'El mundo por montera', espectáculo inaugural de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla.
La XXIV Bienal de Flamenco alza el telón en la Maestranza con ‘El mundo por montera’
José Mercé, Martirio, Arcángel, La Tremendita, José el de la Tomasa o Ángeles Toledano fueron algunos de los nombres más destacados de la noche.
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La Maestranza se vistió de noche, de velas y de flamenco. El ruedo, cubierto de césped, perdió por unas horas su condición de plaza taurina para convertirse en escenario de una celebración.
A ambos lados, en los tendidos, una suerte de velas iluminaban la caída la tarde y dibujaban un paisaje delicado, casi íntimo, que acompañó con acierto el arranque de la XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla.
No era solo una cuestión estética: aquel césped sobre la arena suavizó los desniveles del ruedo y permitió que los asistentes pudieran ir y venir sin terminar con los pies cubiertos de polvo. Un detalle aparentemente menor que terminó siendo todo un acierto.
Así comenzó una noche que quiso reunir distintas formas de entender el flamenco bajo un mismo techo y que encontró en 'El mundo por montera' un título que acabó funcionando también como declaración de intenciones. Porque, para cerrar una noche como esta, había que dejarse llevar.
El primer aviso llegó desde fuera del escenario. En el margen derecho del recinto, Juan Jiménez y Alfonso Padilla protagonizaron una batalla de saxos que rompió de entrada la solemnidad de la plaza y puso en marcha una noche pensada para sucederse a golpe de encuentro.
Después llegaron Ángeles Toledano, El Perrete y Manuel de la Tomasa. Sus voces fueron abriendo el camino hasta unas cantiñas gaditanas que terminaron por levantar una de las primeras grandes ovaciones de la noche.
El público respondió con entusiasmo a ese final, que dejó claro desde muy pronto que aquella iba a ser una velada de celebración.
El escenario cambió de piel.
Patricia Guerrero y Eduardo Leal tomaron el relevo con 'El cerco y la luna', un espectáculo que evocó inevitablemente el universo de Federico García Lorca y, en especial, el imaginario de 'Romance de la luna, luna'.
La escena se redujo casi a una imagen protagonizada por Guerrero, vestida de un blanco impoluto, avanzando y bailando bajo un haz de luz blanca que inundaba el escenario. La luna, el cuerpo y la luz establecieron entonces su propio diálogo. El flamenco se hizo imagen antes incluso que sonido.
Después fue el turno del Ballet Flamenco de Andalucía, que volvió a ampliar las dimensiones de una noche concebida para recorrer diferentes territorios del género. Y todavía quedaba mucho por escuchar.
Rosario La Tremendita puso voz a la siguiente estación de este viaje, antes de que aparecieran algunos de los nombres más reconocibles de la noche.
Arcángel tomó el relevo y, después, Martirio. La artista fue recibida con especial entusiasmo por el público, que la aclamó y la despidió entre aplausos.
José el de la Tomasa continuó ensanchando un cartel en el que distintas generaciones y sensibilidades fueron encontrándose sobre el mismo escenario.
La noche se encaminaba ya hacia su desenlace cuando apareció José Mercé. Lo hizo con un cante por seguidillas que funcionó como antesala del final. No podía haber mejor manera de preparar lo que estaba por llegar: una última reunión de artistas, un último encuentro antes de despedirse.
La 'romería final' fue, en realidad, el momento en el que todo lo anterior cobró sentido. Todos los artistas asistentes se reunieron para regalar al público un último cante.
Ya no había turnos ni fronteras entre unos y otros. Solo quedaba celebrar, compartir y dejar que la noche terminara con el flamenco ocupando cada rincón de la Maestranza.
Y allí, bajo las velas de los tendidos y con el ruedo convertido en una alfombra verde, la XXIV Bienal echó a andar. La plaza había dejado atrás por unas horas la arena y el polvo. Quedaba la música, el baile y un público dispuesto a acompañar el viaje.
Había que echarse el mundo por montera. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.