Quienes vivimos la Semana Santa de una manera especial somos conscientes de cómo la ciudad adquiere un cariz distinto en los últimos retazos de la Cuaresma.
Como buen cofrade, cada vez más arraigado en las tradiciones de Sevilla, he aprovechado los ratos libres de estos días previos para pasear por sus calles y respirar ese ambiente tan particular que parece inundarlo todo cuando la Semana Santa empieza a asomarse.
Son jornadas de visitar los templos en los que las hermandades ultiman los detalles, de contemplar los pasos ya prácticamente montados y de cogerle el pulso a una de las semanas más importantes de la ciudad, quizá la más esperada y sentida de todo el año.
En esos paseos cuaresmales, unas veces solo y otras en buena compañía, he pasado en varias ocasiones por la plaza del Salvador, uno de los corazones cofrades de Sevilla.
Cuando allí aparece instalada la rampa de la iglesia, es un anuncio inequívoco de que la Semana de Pasión está ya a la vuelta de la esquina.
Siempre me detengo a mirarla y observo que, aunque las vallas intenten limitar el acceso, son muchos los niños que, con esa mezcla de ingenio y agilidad que solo pertenece a la infancia, consiguen acercarse a ella para corretear, jugar, sentarse o incluso dejarse caer sobre las tablas, como si aquel improvisado plano inclinado fuese el mejor lugar del mundo. Quizá, en cierto modo, lo sea.
Por eso nunca he podido ver esta rampa solo como una estructura funcional, como una mera sucesión de maderas colocadas para salvar el desnivel entre el templo y la plaza.
Va mucho más allá de eso. Es un pequeño escenario de la infancia sevillana, una rampa hacia la primera ilusión cofrade.
Una forma muy sevillana de acercarse a la Semana Santa desde la niñez, cuando todavía no se es del todo consciente de ello.
Seguramente por ella han jugado, en algún momento de su vida, varias generaciones de niños sevillanos. Y también, con el paso de los años, muchos de ellos han aprendido a mirar desde allí la Semana Santa de otra manera.
Porque en esa rampa se vive uno de los momentos más entrañables del Domingo de Ramos, cuando el paso de la Borriquita parece abrir las puertas de la Semana de Pasión.
Es una escena de una belleza limpia, en la que los más pequeños se acercan al Salvador para contemplar el sereno y hondo rostro de un Señor que entra en Jerusalén por Sevilla.
Quizá la Borriquita sea, junto con el Señor de la Resurrección, una de las imágenes más amables de toda la Semana Santa sevillana. En ella todavía no se ha impuesto la crudeza del dolor ni la densidad dramática de la Pasión.
Todo conserva aún un aire de inocencia y de esperanza. Por eso, cuando muchos cofrades escuchan el tintineo de las campanitas del misterio, parecen volver a su infancia, a esa manera primera de vivir la Semana Santa, cuando todo estaba lleno de asombro e ilusión.
Porque, tal vez, aquella fuera su verdadera puerta de entrada a la Semana de Pasión. Por eso, cada vez que paso por la plaza del Salvador, vuelvo la vista hacia la rampa.
Y me gusta pensar que en esos niños que hoy juegan sobre sus tablas no hay solo ganas de correr y de divertirse.
Hay también, aunque ellos aún no lo sepan, una manera de ir forjando el alma cofrade. Porque en Sevilla, a veces, las cosas más profundas empiezan así, como un juego de niños al atardecer sobre una sencilla rampa de madera, donde cada paso y cada risa contienen, sin saberlo, la ilusión de toda una ciudad.