Álvaro Ramos.

Álvaro Ramos. E.E.

Opinión ANDAR Y CONTAR

Enterismo parisino

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Todas las ciudades tienen su punto de orgullo, esa dosis de amor propio que las lleva a padecer su propia enfermedad chovinista. No hay lugar que no considere que sus monumentos son los mejores, que su gastronomía es la más sabrosa o que su manera de vivir posee una hondura que los demás (¡pobres criaturas!) jamás llegarán a comprender. En verdad, nadie ha convocado oficialmente esa competición entre ciudades, pero todos parecemos participar en ella. Basta con que alguien diga “en mi tierra esto se hace así” para que se desate una guerra diplomática a baja escala.

Ahora bien, por mi experiencia personal, solo conozco dos ciudades donde ese orgullo alcanza una categoría superlativa: Sevilla y París. Dos ciudades muy distintas, separadas por muchos kilómetros, pero unidas por una misma convicción de que fuera de ellas la vida existe, sí, pero con evidentes limitaciones.

En Sevilla esa forma de entender el mundo tiene nombre propio: el enterismo. Lo explicaron mejor que nadie Los Compadres, esos filósofos de velador que, desde la puerta de Casa M, llevan años arreglando Sevilla, Andalucía y, si se tercia, el orden internacional. El enterismo consiste, más o menos, en considerar que lo sevillano es lo mejor del mundo. Una expresión que dice muchas veces el hispalense en broma... o no tanto.

Porque cualquiera que haya hablado cinco minutos con un habitante de la ciudad de la Giralda sabe que en Sevilla la Semana Santa es la madre y maestra de todas. Que la Feria es la mejor del mundo porque, según ellos, “es el auténtico concepto de feria”. Que su cerveza no tiene competidor, que sus monumentos son los más bonitos del globo o que su forma de hablar no necesita traducción, sino un poco de voluntad por parte del resto de la humanidad. En definitiva, que Sevilla tiene algo especial. El sevillano presume mucho, eso es verdad. A veces demasiado. Pero hay que reconocerle algo. Suele sacar pecho por cosas que existen y que uno puede comprobar cuando visita la ciudad. Sevilla exagera, por supuesto, pero lo hace desde una realidad viva.

En París ocurre algo parecido, aunque el enterismo se disfraza de otra manera. El parisino presume de su metro, de sus museos, de sus bulevares gigantescos, de su gastronomía gourmet, de sus librerías clásicas, de sus cafés decimonónicos, de su chanson y de ese aire elegante que el mundo entero lleva décadas comprando sin mirar demasiado la etiqueta. Y uno lo entiende. París tiene una capacidad extraordinaria para convertir cualquier pequeño enclave en escenario de película.

El problema es que, a veces, París no presume de lo que es, sino de lo que el mundo sigue creyendo que es. Cuando uno llega a la capital gala comprende rápidamente cómo la ciudad real se empeña en desmentir a la estampa de postal. Hay suciedad, edificios descuidados, entornos saturados de turistas, precios ofensivos y un aire de grandeza algo trasnochada. La música ya no suena a Piaf o Aznavour, los cafés literarios están llenos de turistas con el móvil en alto y la vieja bohemia parece haber sido sustituida por una bohemia de escaparate, perfectamente calculada para que alguien la suba a Instagram. A veces, uno se pregunta qué queda de aquel París que el mundo convirtió en capital de casi todo.

Ahí está la gran diferencia. Sevilla vive atrapada en su propio mito, pero lo sigue alimentando constantemente a pesar de los cambios. Por el contrario, París administra una leyenda que, en parte, ya pertenece más al recuerdo que al presente.

No me extrañaría, aun así, encontrar un día a dos compadres parisinos sentados en Les Deux Magots. Uno despeinado, con gafas redondas y fular de colores. El otro con cuello vuelto, boina negra y gesto de haber leído a Sartre. Los imagino hablando de la decadencia de Europa, de la superioridad moral del francés y de lo incomprensible que resulta vivir más allá del périphérique parisino. Y, antes de pedir otro café carísimo, uno de ellos miraría al otro con esa superioridad tan propia de los parisienses y sentenciaría: “Paris sera toujours Paris, mon copain”.