacerlo. Aquí es sencillo", aseguraba en el canal Monxileros.
"¿Por qué es sencillo? Por una cuestión muy simple: no tienes ningún bar ni historia en la que tengas que gastar. Te puedes manejar".
Aun así, asegura que el subsidio no ha sido su única fuente de ingresos. "De vez en cuando he estado trabajando, y el primer trabajo que tuve en esta zona fue en el archivo comarcal", señalaba.
"Es lo que me dio a estudiar toda la historia de este lugar, de lo que era el vizcondado de Castellbó, y lo que te hace que te mimetices con este entorno", contaba Carlos.
Ese conocimiento del territorio transformó también su forma de mirar el pueblo. "Tú veías una ruina... lo que haces es ver unas piedras que están llorando y otras que han dejado de llorar, que son las que se han reconstruido", afirma para describir su vínculo con Solanell.
Su capacidad para adaptarse no surgió de la nada. De niño, asegura que comprendió que la actitud y el aprendizaje eran las herramientas fundamentales para salir adelante, una filosofía que ha mantenido durante toda su vida.
Sin formación en construcción, ha aprendido de manera autodidacta a restaurar viviendas apoyándose en los conocimientos de otras personas y en tutoriales de internet.
Hoy mantiene una relación cercana con su hija, sus amigos y el resto de vecinos implicados en el proyecto de recuperación de Solanell, convencido de que su decisión no fue una huida de la ciudad, más bien una apuesta consciente por una forma diferente de vivir.
