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Las claves

Sandra tiene 27 años y, desde hace meses, su rutina tiene poco que ver con la que llevaba en grandes ciudades. Vive junto a su perro Jack en un pueblo de apenas 100 habitantes de los Pirineos aragoneses, donde asegura haber encontrado el estilo de vida que llevaba años buscando.

Sus mañanas ya no empiezan con el sonido del despertador y las prisas por llegar al trabajo, sino con un paseo por la montaña antes de comenzar la jornada laboral. "Tengo tiempo de trabajar, mucho tiempo de hecho, pero ahora el trabajo no es ni de lejos el centro de mi vida", explica.

La joven reconoce que el cambio no solo ha transformado su forma de organizar el día, también su manera de entender el éxito y la felicidad. En un entorno donde los vecinos se conocen por su nombre y la vida transcurre a otro ritmo, afirma haberse sentido acogida desde el primer momento.

"Aquí estoy aprendiendo lo que realmente me hace feliz", asegura en su canal de YouTube (Sand in the sun).

Leer en el jardín, pasear cada día con su perro o hacer actividades sin la obligación de ser productiva forman ahora parte de una filosofía que resume con una reflexión contundente: "El dinero es importante y necesario, pero para mí no vale nada si para conseguirlo pierdes totalmente tu tiempo y libertad".

De Barcelona a un pueblo de 100 habitantes

Hasta llegar a ese pequeño pueblo, Sandra había recorrido un camino muy distinto. Tras estudiar Periodismo, siguió los pasos que consideraba lógico: comenzar a trabajar cuanto antes y desarrollar una carrera profesional.

De hecho, desde que abandonó el hogar familiar con 22 años llegó a mudarse hasta diez veces. La oportunidad que parecía marcar su futuro llegó cuando recibió una oferta para trabajar como editora de vídeo para creadores de contenido en Madrid.

Sin embargo, aquella experiencia terminó convirtiéndose en un punto de inflexión. "Prácticamente lo único que hacía era trabajar", recuerda. El exceso de dedicación acabó provocándole insomnio, problemas de salud, ansiedad y un fuerte episodio de agotamiento.

Tras dejar el empleo regresó cerca de Barcelona para recuperarse, acudió al psicólogo, retomó el deporte y comenzó a viajar en una furgoneta que compró con sus ahorros.

Durante esos viajes comprendió que estaba siguiendo un camino que no correspondía a sus verdaderas necesidades. "Era el que seguían otras personas, pero no el que yo quería", explica.

Su llegada a los Pirineos fue casi casual. Durante una escapada sintió que aquel lugar era el adecuado para empezar de nuevo y, poco después, una seguidora de Instagram le avisó de que había una vivienda disponible en uno de los pueblos que buscaba. En menos de un mes ya se había instalado junto a Jack.

La historia de Sandra refleja una tendencia cada vez más visible entre los jóvenes españoles. Lo que comenzó durante la pandemia se ha consolidado como un fenómeno conocido como 'neorruralismo', impulsado tanto por la búsqueda de una mayor calidad de vida como por el elevado coste de la vivienda en las grandes ciudades.

Según Fotocasa Research, alrededor del 71% de los jóvenes de entre 18 y 24 años afirma que le gustaría vivir en una zona rural, aunque solo uno de cada cinco planea hacerlo realmente.

La falta de empleo presencial, la escasa oferta de alquiler y la pérdida de algunos servicios siguen siendo los principales obstáculos.

Aun así, para quienes pueden dar el paso, el objetivo suele ser el mismo que encontró Sandra: disponer de más tiempo, vivir con menos estrés y recuperar un equilibrio que muchas veces resulta difícil de alcanzar en las grandes ciudades.