Álvaro Ramos.
Se acabaron las vacaciones y, con ellas, ese particular festival de verano en el que se convierten cada año las redes sociales. Durante las últimas semanas hemos contemplado paisajes paradisiacos, mesas repletas de platos apetitosos, atardeceres cuidadosamente encuadrados y fotografías en bañador con el mar al fondo.
De algunos conocidos —y también de algunos completos desconocidos— hemos podido reconstruir las vacaciones casi jornada por jornada gracias a una interminable retahíla de fotografías, reels y stories.
Pero esto no se reduce solo al verano. Compartimos fotografías durante todo el año. De cuando éramos niños, nuestros momentos favoritos de cada mes, si somos más de playa o montaña, de verano o invierno, de dulce o salado.
Contamos cómo nos gusta el café, cuánto debe dorarse una tostada o cuál es el punto exacto de la carne. Enseñamos nuestra casa y presentamos, muchas veces sin que ellos lo hayan decidido, a padres, abuelos, hermanos, tíos, primos y sobrinos.
Exhibimos aniversarios, declaraciones de amor, discusiones más o menos veladas y reconciliaciones. Hay quien convierte incluso los espacios más íntimos de la pareja en material susceptible de publicación.
Pero esa exposición constante no es completamente inocua. Al mostrar dónde vivimos, dónde estamos de vacaciones, cuáles son nuestras rutinas o quién forma parte de nuestro círculo más cercano dejamos un rastro de información que no siempre sabemos quién observa ni con qué intención.
Especialmente delicado resulta cuando esa exposición alcanza a menores que ni siquiera han podido decidir si quieren formar parte de nuestro escaparate digital.
Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para narrarnos. Y quizás nunca habíamos sentido tanta necesidad de hacerlo. Las redes sociales han terminado por convertir nuestra existencia en una suerte de relato permanente.
Ya no basta con vivir determinadas experiencias: parece necesario documentarlas, editarlas y ofrecerlas a los demás.
Elegimos la fotografía, corregimos la luz, buscamos una canción apropiada y redactamos una frase que resuma aquello que supuestamente estamos sintiendo. La vida sucede y, casi simultáneamente, comienza su posproducción.
Detrás de todo ello puede existir algo tan comprensible como el deseo de compartir un momento feliz. Pero también, en ocasiones, una necesidad voraz de reconocimiento.
Esperamos la aprobación de personas con las que quizá nunca hemos mantenido una conversación frente a frente, cuya voz desconocemos y a las que apenas hemos puesto rostro más allá de la fotografía de un perfil.
Un corazón, un comentario o una cifra creciente de visualizaciones terminan funcionando como pequeños certificados de existencia.
Conviene, en cualquier caso, no caer en el cinismo. Quienes tenemos redes sociales publicamos fotografías, contamos viajes, celebramos logros o compartimos momentos que nos parecen especiales. No hay nada necesariamente malo en ello.
La diferencia quizá resida entre compartir algo porque nos apetece y sentir la obligación permanente de hacerse ver. Entre utilizar las redes como una ventana y convertirlas en el escaparate total de nuestra existencia.
El verdadero problema aparece cuando ya no sabemos guardarnos nada. Cuando cualquier instante necesita espectadores. Cuando incluso mientras vivimos algo estamos pensando en cómo quedará contado después. Y existe todavía otra paradoja.
Nunca habíamos sabido tanto aparentemente de los demás y, sin embargo, quizá nunca había resultado tan difícil conocerlos realmente. Basta con tratar a alguien en persona para comprobar que el mosaico perfectamente ordenado de un perfil es todo un artificio digital.
La seguridad era inseguridad. La felicidad permanente tenía demasiados días grises fuera de plano. La pareja perfecta atravesaba una crisis. La vida envidiable era simplemente una selección minuciosa de momentos favorables.
Un trampantojo digital construido, muchas veces, sin intención expresa de engañar. Simplemente mostramos aquello que queremos que los demás vean y ocultamos el resto. El problema surge cuando terminamos confundiendo también nosotros el personaje con la persona.
Es evidente que vivimos en una época obsesionada con contarlo todo y quizás conservar espacios inaccesibles para los demás se haya convertido casi en un acto de resistencia. Un concierto que no se graba. Un viaje del que apenas quedan fotografías. Una cena sin teléfonos sobre la mesa. O un amor que no necesita flases.
Porque en el fondo, también forman parte de nuestra vida —acaso de la más verdadera— todas aquellas cosas que nadie llegará jamás a ver.