Las viviendas prefabricadas se han convertido en una de las grandes tendencias del mercado inmobiliario. La posibilidad de reducir los plazos de construcción, controlar mejor el presupuesto y optimizar el proceso ha despertado el interés de quienes buscan construir una vivienda de forma más rápida y predecible.
Sin embargo, los arquitectos advierten de que existe una idea equivocada muy extendida: fabricar una casa en una nave industrial no significa, por sí solo, que su calidad sea superior a la de una vivienda tradicional.
Así lo explica el arquitecto Damián Gil, quien considera que una de las principales fortalezas de este sistema reside en los tiempos de ejecución.
Al producir gran parte de la vivienda en un entorno controlado, desaparecen muchos de los factores que suelen retrasar una obra convencional. "Al fabricarse gran parte de la vivienda en taller, en un entorno controlado, se reduce bastante la incertidumbre que suele haber en una obra tradicional", señala.
Según explica, la construcción depende menos de la climatología, de los retrasos entre proveedores o de las improvisaciones que pueden surgir durante la obra. Además, el uso de procesos repetitivos y estandarizados permite trabajar con calendarios mucho más ajustados y previsibles.
"Una vivienda prefabricada permite mayor control de tiempo y se reducen los imprevistos", resume. Otra de las ventajas que destaca es el mayor control del proceso constructivo.
Para explicarlo, el arquitecto utiliza una comparación muy gráfica: construir una vivienda tradicional es como fabricar un coche al aire libre, bajo lluvia y esperando que distintos proveedores lleguen a tiempo.
En cambio, una fábrica ofrece unas condiciones estables y procesos perfectamente definidos, lo que ayuda a minimizar errores. No obstante, es precisamente en este punto donde Damián Gil introduce el matiz que considera más importante.
"Que se haga en una fábrica no garantiza que sea mejor. La calidad no es el dónde, es el cómo", afirma. En su opinión, una solución constructiva mal diseñada seguirá siendo deficiente aunque se fabrique en una instalación de última generación.
Del mismo modo, una vivienda tradicional puede ofrecer un resultado excelente si cuenta con un buen proyecto y una ejecución cuidada. Por eso insiste en que el verdadero valor no está en el sistema constructivo, sino en el trabajo técnico previo.
"Lo que compras no es una caja, es un diseño técnico", explica. A su juicio, el papel del arquitecto consiste en garantizar que cada detalle del proyecto esté correctamente resuelto desde el primer momento.
La eficiencia energética también figura entre los argumentos que suelen asociarse a las casas prefabricadas. Muchas incorporan envolventes altamente optimizadas que mejoran el aislamiento y reducen las pérdidas de calor.
Sin embargo, Gil vuelve a introducir un matiz: este comportamiento no depende de que la vivienda sea prefabricada, sino de que el sistema constructivo haya sido correctamente diseñado. Por último, el arquitecto señala que este modelo suele facilitar un mayor control económico.
Al trabajar con soluciones previamente definidas y, en muchos casos, con catálogos cerrados, resulta más sencillo fijar un presupuesto desde el inicio y evitar sobrecostes derivados de cambios durante la obra.
