Training season it’s over
La Cuaresma no entra en el calendario: se cuela. Llega sin pedir permiso, como ese colega que no llama al timbre porque sabe que tiene llave. Y el que es cofrade de verdad lo nota antes de que lo digan los almanaques: en el olor a incienso del ambiente, en el runrún de los corrillos, en esa manera que tiene la ciudad de ponerse seria sin perder la guasa.
Porque sí, esto va de fe… pero también va de pellizco, de pellizco del bueno. Quien diga que la Cuaresma es aburrida es que no la ha vivido.
Aquí se cuece todo. Aquí se vive la fiesta en su máxima expresión, en cada paseo de tarde, en cada cortaita, en cada Dolorosa que amanece de reina bajo palio y en cada mezcla de tarni con bicarbonato.
Y ojo, que el encaje no es tontería. El encaje habla. Un encaje bien puesto dice más que cien comunicados oficiales. Dice si una imagen está vestida para el recogimiento o para la gloria, si la priostía ha querido susurrar o soltar un pregón visual. Eso lo sabe cualquiera que le duela esto hasta la médula.
Desde fuera habrá quien lo vea exagerado. Que si demasiado pendiente del adorno, que si mucho mirar telas. Pero eso lo dice quien no entiende que en este mundo la estética es teología callejera. La forma también evangeliza. Y vaya si evangeliza.
En Sevilla lo saben hasta los que presumen de no creer: basta que asome un paso por una esquina para que se haga un silencio que no lo manda nadie y lo obedecen todos.
Cada Virgen tiene su esencia, su personalidad escénica, su narrativa visual. Está la que impacta de frente, la que enamora en el perfil, la que gana en la corta distancia y la que te destroza cuando se aleja mientras te fijas en la leyenda Esperanza Nuestra.
Las hay clásicas, modernas, rotundas, delicadas, de luto sobrio o de gloria encendida. Y todo eso se dice sin palabras: lo cuentan los encajes, la caída del manto, el modo en que el tocado abraza el rostro. La moda pasa; el estilo permanece. Y en esto, las Dolorosas son eternas.
El lenguaje cofrade tiene mucho de código secreto. El que sabe, sabe. Sabe cuándo una saya está elegida con intención, cuándo un broche cuenta una historia, cuándo una combinación de colores no es casualidad sino mensaje. Y eso crea una complicidad preciosa entre quienes miran y quienes preparan. No hace falta explicarlo: basta una mirada cómplice al pasar.
La Cuaresma es el backstage. El camerino donde se afinan los detalles antes del gran show sagrado. Días de pruebas, de decisiones, de puntadas invisibles que luego nadie verá pero todos sentirán. Porque cuando llegue la hora y el palio asome, todo tendrá que estar perfecto. No perfecto de perfección fría, sino de perfección emocionante. De esa que te eriza la piel sin saber por qué.
También conviene decirlo claro: la Semana Santa no es un parque temático ni un decorado para turistas con prisa.
Es verdad que atrae cámaras y titulares, pero su verdad no está ahí. Está en el temblor de la gente cuando suena una corneta, en el nudo en la garganta cuando un paso se mece, en esa sensación rara de que el tiempo se ha detenido unos segundos y nadie quiere ser el primero en romper el silencio.
Por eso la Cuaresma importa. Porque afina el alma igual que se afina una banda antes de salir. Nos baja el volumen del mundo y nos sube el de dentro. Nos recuerda que lo grande no se improvisa y que lo eterno, aunque salga solo una vez al año, necesita preparación diaria. Es entrenamiento emocional y espiritual. Un calentamiento del corazón.
Y ahora sí.
Training season it’s over