Javier Navarro.
Durante casi tres siglos los pintores europeos representaron una supuesta enfermedad, la clorosis, o mal de amores, o fiebre blanca, que consistía en un tono de piel lechosa —más frecuente en las muchachas solteras que en los muchachos— que las cubría de un verdor amarillento.
El holandés Samuel van Hoogstraten empleó una mezcla especial de pigmentos en sus retratos de jóvenes de catorce a veinticuatro años, aquejadas de desmayos, migrañas, inapetencia y falta de aliento, y se convirtió en el gran maestro de las caras nacaradas. Los médicos, convencidos de que la dolencia tenía base científica, prescribían a esas mujeres una receta sencilla: matrimonio e hijos.
En 1882 Robert Koch aisló el bacilo de la tuberculosis y dejó en evidencia el machismo que latía bajo el diagnóstico. Lejos de caprichos amorosos, aquello era una enfermedad grave. La clorosis fue saliendo de los tratados, y también de la pintura.
En realidad, ninguna tonalidad sale del natural, ni puede considerarse verdadera ni pura: todas son interpretaciones de lo que el pintor cree estar viendo, distorsiones del ojo que se traducen en una combinación siempre distinta de colores.
Así lo explican los médicos Sara y Fernando Bandrés en un breve ensayo con el que me topé este verano, publicado en la Revista de Occidente. El texto propone leer las obras de arte como una anamnesis, el relato clínico que el paciente entrega al médico para que este diagnostique el origen de sus males.
Manolo Cuervo escribió durante cuarenta años la anamnesis de esta ciudad. Se fue el 2 de julio, a los setenta, en mitad del mismo verano en el que los doctores hablaban de colores. Había nacido en Isla Cristina, pero creció aquí y desde aquí miró el mundo.
Sevilla se convirtió en la fuente de sus distorsiones, porque ningún cielo de la Campana es magenta y ningún manto, ni siquiera el de la Hiniesta, es cian puro. Cuervo pintaba lo que creía estar viendo: una ciudad aquejada de una fiebre multicolor, con sangre en las mejillas y el pulso acelerado.
Trajo a la Semana Santa el expresionismo abstracto y la serigrafía. Nos desveló que también se podía rezar en amarillo, que el óleo podía moverse y que hablar en lenguaje pop rimaba con la manera alegre y abierta de venerar a nuestras imágenes.
Antes de ejecutar su colección sacrocromática, hizo lo propio con la cultura, anunciando Cita en Sevilla, el Festival de Itálica, la Expo o Nocturama: Sevilla estaba viva y caminaba sin miedo hacia el futuro.
Los rojos, naranjas, amarillos y verdes de Cuervo nos acompañan aunque él ya no esté. Tres siglos tardó Europa en entender que la palidez de aquellas muchachas no era un mal de amores, y Cuervo nos enseñó que la cura no estaba en el matrimonio ni en los hijos, sino en el color. Pintar la vida antes de que se apague. Él vive en sus pigmentos.
Javier Navarro de Pablos / @Sevilladibujada