Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión OPINIÓN

Agosto con aroma a septiembre

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Recuerdo que, durante mi niñez, los últimos días de agosto se vivían de otra manera. Seguía siendo verano, por supuesto, pero había una serie de pequeñas señales que anunciaban que algo estaba empezando a cambiar. Los atardeceres llegaban antes, las noches parecían algo más frescas y aquel sol de justicia que había castigado durante semanas comenzaba, poco a poco, a perder intensidad.

Pero, por encima de todo, recuerdo las tormentas de finales de verano. Contemplar cómo las primeras gotas caían sobre la playa o sobre el agua de la piscina tenía para mí algo hipnótico. Aquella lluvia era la señal inequívoca de que el verano empezaba a despedirse. De repente, agosto se vestía de septiembre, de tierra mojada, de aroma a petricor y, algunas noches, hasta de una chaqueta ligera para salir a pasear.

Entonces me asaltaba una tristeza difícil de explicar. Asumíamos, no sin la rebeldía propia de un niño, que la temporada de piscina, helados, horas muertas bajo el denso calor y tardes interminables de juegos con los amigos comenzaba a agotarse. Al otro lado nos esperaban los libros de texto recién forrados, los horarios rígidos, los madrugones y aquellos tan denostados deberes que parecían incompatibles con la libertad que el verano nos había concedido.

Con los años uno descubre que aquella frontera entre agosto y septiembre no desaparece. Simplemente cambia de nombre. De niños lamentábamos que terminara el verano porque empezaban las obligaciones. De adultos hacemos exactamente lo mismo, aunque ahora lo llamemos volver a la rutina.

Ya no hay cuadernos nuevos ni estuches esperando en la mochila, pero sí correos electrónicos acumulados, reuniones ya agendadas y despertadores impertinentes cuando el sol aún no ha salido. Cambian las obligaciones, pero permanece intacta esa extraña melancolía infantil que acompaña al final de las vacaciones.

Hoy, último día de agosto, Sevilla empieza también a recuperar el pulso del curso que comienza. Poco a poco regresará el tráfico a las calles, volverán las prisas y el ruido. Dentro de unos días colegios, institutos y universidades llenarán de nuevo sus aulas y las persianas que permanecieron bajadas durante buena parte del mes volverán a levantarse. Los autobuses recuperarán sus pasajeros habituales y la ciudad abandonará definitivamente ese particular letargo que le concede el estío.

Y cuando queramos darnos cuenta estaremos otra vez sumergidos en la vorágine cotidiana. El verano quedará reducido a unas cuantas fotografías y recuerdos mientras nosotros consultaremos el almanaque buscando la siguiente festividad, el próximo puente o cualquier pequeña tregua que nos permita recuperar por unos días aquella sensación de libertad que parecía inagotable cuando éramos niños.

Tal vez por eso seguimos resistiéndonos a septiembre. Porque el verano no es solamente una estación del año, sino también una forma distinta de relacionarnos con el tiempo. Durante unas semanas vivimos con menos horarios, menos urgencias y cierta ilusión de que los días pueden alargarse indefinidamente.

Yo, al menos, pienso resistirme todavía unas horas. Aprovecharé este último día sin mirar demasiado el reloj, como quien intenta estirar una conversación antes de despedirse. Mañana volverán las obligaciones y el ritmo habitual de la rutina. Pero hoy todavía es agosto. Aunque, más que nunca, tenga ya aroma a septiembre.