Álvaro Ramos.
La primavera avanza en Sevilla colándose, poco a poco, casi de puntillas, por todos los rincones de la ciudad, hasta terminar adueñándose de ella. Los días se alargan, la luz se demora un poco más sobre las fachadas, el calor empieza a dejarse sentir y el color estalla cuando las flores alcanzan su plenitud. El aire mismo parece otro, más vivo, como si la ciudad entera respirara de una manera distinta. Es en este tiempo cuando Sevilla, fiel a sí misma, comienza una de sus metamorfosis más asombrosas.
Esto mismo lo comentaba hace unos días con alguien que conoce bien mi manera de mirar Sevilla. Cada año me sigue sorprendiendo la capacidad que tiene esta ciudad para cambiar de estado de ánimo en apenas un suspiro, para pasar de la solemnidad más honda a la alegría más desbordada sin perder un ápice de lo que es. Apenas han terminado de diluirse en el tiempo los ecos de la Semana Santa y Sevilla ya se dispone a ser otra. Cuando aún no se han cerrado del todo los últimos capítulos de la Semana de Pasión, con hermandades haciendo la mudá de sus pasos o reponiendo al culto las imágenes que hace solo unos días estuvieron en la calle, Sevilla empieza ya a abrirse a un aire más festivo.
El aroma a incienso y cera deja paso al olor de los buñuelos y el pescaíto frito. En los escaparates van desapareciendo el ruán, los capirotes y los escudos de las cofradías para dejar sitio a los volantes y los mantones. Atrás quedan las marchas y las saetas. Ahora la banda sonora que inunda Sevilla lleva el compás de las sevillanas y las rumbas. Hasta el vendedor de la ONCE de Nervión, que hace apenas unos días acompañaba la mañana con sones de cornetas, ha cambiado su repertorio musical y ha entregado la calle al ritmo de la Feria.
Ese tránsito, que en cualquier otro lugar podría parecer imposible o incluso contradictorio, en Sevilla sucede con naturalidad. Quizá porque esta ciudad ha aprendido, a lo largo del tiempo, a habitar los extremos sin romper su equilibrio interno. Como si supiera que en esa aparente contradicción habita una parte esencial de su alma.
Pero esa transformación también se vive de puertas para adentro, en las casas y en las familias, en esos rituales domésticos que anuncian que una etapa termina y otra comienza. Se guardan las túnicas de nazareno con las que se ha hecho estación de penitencia y empiezan a ocupar su lugar los trajes de flamenca, las corbatas y los pañuelos estampados, los pendientes vistosos y las flores del pelo que llenarán de color las calles del Real. Cada detalle importa, por pequeño que sea. Desde el mantón hasta la peineta, desde los gemelos hasta los pines en la chaqueta. Todo debe estar a punto para vivir la fiesta.
Por todo ello, esta ciudad no deja nunca de fascinarme. Una cualidad que el sevillano vive con naturalidad y que a quien viene de fuera no deja de asombrarle. Probablemente ahí resida uno de sus mayores prodigios de Sevilla, en su forma de cambiarlo todo sin dejar de perder su esencia misma.