Álvaro Ramos.
De nuevo, España vive un Mundial. Y Sevilla, que en estas semanas parece irse quedando vacía, vencida por el calor y el éxodo propio de las vacaciones, vuelve a llenarse cuando juega la selección. La ciudad entera se ha inundado de camisetas blancas para animar a la Roja (¡Qué paradoja!). Basta que ruede el balón para que las calles recuperen el pulso de las grandes noches futbolísticas y los bares se conviertan en pequeñas gradas abiertas a los aficionados.
Para quienes amamos el fútbol, conforme avanzan las rondas, encontrar una mesa frente a una pantalla se parece cada vez más a conseguir una entrada para el estadio. Los días de partido, los bares están a rebosar y uno intenta buscar un hueco, por pequeño que sea, antes de que el árbitro pite el inicio del encuentro. Y es que ver el fútbol en los bares tiene algo especial. La previa, con los comentarios sobre la alineación y el equipo rival, el primer sobresalto, el silencio antes de una ocasión, o el grito al unísono que sale de muchas gargantas cuando el balón entra en la portería.
Porque en los bares se ve el Mundial de verdad. Uno se encuentra con parejas, familias, amigos y también con quienes han entrado solo a tomar algo y terminan atrapados por la magia del partido. Están los que viven cada jugada como si se decidiera en ella el destino del país. Los que aparentan calma, aunque aprietan los dientes en cada llegada. Los amigos que lo comentan todo y ejercen de seleccionadores, árbitros y narradores al mismo tiempo. O los que conversan de otros asuntos, pero miran de reojo cuando el tono de la televisión anuncia peligro. Luego llega el gol y uno se levanta, grita y abraza a quien tiene al lado, aunque no lo conozca de nada.
Incluso sorprende ver estos días a tantos extranjeros con la camiseta de España. Algunos proceden de países cuyas selecciones no se clasificaron o cayeron antes de tiempo. Sin embargo, mientras están aquí, hacen suya la ilusión de la Roja. La animan por su juego, por su deportividad o simplemente porque la alegría, cuando es verdadera, también invita a sumarse.
Por eso, ante la forma en que los sevillanos estamos viviendo el Mundial, conviene reivindicar el valor del deporte como elemento de unión, incluso en medio de las polémicas de distinta índole que han acompañado a este campeonato. El deporte no arregla el mundo, pero a veces nos recuerda algo que la sociedad parece haber olvidado como es el valor de reunir a personas diferentes alrededor de una emoción común. En la antigua Grecia se estableció, con motivo de los Juegos Olímpicos, la llamadaekecheiria, una tregua que permitía acudir a la competición sin temor a las armas. Tal vez porque comprendieron que el deporte también podía ser una forma de encontrarse con el adversario sin combatirlo.
Lo que estamos viviendo nos recuerda mucho a lo que ocurrió en 2010. En un contexto social difícil, un país entero vibró con los goles y las victorias de la selección, sin preguntar por el signo político, el equipo de cada domingo o el lugar de procedencia. Durante unas semanas fuimos capaces de celebrar juntos cada éxito de la selección como hermanos.
Hoy nos encontramos ante una situación similar. Vivimos de nuevo tiempos convulsos, dentro y fuera de nuestras fronteras. Quizá por eso no conviene despreciar estos momentos por considerarlos banales. Un partido no resolverá nuestros problemas. Pero en un bar, cuando el balón entra en la portería y un desconocido nos abraza, recordamos por un instante que todavía existen cosas capaces de unirnos.