Morante pasea dos orejas en la Maestranza de Sevilla.

Morante pasea dos orejas en la Maestranza de Sevilla. Lances Maestranza

Patrocinado por

Sevilla

La genialidad de Morante abre la Puerta del Príncipe y brilla más que el sol en el Corpus sevillano

Cortó tres orejas ante una corrida de Matilla protestada por la falta de trapío. Juan Ortega y Pablo Aguado podrían haber cortado otras dos.

Más información: Morante, “el Nobel del toreo”, recibe el X premio del Ayuntamiento: “Soy torero por vocación y profesionalismo”

Publicada
Actualizada

Sólo Morante de la Puebla podía cruzar este jueves de Corpus sevillano la Puerta más consagrada de Sevilla, la del Príncipe, y procesionar literalmente por las calles de esta ciudad ante esos dos toros, con tan escaso trapío y tan insulsos de Matilla.

La tercera Puerta de su carrera que le llega en su mejor momento al ya considerado por muchos como el mejor torero de la historia.

De ahí el valor de que la haya cruzado y brillado más que el sol como dice el refrán, más allá si el número de orejas que el palco le hubiera concedido era justo. El caso es que fueron tres, las reglamentarias para abrirla de par en par.

Un día que sí se vio empañado por el baile de corrales en las últimas 48 horas. Hasta siete toros fueron rechazados en la Venta de Antequera, teniendo que ser remendada la corrida con otro de Garcigrande, que tampoco sirvió.

Pero todo daba igual cuando salió Morante en hombros envuelto en ese halo cosechado en los últimos años y entre una marea humana, cuya media de edad no superaba los 30, que se echó al ruedo y que se lo llevó en volandas hasta el hotel Colón.

Sin exageración -ahí están los vídeos- Morante enfiló el paseo, también llamado Colón, en una imagen que recordó a la del pasado Lunes de Pentecostés cuando avezados almonteños portaron en sus andas a la Virgen del Rocío. No es comparable, pero a más de uno le faltaba el aire y podía exprimir la camisa de sudor.

Por el camino, la misma imagen, zapatos, gafas y relojes por el suelo que la gente perdía en medio del maremágnum humano que denota de nuevo que, al igual que Morante, el toreo atraviesa un momento dulce.

Volvía un laureado Morante de La Puebla, ya como Hijo Predilecto de esta ciudad, al coso del Baratillo donde derramó su sangre hace un mes y medio para decir -y demostrar con hechos- que sí, que es uno de los toreros más grandes de la historia y sumar una Puerta del Príncipe más.

Sin llegar al éxtasis, pero con todo a favor y ante un público más entregado a su toreo que nunca, Morante puso todo lo que estaba en su mano, la torería y la clase, para hacer lo que parecía imposible. Cortarle dos orejas a ese 'Sosito', que hizo honor a su nombre, con un ajuste imposible y una suavidad extrema.

Cada muletazo fue más lento, más templado, más hondo y profundo... y más de verdad, rematando con molinetes para cambiarse de pitón y llevárselo con una cadencia imposible hasta el final de la cadera. Y todo ligado en un palmo de terreno en una faena que solo la puede hacer un genio.

En la última tanda, al animal le costaba más, pero el cambio de mano fue sublime, como fueron los estatuarios finales y la estocada por derecho. El toro se amorcilló, pero los gritos de 'José Antonio, Morante de la Puebla' desataron el delirio.

Antes, a su primero le cortó una oreja. Con este sí se pudo explayar con el capote para rematar con una media que paró el pulso de más de uno. Fue eterna, con el mentón en el pecho y como si fuera un niño Seise bailando por la festividad del Corpus.

A este lo acompañó, más bien lo acarició, dejando en el albero sevillano toda su torería, que es inabarcable. El toro tuvo movilidad y acabó entregándose a su muleta, haciéndole todo a favor.

La última tanda, al volver a la mano derecha, caló en el tendido al ligarlo con un muletazo que duró una barbaridad para rematarlo con un cambio de mano único porque solo lo puede hacer él con una maestría absoluta. A este también lo mató por derecho tirándolo patas arriba.

Juan Ortega y Pablo Aguado

Completaban el cartel de arte Juan Ortega y Pablo Aguado, que podrían haber cortado una oreja cada uno si no llegan a fallar con la espada porque cada uno, con su concepto, logró imponerse a las pobres embestidas de la corrida de Matilla.

Ortega le corrió la mano a ese segundo, llevándolo con un temple exquisito muy cosido a la muleta y aprovechando el pitón izquierdo que tuvo más calidad, pero el pinchazo previo a la estocada lo emborronó todo.

Y Pablo Aguado llegó a Sevilla con su mejor versión tras su antológica tarde en Aranjuez. Tanto que se fue a porta gayola para pegar un farol de rodillas al tercero de la tarde, al que le enjaretó cuatro verónicas y dos medias arrebatadas que pusieron a La Maestranza en pie.

Ya con la muleta, firmó una arrebujada faena clásica del toreo sevillano a un toro que se fue a menos y al que pinchó en un primer encuentro.

Sin embargo, el resto de la tarde ya no pudo tomar vuelo por la poca valía de sus oponentes y porque unos minutos antes Morante había acabado con el cuadro ante los dos toreros de más arte del escalafón y los que están llamados a hacerle sombra. Pero visto lo visto, la historia lo dirá.