Miro mi reloj y las agujas marcan las cinco de la tarde. Las cinco en punto de la tarde, como apuntaban los versos de Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, mientras paseo por las calles del castizo barrio de El Arenal, arrabal taurino de Sevilla por antonomasia, en los instantes previos a una tarde de toros en la Maestranza.
En el aire cálido de la primavera se respira un ambiente distinto al de otras tardes. Discurre por los aledaños de la plaza un público bullicioso que acude a la corrida, almohadilla, sombrero y abanico en mano, para salvar la dureza del asiento y el calor de justicia de las horas vespertinas de finales de abril.
Reconozco que no soy un gran conocedor de la cultura taurina, pero de vez en cuando me gusta acercarme a contemplar la escena castiza y un tanto antigua de las grandes tardes del toreo sevillano; eso sí, y nunca mejor dicho, desde la prudencia de la barrera de quien no domina la gramática del ruedo.
Inmerso en esa atmósfera, pienso que, en los últimos años, la tauromaquia en nuestro país pareció vivir a la defensiva, cercada por la crítica social, discutida por los nuevos tiempos de modernidad y empujada poco a poco hacia un lugar cada vez más incómodo. Se habló muchas veces de su decadencia, de su anacronismo, de un final definitivo que parecía inevitable.
En algunos lugares desapareció de hecho; en otros, quedó reducida a una sombra de lo que fue. Todo ello fue alimentando la sensación de que el toro se iba quedando sin lugar en España o, al menos, sin el país que durante tanto tiempo sostuvo la fiesta.
En estos tiempos, sin embargo, parece percibirse un resurgir que vuelve a poner los toros en la palestra pública. En Sevilla, no obstante, la tauromaquia parece haber resistido todo este tiempo, casi sin envejecer, demostrando que sigue más viva que nunca.
Como si ese debate no hubiese pasado por ella o, de hacerlo, hubiera pasado de puntillas, casi sin rozar la tradición. Como el banderillero que sortea con sutil gracejo la cornada del toro embravecido. De nuevo, y en otra faceta más de la vida, Sevilla vuelve a demostrar que aquí todo es diferente.
Hace unos días se hizo viral en las redes sociales el vídeo que un vecino sevillano grabó a dos niños. Uno sujetaba unos cuernos de toro y el otro, muleta en mano, jugaba a ser torero. Entre muletazo y muletazo, arrancaba los oles de los vecinos, que contemplaban la escena como quien asiste a una corrida en la Maestranza.
Desde niños se inculca la afición, como cuando uno ve en las jugueterías plazas de toros en miniatura, camiones de transporte de ganado bravo o capotes de todos los tamaños. Algo que no he visto en ningún otro lugar de España.
Son los mismos niños que, en una tarde de lidia exitosa, saltan al albero, cual muletillas atrevidos, para acercarse a las plantas del torero triunfante que es llevado a hombros.
Quizás esta sea la semilla que, con el paso de los años, germine y florezca en los palcos de la Maestranza, manteniendo el silencio tan característico de esta plaza. Ese silencio que sostiene el aficionado cuando ve al torero mirar de frente a la muerte en los ojos de un Miura, un Victorino Martín o un Núñez del Cuvillo, al compás de los pasodobles de la España más cañí interpretados por la Banda del Maestro Tejera.
Y que, una vez concluida la faena, mostrado el arte y consumada la suerte, estallará en júbilo, agitando pañuelos blancos como una marea de espumas blancas.
El tiempo avanza, el público se acomoda en sus asientos y contempla el paseíllo inicial. Una vez concluido el protocolo, el torero se planta en mitad del ruedo, suenan los clarines y se abre la puerta de toriles. El silencio se apodera de la plaza. Se escucha el trote de un toro. La suerte está echada.