Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión En defensa propia

El derecho a no oírte

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Hay una forma andaluza de la generosidad que consiste en repartir la propia conversación entre desconocidos. No se pide permiso: se reparte. Gratis, en abundancia, sin posibilidad de devolución y con entrega a domicilio en la mesa de al lado.

Lo comprobé hace unos días en un centro comercial de Sevilla. Había quedado con mi mujer a la una y media; llegó cerca de las tres, detalle sin mayor importancia y del que prefiero no dejar constancia escrita. Mientras tanto me instalé en una mesa alta junto a un ventanal enorme, con el cielo de septiembre al fondo y unos setos abajo que fingían un jardín. Una Coca-Cola con mucho hielo y limón. Unos informes que tenía verdadero interés en leer. Ninguna prisa. Aquello, sobre el papel, era la felicidad.

Duró quince minutos.

A mi izquierda fue poblándose una mesa prevista para cuatro que terminó siendo de seis, con dos taburetes añadidos a los flancos como quien amplía una casa sin licencia. De allí salía un señor de voz estridente que, a tres metros escasos, conseguía el prodigio acústico de hablarme directamente al oído sin dirigirse a mí. Su tesis era una sola y la sostuvo, calculo, entre diez y quince veces: que en el Parlamento nadie propone nada, que unos insultan y otros critican, pero propuestas concretas, por escrito, ninguna. Y que él lo sabe porque tiene más tiempo que los demás y ve la televisión. Yo, que llevo más de treinta y cinco años buscando pruebas, admiré la contundencia con que daba por probado lo que no había mirado.

A su lado, una señora hablaba de feminismo, de una manifestación, de los derechos de las mujeres y de las noticias de Ceuta. Después se sumaron un joven con barba y una muchacha con una voz de pito capaz de atravesar un tabique de carga. De los seis, tres emitían. Y lo de emitir no es metáfora: no hablaban para entenderse entre ellos, que estaban a un palmo, sino para que constara.

Salí de allí sin haber leído ni la cuarta parte de mis informes, pero con un dominio sobrevenido de la actualidad parlamentaria andaluza que no había pedido ni pienso agradecer.

Enfrente había una mesa con una señora española y su marido americano, que hablaba un español de acento simpático. Apenas se les oía. Fue el único oasis de la mañana y era, adviértase, medio importado.

Más allá, a seis o siete metros, un matrimonio de unos setenta años recibió a su hija, mamá reciente, con el carrito y un bebé de pocos meses. Los abuelos hicieron de abuelos: cogerlo, sonreírle, besarlo. Y la hija hizo de altavoz. Desde el doble de distancia que la mesa de la política, se la oía con más nitidez. Sus padres asentían con la cabeza, sin intervenir, con esa resignación serena de quien lleva veintitantos años entrenando. El bebé fue el único que no dijo nada en dos horas. Todavía no ha aprendido a hablar y, por tanto, era el único verdaderamente educado de la mesa.

El remate llegó cuando los de la política se marcharon y su mesa la ocupó un señor de unos cincuenta años, chaqueta clara de verano, con su hijo de diecinueve o veinte y la novia del hijo, muy guapa y muy callada. Venía excitadísimo, con una verborrea que yo atribuiría a alguna sustancia si no fuera porque la primera copa de vino aún no había llegado. Habló de quesos, de patés, de vinos buenos, de fútbol, del trabajo, de su madre. Se levantó dos veces anunciando a la camarera que salía un momento y volvía. Y volvía. Vaya si volvía.

Vengo, quizá, mal acostumbrado: agosto en la costa, la primera parte del mes en Londres y esa querencia mía por Portugal, donde los portugueses hablan en un murmullo que aquí pasaría por conspiración. Aunque también es verdad que cuando la mesa de al lado habla en francés o en inglés el ruido molesta la mitad. El idioma propio tiene ese defecto: se entiende sin querer.

Cuando por fin llegó mi mujer y le expuse mi caso con la vehemencia del damnificado, me dio la razón. Y acto seguido me la quitó: «Luis, tú también estás hablando». Ahí está la pregunta, y no es retórica. ¿Hablamos los sevillanos más alto que nadie, o soy yo, que he entrado en esa edad en la que el ruido ajeno se convierte en una ofensa personal?

Me inclino por una respuesta intermedia. Hablar alto no es un defecto andaluz: es un exceso de confianza en el interés que despierta lo que uno cuenta. Nadie sube el volumen para que le entiendan sus acompañantes, que están a medio metro. Se sube para que conste. La conversación se convierte así en emisión, y el local, en plató. El problema no es la alegría, que aquí sobra y es lo mejor que tenemos; es esa modalidad de vanidad que confunde la sobremesa con una comparecencia.

Pagué, me despedí del camarero y le dije, en voz perfectamente audible desde la tienda de delicatessen, que aquello había estado estupendo. Mi mujer me miró. No dijo nada. No hacía falta.