Juan Luis Guerra en el concierto que ofreció en Icónica Santalucía Sevilla Fest.
Juan Luis Guerra desafía al calor y conquista a 18.000 personas en Icónica Santalucía Sevilla Fest
No era un concierto para descubrir canciones, sino para volver a ellas como quien regresa a un lugar conocido.
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A las diez y media de la noche Sevilla seguía ardiendo. No solo por los 41 grados que había marcado el termómetro unas horas antes, sino porque 18.000 personas llevaban demasiado tiempo esperando ese momento.
La Plaza de España era un mosaico de abanicos, botellas de agua, rostros enrojecidos y una impaciencia compartida que desapareció en cuanto Juan Luis Guerra apareció sobre el escenario.
Lo que ocurrió después tuvo algo de celebración colectiva y mucho de reencuentro. No era un concierto para descubrir canciones, sino para volver a ellas como quien regresa a un lugar conocido.
Guerra no necesitó construir un relato entre tema y tema ni recurrir a largos discursos. El suyo fue un espectáculo concebido como una corriente continua, sin apenas interrupciones, donde cada canción empujaba a la siguiente y cada aplauso servía de impulso para mantener el baile durante casi dos horas.
Dentro del Icónica Santalucía Sevilla Fest, y con el cartel de entradas agotadas desde hacía semanas, el artista dominicano convirtió la monumental Plaza de España en un gigantesco salón caribeño.
El arranque llegó con Rosalía, seguida de La Travesía y La llave, tres temas que sirvieron para calentar motores antes de que la plaza se entregara definitivamente.
Vale la pena elevó todavía más la temperatura emocional de la noche, mientras que Como yo y DJ Bachata confirmaron que el repertorio combinaría éxitos recientes con clásicos imprescindibles de una trayectoria que supera ya las cuatro décadas.
Uno de los momentos más especiales llegó con Niágara y Para ti, interpretaciones impecables que precedieron a uno de los pasajes más celebrados del concierto: un extenso mix de bachatas en el que sonó Burbujas de amor.
Fue entonces cuando ocurrió uno de esos instantes que justifican por sí solos una noche de música en directo. Las más de 18.000 voces presentes comenzaron a cantar al unísono con tanta fuerza que, durante varios segundos, la voz del público se impuso incluso a la del propio Juan Luis Guerra.
El artista sonreía mientras contemplaba cómo una de sus composiciones más universales adquiría vida propia en boca de miles de personas que conocían cada palabra de memoria.
El repertorio continuó sin apenas pausas con Tú, Como abeja al panal, Visa para un sueño, La noviecita y El costo, manteniendo un nivel de energía admirable. Apenas hubo espacio para discursos o largos parlamentos. Guerra prefirió dejar que hablara la música, enlazando una canción tras otra sin ofrecer descanso a un público que, lejos de agradecer una pausa, parecía dispuesto a seguir bailando indefinidamente.
Si hubo otro momento culminante de la noche, ese fue la interpretación de Ojalá que llueva café en el campo. Pocas canciones consiguen reunir tantas emociones distintas al mismo tiempo. Desde los primeros acordes, la Plaza de España se convirtió en un inmenso coro acompañado por miles de brazos alzados.
Fue probablemente el tema más bailado y celebrado de toda la actuación, una explosión de alegría colectiva que encajó a la perfección con el ambiente festivo del festival.
El tramo final mantuvo intacta la intensidad. El Farolillo y Las Avispas prepararon el terreno para un desenlace reservado exclusivamente a los grandes himnos.
Porque si alguien dudaba de la capacidad de Juan Luis Guerra para cerrar por todo lo alto, bastaron los primeros compases de A pedir su mano para disipar cualquier incertidumbre.
Después llegaron Bachata rosa, recibida con una mezcla de emoción y nostalgia, y el inevitable estallido definitivo con La bilirrubina, que puso a toda la Plaza de España a bailar por última vez antes de una ovación larguísima que parecía resistirse al final del espectáculo.
Pero si el protagonismo correspondía al cantante dominicano, resulta obligado destacar el extraordinario trabajo de la banda que lo acompaña. La orquesta fue, sencillamente, sobresaliente.
Cada sección funcionó con una precisión admirable: una base rítmica impecable, unos metales brillantes, una percusión vibrante y unos coros perfectamente ensamblados que aportaban riqueza a cada arreglo.
Más que un grupo de acompañamiento, los músicos demostraron ser una maquinaria perfectamente engrasada capaz de reproducir en directo toda la complejidad sonora que caracteriza las grabaciones de Juan Luis Guerra. Su nivel interpretativo superó ampliamente las expectativas y contribuyó de manera decisiva a convertir el concierto en una experiencia musical de primer orden.
El paso de Juan Luis Guerra por Icónica Santalucía Sevilla Fest volvió a demostrar por qué continúa siendo uno de los artistas más queridos y respetados de la música latina. Su repertorio mantiene intacta la capacidad de emocionar, divertir y reunir a públicos de edades muy distintas alrededor de canciones que ya forman parte del patrimonio sentimental de millones de personas.