Israel Fernández en Sevilla.
Israel Fernández, cantaor de flamenco: "Sin el cante no soy nadie. Sin él, viviría en Egipto e intentaría buscar tesoros"
El artista ha viajado a Sevilla para poner el compás en la presentación de la nueva Cruzcampo 1904.
Más información: Israel Fernández marcará el compás de la presentación de la nueva Cruzcampo 1904 en Las Setas de Sevilla
Hay artistas que hablan del flamenco como un oficio y otros que lo hacen como una forma de estar en el mundo. Israel Fernández (Corral de Almaguer, Toledo, 1989) pertenece a los segundos.
El cantaor, una de las voces imprescindibles del flamenco actual, ha construido una carrera en la que la tradición convive con una sensibilidad capaz de acercar el género a nuevas generaciones sin perder de vista a los grandes maestros. De hecho, cuando se le pregunta por los referentes, responde sin dudar: La Niña de los Peines, Camarón y Paco de Lucía.
Israel Fernández ha compartido un momento íntimo con EL ESPAÑOL. Lo ha hecho en Sevilla, ciudad a la que ha viajado para poner voz a la presentación de la nueva Cruzcampo 1904, una campaña con la que representa "la gratitud, la alegría y esa flamencura que tenemos en Andalucía y en toda España".
En esta conversación, Israel Fernández habla de la identidad, de la disciplina, de la fama, del humor heredado de su familia y de la necesidad de cantar "por el alma".
Dijo en La Revuelta que su comida favorita era el arroz con pollo y el bocadillo de tortilla francesa. ¿Su bebida favorita?
La cerveza, por supuesto -ríe-.
¿Qué significa para usted representar a Andalucía y al flamenco en un proyecto como este?
Para mí representa, sobre todo, gratitud, alegría y esa flamencura que tenemos en Andalucía y en toda España, que es nuestra: mucha paz.
¿Ha heredado el cante de alguien de su familia?
En mi familia cantan todos: mi madre, mi padre, mis hermanos, mis tíos, mi abuela, ... Pero yo diría que me viene de mi abuela, porque era la artista de la familia.
Y el sentido del humor, ¿de quién lo ha heredado?
El sentido del humor también lo he heredado, por supuesto, pero también creo que cuando uno se va haciendo más mayor va cogiendo más sentidos.
Es una de las facetas que los fans más destacan de su personalidad. ¿El humor forma parte de su vida?
Sí, siempre. He visto siempre a mi familia, a mis padres, reírse de todo incluso en las cosas más difíciles, tomárselo como una filosofía el humor. Dentro de la pena, por supuesto, pero siempre con mucha positividad.
Habla siempre con mucho orgullo de tus raíces. ¿Hay algo que nunca quiera perder por mucho que avance su carrera?
Hay algo que no quiero perder, que no debo perder y no creo que lo haga, que es la identidad. La identidad es de donde uno es, de donde uno nace, su familia.
¿Qué es lo que más le ilusiona ahora mismo de su carrera?
Lo que más ilusiona es llegar al corazón de las personas, transmitir amor, transmitir alegría y paz.
¿Y cree que lo consigue?
Bueno, lo intento -ríe-.
Muchos jóvenes llegan al flamenco escuchándole a usted antes que a Camarón o Marchena. ¿Cómo le hace sentir? ¿Le da vértigo?
Bueno, no creo que se puedan saltar a los monstruos, a los genios, ¿no?, como Camarón. Camarón es el Titanic del flamenco. Es el sol, la luna, el universo, de forma conjunta con todos los maestros que ha dado el cante flamenco. Entonces, bueno, yo me siento alegre por ello.
¿Cuál fue su referente?
Soy muy aficionado al cante, tengo muchas referencias en general, pero si te puedo decir un número tres: La Niña de los Peines, que es de aquí, de esta tierra, de Sevilla; Camarón de la Isla y el maestro Paco de Lucía.
¿Cantar en Sevilla le produce respecto por la vinculación de la ciudad con el flamenco?
Muchísimo, muchísimo, porque Sevilla ha dado muchísimo en el cante, como hablaba antes: La Niña de los Peines, Tomás Pavón, Manolo Caracol... Me da muchísimo respeto, claro, por supuesto, pero también mucha alegría.
En una entrevista en 2023 dijo que no cantaba por nada material, sino por la "necesidad del alma". ¿Cómo se protege esto cuando llega la fama?
Siendo siempre el mismo, no creyéndote nada y acordándote siempre de tus principios. Y teniendo mucha disciplina con lo que te apasiona, que en mi caso es el cante. Yo, sin cantar, no soy nadie, pero no por lo material. A nadie le amarga un dulce, pero no me importa mucho. Me importa más tener una gran amistad, un gran amor y una gran pasión por el cante. Pasa como con las relaciones: se tiene que trabajar diariamente.
¿Con cuántos años empezó a cantar?
Que recuerde, con 6 o 7 años ya me daban los 20 duros por cantar mis tíos.
¿Y a qué edad dijo: esto tiene que ser mi futuro?
Siendo sincero, nunca dije qué iba a hacer. Es una cosa natural que me sale y nunca me puse ninguna; mi meta es diaria, es ir aprendiendo cada día más y ser disciplinado conmigo mismo. Conocerme a mí y a mi corazón, esa creo que es la meta de cada persona.
Si no se dedicara al cante, ¿qué haría?
Viviría en Egipto e intentaría buscar tesoros -ríe-.
¿Qué le gustaría que dijeran de usted en 20 años? ¿Que cantaba muy bien o que defendía de una manera muy especial el entender el flamenco?
Me gustaría, primero, que me recordaran como una buena persona y, después, como un enamorado del cante, más que defensor.
¿Tiene alguna meta que cumplir en el mundo del flamenco?
Mi meta es llegar al máximo público posible, no por nada, no por mí, sino para que no se lo pierdan. No quiero ser un flamenco egoísta, sino un cantador que reparte, y quiero que disfruten lo que yo disfruto escuchando flamenco.
¿Diría, a día de hoy, que ha cumplido un sueño?
Sí, yo siempre cumplo un sueño cada vez que despierto y, después, cuando canto en cualquier sitio, es otro sueño.