Javier Navarro.
Maldito lunes, pensé. La vuelta a la rutina resulta cada año más dura que la anterior. Pero el colapso de las mañanas sevillanas en coche, la verdadera y penosa rutina de la ciudad, tiene sus ventajas.
En ese primer trayecto del curso, el pasado (maldito) lunes, sonó en una de esas emisoras locales a las que habría que levantar varios monumentos una canción desconocida de Rocío Jurado. Hablaba de retamas, picos de pájaros, campos y mimbres. Ese vocabulario nacido de los paisajes de reposo baila entre el topicazo y la ternura.
Me decidí por la segunda opción, porque entregarse a la tierra reconforta cuando uno tiene por delante diez meses de asfalto, aparcamientos, móviles y aires acondicionados en despachos diminutos.
Onda Sevilla Radio (106.2 FM) y la Jurado dieron paso a Spotify. Intenté escuchar poemas de Lorca, porque en él también está ese alfabeto —más crudo, igual de tierno— de palabras llanas y lunas plomizas.
Solo encontré versos recitados en un castellano repleto de eses y terminaciones secas. Ninguna aspiración, ni tonos intermedios, nada de la lengua jugosa de recodos, como las murallas de la Alhambra y los adarves del Albaicín, que debía salir de su boca.
Lorca durante su estancia en la Universidad de Columbia, 1929.
Más tarde di con una lista de canciones sobre sus poemas: El café de chinitas, Oda a Walt Whitman, A las cinco de la tarde, La leyenda del tiempo. Ya daba igual el acento. Los versos cantados salían de la radio del coche como si de una lluvia de meteoritos se tratase.
Guardé la selección para escucharla sin tareas mecánicas ni agobios de por medio. Cuando pude hacerlo, los paisajes evocados por «la más grande» volvieron, mucho más nítidos.
No me hizo falta escuchar la voz de Federico para entender los mundos que habitó: el equilibrio de un alma libre que aprendía de los muros gruesos y los porches cubiertos de parras con el mismo ímpetu con que leía a Victor Hugo o dibujaba una Nueva York de ojos con raíces y lágrimas en forma de luna.
Dicen más de nosotros la música que escuchamos y los libros que leemos que la forma en que suena nuestra voz. Desde su asesinato se han invertido muchas horas de investigación en resucitar la dicción de Lorca.
Pero la voz es solo una mezcla de azar y genética. Podría haber tenido otra voz; no habría escrito esos versos si no hubiese cruzado el zaguán de su casa familiar, ni hubiese besado a esos amores, ni hubiese visto la luz naranja de Madrid entrar por la ventana de fino vidrio de la Residencia de Estudiantes.
Un buen ser humano debió de ser. La sonrisa de aquel joven se repite como una letanía en casi todos sus retratos. Aunque sabemos de sus crisis y sus dudas, las crónicas cercanas coinciden en que su vitalidad llenaba los espacios que recorría. En 1929 se marchó a Nueva York y se alojó en el piso 12 del John Jay Hall, en la Universidad de Columbia.
Mientras, en Sevilla, donde dos años antes se había reunido en el Ateneo de la calle Tetuán con colegas afines, se inauguraba la Exposición Iberoamericana, y él escribía a su familia: «Os mando una foto muy bonita hecha en el reloj de la Universidad. Es una bola de pórfido prodigiosa.
En ella se ve un paisaje de rascacielos, si os fijáis bien, y el sol». La ciudad que vio la vemos mejor en sus poemas que en la bola distorsionada de aquella foto enviada a modo de postal. Los años —el tiempo— no son más que una leyenda, que se lo digan a él, y también se distorsionan.
Aquella Sevilla invirtió todo su capital en la Exposición y olvidó sus barrios, algunos sin agua corriente ni luz; un siglo después ha convertido su arquitectura en el lenguaje oficial de la ciudad. Y en Europa, la sangre derramada y los genocidios de las guerras que estaban por venir parecen haberse olvidado.
AfD arrasó en Sajonia-Anhalt, y los tambores fatídicos vuelven a sonar demasiado cerca. Los herederos ideológicos de quienes lo asesinaron ganan elecciones mientras su figura se reivindica —a veces se manosea— en películas y aniversarios.
Extraño tiempo este, como todo momento en el que la incertidumbre aviva los miedos de un mundo que aún no ha decidido hacia qué lado virar. Vemos el polvo en suspensión, una nube espesa de ruido, y no sabemos si empezará a clarear o si todavía quedan más desechos por caer.
Releo a Federico: «Quiero que el viento fuerte de la noche más profunda quite flores y letras del arco donde duermes», escribió al final de su Oda a Walt Whitman, y pidió que alguien anunciara «la llegada del reino de la espiga», símbolo de la esperanza de un renacimiento universal basado en la naturaleza, la libertad, la solidaridad y la autenticidad frente a la deshumanización de la sociedad industrializada.
Hagámosle caso. Confiemos en ese viento, recemos sin cruces ni llantos para que el tiempo —como el velero sobre el que flotaba el sueño— nos lleve a puerto seguro, allí donde el reino de la espiga ordene el mundo con compasión, justicia y verdad.