Álvaro Ramos.
Ya inmerso en pleno mes de agosto, se puede decir que uno está disfrutando de unas merecidas vacaciones. Después de todo un año pendiente de correos, llamadas y asuntos que siempre parecen más urgentes de lo que son, lo único que uno desea es llevar una vida sencilla en la playa: pasear, bañarse, charlar en un chiringuito y comprobar, con una cerveza delante, que el mundo sigue su ritmo sin nuestra imprescindible intervención.
Eso es lo que uno se propone cuando llegan las vacaciones, pero el periodista nunca descansa. Y por mucho que se silencie el teléfono y se deje el ordenador en casa, el olfato se viene también a la playa y se acaba haciendo lo de siempre, andar y contar, aunque sea para sus adentros.
Una de las cosas que más me gusta hacer estando de vacaciones es caminar por la orilla, sentir el mar en los pies, escuchar las olas y contemplar la vida que se organiza entre sombrillas y toallas. La playa es una especie de pueblo sin calles, una comunidad provisional donde cada cual levanta su parcela de sombra y actúa como propietario de dos cotizadísimos metros cuadrados de arena.
Cada verano se repiten las mismas escenas, como si alguien guardara el decorado en septiembre y lo montara de nuevo en julio. Están los niños, que corren, levantan arena y construyen castillos condenados al derribo desde el primer cubo. Se afanan en protegerlos de las olas sin saber que buena parte de la vida consiste precisamente en eso. Cerca, los adolescentes juegan al fútbol o a las palas, pendientes del partido y, de reojo, de esas primeras pulsiones amorosas estivales que duran lo mismo que un helado al sol.
Están las familias de la nevera azul, patrimonio sentimental del verano español. De su interior aparecen tortilla de patatas, filetes empanados, croquetas y botellines de Cruzcampo. También están los que desembarcan en la playa con más equipaje que para pasar una semana en el extranjero.
Luego están los vendedores ambulantes. El de los refrescos, el de los dulces, el de las pulseras, las camisetas y las gafas de sol. Basta con hacer sonar una campanita y un enjambre de veraneantes se acercan a sus carros a por alguno de sus productos. Tampoco faltan los deportistas, hombres y mujeres que recorren la orilla presumiendo de abdominales, brazos musculados, vientres planos y muslos sin celulitis. Después de meses de gimnasio, pensarán, habrá que lucirlos en la playa. Por otro lado, se encuentran los mayores que pasean despacio, con su gorra de publicidad y contándose batallitas que quizá ya conocen de memoria.
Otro clásico del verano es que en primera línea se colocan las señoras de la silla metálica, de tela azul y blanca, para que el agua les acaricie los pies. Tienen algo de vigías del verano pues son las que recuerdan a los niños que nada de irse a lo hondo o que no se sumerjan de cintura para arriba. También pasan embarazadas contando los días que faltan para el alumbramiento, las parejas con bebés recién nacidos o los niños que dan sus primeros pasos en la arena y encogen las piernas cuando las olas les hacen cosquillas en sus diminutos pies. La playa parece entonces un álbum familiar al que cada año se añade una página de recuerdos.
Luego están los lectores del mismo libro durante semanas, porque leer en la playa es una actividad más teórica que práctica, los que luchan con un periódico que la brisa desordena, los de la enésima siesta bajo la sombrilla y quienes discuten de política, fútbol o cofradías. Y a cierta hora, muchos abandonan la arena y se refugian en el chiringuito donde contemplan el mar con una cerveza mientras suena la canción del verano, una vez más.
Por todo ello, reconozco que me gusta esta sociología de sombrilla. La frecuento apenas unas semanas, pero me resulta familiar. Tal vez porque la playa, bajo su apariencia de desorden, tiene sus propios ritos y ritmos. Es ahí cuando uno comprende que, cuando pasea, no mira solo a los demás. En realidad, observa su propia vida pasar por la orilla.