Luis Romero.

Luis Romero. E.E.

Opinión

De nuevo en el Yale Club

Publicada
Degustando un exquisito postre de chocolate y frambuesa con un pincho de guindas en licor seguido de un sorbo de un vermú rojo muy frío con una rodaja de naranja, observaba solo en mi mesa del restaurante esos altos ventanales liberados de los andamios de los afeaban la última vez que estuve aquí.
Miraba a la gente que ocupaban las mesas, especialmente a un grupo de cinco donde dos señores con chaquetas sin corbata de cabello rubio bien peinado, conversaba, comía y sonreía junto a tres mujeres jóvenes.
Una de ellas me la había cruzado en la escalera entre la primera planta y la segunda donde están el bar y los billares con sus paredes cubiertas de numerosos escudos universitarios.
Yo estaba ocultando mi chaquetón azul marino en mi bolsa de papel donde también guardaba la Moleskine en la que ahora escribo este artículo.
Y cuando me alcé y miré hacia abajo a mi derecha, observé que esa joven morena de unos treinta y tantos años era la misma que me antecedía en la cola del guardarropas.
Me llamó la atención porque era una mujer muy guapa y elegante, desde luego neoyorquina, con una falda de cuadros que combinaba muy bien con sus medias negras y sus botas de cuero bajo las rodillas.
También me fijé desde el principio en el trío que se sentó en una mesa redonda baja a mi derecha delante de la barra, porque me recordaba a la película Armas de Mujer: el ejecutivo con un traje azul diplomático con el pelo castaño engominado, la secretaria seria toda de negro con gafas y la ejecutiva más joven con un traje a cuadros negro y blanco a medida que resaltaba su pecho protuberante.
Sobresalían sus piernas cubiertas con medias negras que cruzaba elegantemente alzando sus brillantes zapatos oscuros relucientes mientras su melena rubia tostada recogida se mecía de un lado al otro cuando movía las manos contando una historia que yo no alcanzaba a oír.
Me imaginaba a esos tres ejecutivos descansando a esa hora del lunch en el Yale Club mientras yo observaba la “Y” mayúscula en la parte alta del espacio que hay entre los ventanales.
Tomé otro trago del vermú rojo oscuro con sabor a canela y naranja y pensé en esa joven ejecutiva de unos cuarenta años sentada en el sillón de cuero color burdeos conversando con su jefe y su subordinada.
Concluí que quizás vendrían del cercano Metlife, donde su agencia de bolsa ocuparía varias plantas y celebraban ahora el buen inicio de la semana.
Ahora me encuentro en el extremo de una larga mesa de madera barnizada con dos lámparas enfrente perfectamente alineadas.
Al otro extremo hay una señora rubia con gafas de unos cincuenta, algo entrada en carnes, con una blusa naranja estampada con rosas rojas y hojas verdes. No presta atención a la pantalla de su portátil Apple, sino más bien al móvil que teclea y no tiene silenciado.
Aunque las lámparas cubren casi todo su rostro, no es como aquella estudiante de medicina que me encontré en esta biblioteca hace dos años y me sonrió dulcemente cuando la miraba, creía yo que discretamente.
Estaba seguro de que las dos estudiantes que me iban a acompañar en la biblioteca llegarían en los cuarenta minutos que ellas calcularon, pero seguramente se habrían entretenido en el camino en alguna tienda en esta tarde fría de lluvia y viento en Manhattan pasando por Times Square y la mítica calle 42.
Otra vez en el Yale Club como si fuese ayer mismo mi última vez en este rascacielos.