Hace unos días, explicaba a los alumnos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Sevilla mientras impartía las clases de la asignatura de Ética Médica, que la profesión médica es mucho más que una técnica, aunque muchos refutaban este planteamiento, alabando el conocimiento científico como elemento nuclear de la medicina. Estamos viviendo en una sociedad centrada en la tecnología y supervisada por la economía. El desarrollo tecnológico y el control económico son valores predominantes en el mundo occidental actual.

Esta visión tecnocentrista y economicocentrista no es exclusiva de los jóvenes. Cada vez es más frecuente observar que los gestores sanitarios o incluso la propia sociedad ven a los médicos como unos meros “trabajadores de la salud” que se encargan de la curación de enfermedades con el menor coste posible, para la reintroducción del ciudadano enfermo en la cadena productiva: “plazos cortos, coste bajo, objetivo cumplido”.

Es cierto que en los últimos años la medicina ha alcanzado unas cotas de exactitud técnica y eficacia impensables hace pocas décadas. La medicina de precisión y el desarrollo tecnológico en el ámbito del diagnóstico y terapéutico han modificado la práctica del médico para convertirla en un quehacer cada vez más eficaz y tecnológicamente desarrollado.

Sin embargo, este rápido devenir científico y técnico no es el único elemento definidor de la profesión médica. El médico no es solo un técnico de alta cualificación, sino también y, sobre todo, una figura moral, un ser humano que toma decisiones con relevantes consecuencias para la vida y sufrimiento de otras personas y de la comunidad.

El ejercicio del médico como agente moral es una de las características esenciales de la profesión médica en cuanto a acción técnica y ejercicio humanístico. Un agente moral es una persona que tiene la capacidad de discernir el bien del mal, y de hacerse responsable de sus propias acciones. Los agentes morales tienen el compromiso moral de no causar daño a los demás.

Los médicos tenemos la responsabilidad, como el Código de Deontología Médica de la Organización Médica Colegial de España resalta, de tener una formación científico-técnica suficiente para gestionar adecuadamente la salud de las personas. Esto es común a otras profesiones. Pero además de ello, los médicos tenemos la responsabilidad de una serie de decisiones que no están vinculadas exclusivamente a la ciencia. El ejercicio del médico como figura moral se desempeña en un doble campo: el campo científico y el campo humanístico.

Desde sus comienzos, la medicina ha mantenido una estrecha relación con la filosofía. Hipócrates no solo instruía a identificar síntomas, sino también a comportarse con cautela, a valorar la vida y a evitar el daño. Por otro lado, Aristóteles, hijo del médico de la corte de Alejandro Magno, presentó la idea de “phronesis” que se entiende como sabiduría práctica: la capacidad de discernir lo que es correcto y conveniente en cada situación particular.

El médico, al igual que el juez o el gobernante, no debe restringir su actuación a la aplicación de unas reglas universales; debe decidir, ponderar, interpretar lo que es más apropiado, no para la enfermedad, sino para la persona enferma. Y para ello, se necesita algo más que conocimiento; se precisan virtudes y valores. La empatía, la sensatez, la prudencia, la honradez y la humildad son necesarias. Para ser un buen médico es esencial ser una buena persona, no solo un profesional con las habilidades técnicas suficientes.

Hay muchas decisiones en medicina que no se deben automatizar. ¿Cómo se debe limitar un tratamiento fútil? ¿Cómo se comunica una mala noticia? ¿Qué se debe hacer si un paciente rechaza una intervención que podría salvarle la vida? En estos momentos, el conocimiento científico es crucial, pero también es esencial la sabiduría moral y el humanismo virtuoso.

Para ejercer la medicina como una práctica moral, es preciso afrontar importantes dilemas éticos. Cada consulta, conversación y acto médico tiene un aspecto moral. Escuchar con atención, valorar el silencio, aceptar las propias limitaciones y convertir cada procedimiento médico en un gesto de ayuda.

En un mundo cada vez más tecnificado, más rápido, más impersonal, necesitamos continuar ejerciendo el alma de la medicina. Se necesitan médicos que sepan mucho, sí, pero sin olvidar que cada paciente es un ser humano único, con su biografía, su dignidad, su derecho a ser tratado con respeto.