Pablo Aguado en su salida por la Puerta del Príncipe.

Pablo Aguado en su salida por la Puerta del Príncipe. Salvador López Medina

Patrocinado por

Sevilla

Pablo Aguado abre la Puerta del Príncipe por torear y marcar la diferencia en una gran tarde de Jandilla

Roca Rey y Emilio de Justo cortaron una oreja cada uno, pero sin llegar al nivel de Aguado.

Más información: El capote de Juan Ortega y la prodigiosa izquierda de Talavante levantan una tarde tórrida en Sevilla

Publicada
Actualizada

El toreo de Pablo Aguado es de muchos quilates porque te atraviesa el alma. Por eso ha abierto la Puerta del Príncipe, a pesar de fallar con el descabello hasta en cuatro ocasiones, por marcar la diferencia y por creérselo ya de una vez.

Y aunque ha sido insólita y hubo división de opiniones sobre su salida, por el fallo con el verduguillo que la Maestranza suele respetar, la petición fue unánime y merecida porque no se puede torear mejor ni más despacio.

Por eso, que es mucho, ha cruzado el ansiado umbral en una gran tarde de Jandilla, en la que han embestido los seis. Justo siete años después de su primera Puerta con esta misma ganadería.

Pero además esta tarde en Sevilla, tras una de las faenas del año, el sevillano marcó mucho más: la distancia entre su toreo y el de los demás.

Porque sí. A Roca Rey y a Emilio de Justo los dejó descolocados cuando con un temple que solo te da Dios esculpió una faena de ensueño desde sus lances a la verónica, pasando por sus cambios de mano con una suavidad que parece imposible alcanzar ante un tren de 500 kilos y un estoconazo hasta los gavilanes que propició la muerte hecha bravura.

Emilio de Justo torea con la muleta en la Maestranza.

Emilio de Justo torea con la muleta en la Maestranza. Salvador López Medina

Y marcó esa diferencia por su elegancia, por su gracia sevillana, por su empaque, por su forma de torear, pero sobre todo por su templanza. A su primero lo lanceó con el capote como si estuviera acunando a un bebé a un toro que salió suelto de salida y que después fue extraordinario en la muleta.

Con veinte muletazos con una naturalidad y un temple que es tan difícil alcanzar en la cara de un toro, y tan fácil para él, le cortó las dos orejas. Pero es que fueron a cada cual mejor basándose en el toreo fundamental y clásico con la panza de la muleta por delante. Sin trampa ni cartón.

Una serie en redondo sobre la diestra puso al público en pie rematada con dos cambios de manos sublimes y los pases de pecho hasta la hombrera contraria y unos kikirikis que derramaron pura gracia sevillana.

Pablo Aguado pega un muletazo en la Maestranza.

Pablo Aguado pega un muletazo en la Maestranza. Salvador López Medina

El final a dos manos, con un ayudado por alto rodilla en tierra, puso fin a una obra de arte culminada con una estocada hasta la bola a un toro al que le pudo la bravura.

El sexto se quedaba corto desde el principio, pero Aguado consiguió estirarlo a la verónica, a media altura y meciéndolo sin querer molestarlo.

Con la muleta pulseó la embestida con mucho temple y con muletazos por alto con una rodilla en tierra demostrando el buen momento que atraviesa con unos muletazos finales por abajo que hicieron rugir a la plaza.

La tanda por el derecho a pies juntos, acompañada con el solo del pasodoble de Dávila Miura, fue sensacional y de tirar la moneda que finalmente cayó cara. Porque a pesar de fallar con el descabello y tras una calma tensa porque el toro no caía, Sevilla premió al toreo clásico, al de verdad.

Roca Rey no tuvo su tarde, a pesar de cortar una oreja al quinto entre peticiones desde el tendido con el clásico 'mátalo ya' tras acabar metido en los pitones.

Roca Rey torea con la muleta de rodillas en la Maestranza.

Roca Rey torea con la muleta de rodillas en la Maestranza. Salvador López Medina

Salió espoleado tras la obra de Aguado, con su repertorio: pases cambiados de rodillas por la espalda y una arrucina en terrenos imposibles, pero no llegó a acoplarse con el buen jabonero de Jandilla. Al igual que le pasó con su primero y su tarde quedó desdibujada.

El primero arrolló a Emilio de Justo sin consecuencias cuando lo toreaba a una mano con el capote. Con la muleta estuvo muy firme con muletazos largos y ligados, pero sin llegar a transmitir para que la faena fuera a mayores. Al igual que con el cuarto, que le dio menos opciones tras recibirlo en la puerta de chiqueros.

En definitiva, la tarde tuvo el nombre de Aguado. Cuando se vaya Morante notaremos su ausencia sin duda, pero esos muletazos que fueron una oda al toreo sevillano, al menos, albergan la esperanza de que pueda coger su difícil testigo.

Porque lo que ha hecho hoy Pablo ha sido torear con mayúsculas.