El novillero sevillano Manuel Domínguez.

El novillero sevillano Manuel Domínguez. Salvador López Medina

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Sevilla

El temple de Ignacio Garibay y la ilusión de Manuel Domínguez dejan su sello en la Maestranza de Sevilla

La novillada de Garcigrande tuvo clase, pero le faltó raza.

Olga Casado fue ovacionada en el cuarto.

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La templanza del mexicano Ignacio Garibay y del también novillero sevillano Manuel Domínguez ha dejado su sello en la Maestranza de Sevilla, aunque ninguno de los dos ha llegado a cortar trofeos por las defectuosas espadas con las que han rematado ambas faenas.

En una tarde de auténtico veranillo de San Miguel y ante una novillada de Garcigrande, con clase aunque falta de raza, ambos debutantes han podido lucirse sobre todo con la muleta.

Por su parte, la novillera Olga Casado, quien también debutaba en Sevilla 14 años después de que lo hiciera la última mujer vestida de luces, Conchi Ríos, pasó más inadvertida.

Su primero se desfondó pronto y no pudo apenas lucirse. Tampoco pudo hacerlo con el quinto, cuya faena no terminó de romper a pesar de su esfuerzo, incluso de rodillas, a mitad de la faena.

La novillera Olga Casado torea en la Maestranza.

La novillera Olga Casado torea en la Maestranza. Salvador López Medina

El mexicano Garibay tiene un concepto que gusta en Sevilla de torero hondo, que es capaz de llevárselos largo hasta el final de la cadera. Con el capote dejó un ramillete de verónicas con el mentón en el pecho, con muñecas y cintura.

Y consiguió cuajarlo con la muleta, a pesar de recibir una fea voltereta nada más iniciar. Supo esperar la embestida y le tocó las teclas al de Garcigrande para llevarlo siempre largo y metido en la muleta para que no se desentendiera.

El mexicano Ignacio Garibay en su debut en la Maestranza.

El mexicano Ignacio Garibay en su debut en la Maestranza. Salvador López Medina

Tras cuatro tandas de mando y torero caro, la faena se quedó sin premio porque la espada hizo guardia. Con el segundo quiso desquitarse, pero el animal no le acompañó en sus ganas.

El público pidió con mucha fuerza la oreja del primer novillo de Manuel Domínguez, pero el palco se negó porque la espada cayó demasiada baja. No obstante, antes pudo encadenarle desde la mitad de la faena tres tandas de mano baja al natural con un temple exquisito.

Ante el último, le pudieron más las ganas para rubricar su tarde, pero el buen sabor que dejó es innegable.