Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión Andar y contar

Eclipsados por el eclipse

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Con el revuelo generado estas semanas atrás por el eclipse, las redes sociales han recuperado un viejo chiste de Eugenio sobre este fenómeno astronómico. Con su particular tono reposado y grave, el humorista narra cómo una orden militar va pasando de un mando a otro, deformándose por el camino hasta convertir el eclipse en algo bastante distinto de aquello que pretendía anunciar el coronel. Como casi siempre ocurría con Eugenio, detrás del absurdo de sus chascarrillos había bastante más verdad de la que parecía.

Durante semanas cualquiera diría que en España no existía otra cosa de la que hablar y, al igual que ha sucedido con otros fenómenos excepcionales, como el volcán de La Palma o la DANA, todos se han vuelto expertos en astronomía, aunque algunos no sepan ni ubicar a la Tierra dentro del propio sistema solar. Reconozco que es difícil vivir al margen de todo esto cuando es uno de los temas principales de conversación y los medios y redes sociales han estado constantemente bombardeándonos con información sobre ello. Llevábamos semanas escuchando dónde sería mejor observar el eclipse, cuánto duraría, a qué hora había que estar preparados y cuáles eran las gafas adecuadas. Había quien llevaba meses organizando un viaje para colocarse exactamente en el lugar donde la oscuridad sería completa. Y, una vez más, un fenómeno natural se ha convertido en un producto de consumo.

No critico que alguien recorra media España para verlo. Cada uno es libre de emplear su dinero y su tiempo como quiere y un eclipse total es, como diría el gran Eugenio, algo que no ocurre todos los días. Lo que me ha resultado más curioso de toda esta situación es la dimensión que hemos terminado dando al asunto. Una especie de delirio colectivo.

El miércoles las carreteras se llenaron de coches y algunos montes y espacios naturales terminaron convertidos en improvisados observatorios multitudinarios. Hubo acampadas, conciertos, puestos de comida y todo tipo de actividades organizadas alrededor del eclipse, que había dejado de ser únicamente un fenómeno astronómico para convertirse en una experiencia completa que había que consumir. Aunque para ello se saturaran lugares poco preparados para recibir a tanta gente y se generara un impacto medioambiental del que apenas se habló.

Y es que vivimos con una extraña angustia por no perdernos nada. Lo que desde hace años conocemos como FOMO y que ha conseguido que cualquier acontecimiento deje de ser una experiencia para convertirse casi en una obligación. No importa demasiado si hasta el día anterior apenas habíamos pensado en ello. Si los demás están allí, nosotros también deberíamos estar.

Con el eclipse ha ocurrido algo parecido. Una parte de la conversación dejó pronto de ser astronómica para convertirse en una cuestión puramente social. Dónde estabas, desde dónde lo viste y, en especial, qué fotografía publicaste para demostrar todo lo anterior. Me pregunto incluso cuánta gente pasó más tiempo intentando enfocar el cielo con el teléfono que mirando realmente hacia arriba disfrutando de un fenómeno tan excepcional.

Hace unos días leí una reflexión de un periodista que confesaba que el eclipse le interesaba bastante poco. No decía que fuese una tontería ni pretendía convencer a nadie. Simplemente que no le interesaba. La reacción en redes fue bastante reveladora. Algunos comentarios venían a decir que debía de tener una vida muy triste para no entusiasmarse con aquello. Me sorprendió que hubiéramos llegado también a esto. No deja de tener cierta gracia que probablemente muchos de los que discutían apasionadamente sobre el eclipse no sepan explicar demasiado bien por qué se produce el fenómeno o, peor aún, que sean terraplanistas.

El eclipse ya pasó y durante unos minutos el universo nos recordó lo extraordinario y maravilloso que puede llegar a ser. Contemplar este fenómeno astronómico estuvo bien, pero quizá convendría preguntarnos ahora por qué necesitamos convertir cada experiencia excepcional en una obligación social para mostrar en cada momento a los demás que estamos ahí. Porque sería una auténtica pena que nuestra obsesión por no perdernos nada terminara eclipsando, precisamente, todo lo demás.