El Cristo de la Conversión, de la Hermandad de Montserrat.
Con doce años, mi padre me llevó a ver la casa natal de Cernuda. Aún estaba en ruinas. Recuerdo no entender por qué nadie había levantado nada sobre aquellos cimientos, por qué la memoria podía quedarse así, a la intemperie, como si no importara.
"Allá, lejos, donde habite el olvido".
Supongo que hay profecías autocumplidas. Que basta con relatarlas para que terminen por ser verdad. Que lo escrito permanece.
Hace unos días volví a pasar por esa calle. La memoria, al fin, se levanta sobre el asfalto. Me sorprendí reconociendo aún pequeños gestos: un volante bien rematado en un escaparate, un dobladillo que resiste entre franquicias idénticas, arpillera entre las manos de algún viandante. Algo que se niega a desaparecer del todo. Me aferran estos delirios —o lo que queda de ellos— a mi tierra.
Aún no me he comido ni una torrija, pienso, mientras diviso el pórtico de Vilima.
Yo no conocí los almacenes, pero viven en mi memoria como viven tantas cosas que ya casi no recuerdo, pero que sé que ocurrieron.
Como si dentro quedara una voz: mi barrio va a despertarse.
Yo ya no vivo en mi barrio. Tampoco lo harán mis hijos porque "mi barrio", en realidad, ya no existe.
No hay niños bajando "la rampla" al salir del colegio. No quedan desayunos largos en los bares ni saludos en los cafés que se alargan sin prisa. Me sostienen —todavía— las tardes de mi abuela, su infinita reunión de cinco personas, ese ritual mínimo que resiste. Desafían los tiempos como ruinas, como fortuna de otra época a la que una acude con la sensación de estar conquistando algo que no debería haberse perdido.
Dentro resuena esa voz: mi barrio va a despertarse.
Sé que hay un Domingo.
Un solo Domingo, en el que todo vuelve.
Y ya se anuncia.
Las cenizas de las palmas guardan aún su calor y abonan el camino. Como si quienes nos fuimos —o quienes nos fuimos dejando— supiéramos exactamente cuándo y dónde regresar. Volvemos entre Ramos, como hijos pródigos que reconocen Su sendero incluso después de haberse apartado.
"Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios."
Volvemos en autobuses, andando desde arrabales imposibles, con niños de la mano o buscando el abrazo de quien aún espera. Volvemos a ese lugar donde ahora parece habitar el olvido, pero donde seguimos buscando —casi sin decirlo— los "vastos jardines de la aurora"
Ese día, el centro deja de ser tránsito y vuelve a ser casa.
Pienso en La Sagrada Entrada. En ese gesto sencillo y desbordado a la vez: palmas, amigos, un sendero que se abre. No hay grandeza en la forma, sino en lo que se reconoce. En lo que vuelve.
Y pienso también en Zaqueo. En la necesidad de subirse a algún lugar para ver mejor. Para entender. Para no perderse el momento en el que pasa lo importante.
Yo también buscaré altura. Yo también volveré al balcón. Yo también despertaré en la esquina para saber que, aunque todo haya cambiado, seguimos encontrando el camino de vuelta.
Y entonces pasará.
El Sol entrando por la calle.
El murmullo de blanco que crece.
Ese instante en el que todo parece colocarse sin esfuerzo.
Y una entiende —o cree entender— que el olvido nunca es del todo. Que hay lugares que se vacían pero que siguen guardando una forma de latir.
"Disuelto en niebla, ausencia,
ausencia leve como carne de niño."
Quizá por eso volvemos.
Porque incluso donde parece no quedar nada, sabemos que Él sigue esperándonos en casa.
"Allá, lejos, donde habita el olvido".