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Las claves

El frente que azota la Sierra Oeste de Madrid, la provincia de Ávila y parte de Toledo acumula ya más de 77.000 hectáreas calcinadas y un perímetro devastado que supera los 200 kilómetros. Dicho de otra manera, el mayor de la historia de España.

Pero más allá de las hectáreas calcinadas, hay un aspecto que el propio rey de España, Felipe VI, subrayó durante este fin de semana en su visita a la zona. “Hemos perdido un valor incalculable”, afirmó el monarca en la localidad de Villamanta.

“Merece la pena detenerse en ese adjetivo. No dijo enorme, ni grave, ni cuantioso; dijo incalculable”, afirma Regino Coca, fundador y CEO de Cocampo. “Y la palabra importa, porque lo que estos incendios se han llevado no es simplemente mucho: está, literalmente, fuera de la lógica del cálculo”.

Lo incalculable

El fundador y CEO de Cocampo, el marketplace donde se compran, se venden, se arriendan y se ponen en valor las fincas rústicas y los activos rurales, es rotundo: “Hemos construido una civilización que ha aprendido a levantar y a rehacer casi todo, como catedrales que ardieron”.

Pero matiza: “Queda, sin embargo, una categoría de cosas que se resiste a todo eso. Una encina de quinientos años. Un olivo milenario. Un pinar que tardó siglos en crecer y se pierde en una tarde”.

Porque, desde su punto de vista, “no se construyen, no se reconstruyen, no se reproducen ni se generan, y nadie que hoy viva volverá a verlos como eran. Eso es lo incalculable: no algo demasiado caro para ponerle precio, sino algo que ninguna mano y ninguna inteligencia, humana o artificial, puede devolver”.

Es decir, que “lo único que hoy conserva un valor verdaderamente incalculable no es lo que hacemos nosotros, sino lo que no sabemos hacer: los bosques, los mares, los paisajes”.

Cambiar la mirada

Otra característica de la tierra es que no solo es irreemplazable, como un bosque antiguo, sino que además es finita. “Es el último activo que no se fabrica ni se acelera, el único que no admite una versión nueva. No se produce más: la que hay es la que habrá”, remarca Coca.

Y añade: “Esto debería cambiar cómo miramos el campo que arde cada verano. No es un paisaje de fondo ni una cifra de hectáreas. Es un patrimonio que, una vez perdido en su forma madura, no se recupera, ni para nosotros ni para quienes vengan después”.

De ahí que subraye que “cuidarlo, mantenerlo vivo, gestionado y habitado, no es nostalgia ni es negocio. Es custodia, una responsabilidad compartida entre quien lo posee, quien lo administra y quien lo mira desde la ciudad como si no fuera suyo”.

E incluye un matiz que, desde su opinión, no conviene olvidar: “Conviene decir también algo que a veces se calla: el fuego forma parte de la vida del monte. Que arda de vez en cuando, en su medida, es un proceso natural”.

Pero recuerda que “lo que no es natural es su dimensión actual. Un incendio no llega a amenazar vidas ni a arrasar decenas de miles de hectáreas por fatalidad, sino por lo que dejamos de hacer antes”.

Es decir, gestionar los montes, prevenir a tiempo y dotar medios suficientes. “Que el monte arda puede ser parte del ciclo; que arda así, y que ponga en peligro a las personas, es casi siempre responsabilidad nuestra”, sostiene.

“Un bosque de siglos no tiene copia ni segunda oportunidad, y esa es precisamente la razón por la que hoy es lo más auténtico, lo más valioso y lo más incalculable que nos queda. Tratarlo como tal no es romanticismo: es reconocer lo único que, de verdad, no vuelve”, concluye Regino Coca.