Cultiva tomates en Almería, asume riesgos económicos de hasta 100.000 euros por campaña y se enfrenta a la asfixia del mercado marroquí.
A pesar de ofrecer un sueldo por encima del salario mínimo, su mayor pesadilla cada temporada es encontrar manos dispuestas a trabajar la tierra.
Sergio Ruiz lleva el campo en la sangre. Igual que su padre y que su abuelo, este almeriense que apenas supera los 40 años hunde sus manos cada día en la tierra cálida de los invernaderos para cultivar tomates pera.
Sin embargo, sabe que pertenece a una estirpe de labriegos en peligro de extinción.
"Lo he vivido desde chico", confiesa con orgullo, consciente de que hoy es una auténtica rara avis. La mayoría de sus amigos de la infancia abandonaron el campo hace tiempo para emigrar a la ciudad o refugiarse en los almacenes de la industria auxiliar, buscando una vida menos sacrificada.
El estigma social ha hecho estragos: "En la escuela te decían: 'si no estudias, irás al invernadero'". Esa frase ha ahogado el relevo generacional.
Hoy, Sergio gestiona tres hectáreas de cultivo, pero su día a día es una carrera de supervivencia. Y su mayor obstáculo no es clima, sino la alarmante falta de personal.
En Almería, el 47% de los trabajadores del sector primario son inmigrantes. Dos de sus localidades, El Ejido y Roquetas de Mar, concentran las mayores tasas de población extranjera de España.
La lógica dicta que no debería faltar mano de obra. La realidad de Sergio es muy distinta.
"Un temporero puede ganar alrededor de 1.200 euros al mes. En meses más flojos puede bajar a 900 o 1.000 y pico. Yo creo que ganan bien, no tengo queja con ellos ni ellos conmigo", explica. Si el sueldo es competitivo para el sector y la necesidad es urgente, ¿por qué los teléfonos no suenan?
La respuesta es un bloqueo burocrático. Los jóvenes españoles descartan el campo por su dureza y la estricta Ley de Extranjería torpedea la contratación de inmigrantes recién llegados.
Jóvenes agricultores
"Somos partidarios de que se les dé un permiso de trabajo temporal mientras regularizan lo suyo. Eso nos facilitaría la vida", reclama el agricultor.
A las trabas legales se suma la falta de arraigo: muchos inmigrantes logran "los papeles" y viajan de inmediato hacia Francia o Bélgica.
Esta escasez ya obligó a Sergio a dejar de cultivar tomate de rama, que exige muchísima más dedicación manual. Pero la falta de manos es solo una de sus batallas. Ser agricultor hoy requiere un músculo financiero y una tolerancia al estrés que pocos jóvenes están dispuestos a asumir.
"No tengo un margen para decir 'tengo dinero para el año que viene'. Todos los años empiezo poniendo en riesgo a mi familia y mi casa", lamentó en una entrevista con EL ESPAÑOL en 2024.
Vista de los cultivos de tomate de Sergio Ruiz.
En algunas campañas ha tenido que meter al campo 100.000 euros antes de saber si recuperará un céntimo. Hace tres años, una calima primaveral asfixió sus plantas y le hizo perder 50.000 euros de golpe. "¿Qué joven quiere arriesgarse de esa manera?", reflexiona.
A este calvario se le suma la expansión del producto marroquí, su mayor temor: "Sus costes de producción son un 70% más bajos. Alguien que aquí gana 70 euros en un día, allí gana 10. Es imposible competir", denuncia.
Mientras tanto, el kilo de tomate se ha llegado a pagar en origen a unos ruinosos 20 céntimos, aunque luego los supermercados inflen los precios.
De sol a sol, junto a dos trabajadores fijos discontinuos de Senegal y Mali, Sergio sigue peleando por sus tierras. Su historia es el vivo ejemplo de un sector que necesita urgentemente que se agilice la burocracia para no terminar secándose de raíz.
