Pablo Aguado da una chicuelina en Sevilla.

Pablo Aguado da una chicuelina en Sevilla. Salvador López Medina

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Sevilla

La raza y el temple de Pablo Aguado y el tirón de Roca Rey no alivian la resaca 'posMorante' en Sevilla

La corrida de Domingo Hernández, muy justa de presencia y condición, no ha dado el juego esperado con la excepción del quinto, al que Roca Rey le cortó una oreja.

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La misma plaza que ayer era un hervidero dispuesta a derribar la mismísima Puerta del Príncipe para que Morante de La Puebla saliera por ahí sin trofeos, hoy era una plaza, igual de bonita, pero con sol y moscas como decía 'El Guerra'.

Hasta el quinto toro no pasó nada, salvo dos saludos capoteros de Pablo Aguado con un temple exquisito y un quite por chicuelinas, una de ellas que ha durado una eternidad, que han despertado del letargo de un anestesiado público maestrante.

La resaca tras la faena histórica del diestro cigarrero será larga. En 24 horas no se pueden digerir ni superar. Y es que ni siquiera han sido aliviadas por la raza y la gracia capotera de Aguado ni el tirón de Roca Rey, que se enfajó con el buen quinto cuando la tarde ya iba por el sumidero de la indiferencia.

Lo llevó largo Roca con derechazos poderosos de mano baja y en redondo y con pases por la espalda marca de la casa hasta detrás de la cadera, que levantaron el ánimo del personal.

Andrés Roca Rey pega un natural en Sevilla.

Andrés Roca Rey pega un natural en Sevilla. Salvador López Medina

La labor de Aguado con el quinto no tuvo nada que ver. Lo fue encelando con la muleta a media altura, con algún trincherazo con sabor a un toro que siempre se quiso ir a las tablas. Una fea voltereta que lo levantó dos metros del suelo le dio la vuelta a la faena.

Tiró de raza el torero sevillano para reponerse y llegaron los muletazos más brillantes con mucho temple y esa gracia sevillana que solo tienen los elegidos. Se tiró a matar, pero el animal tardó en caer, se levantó en varias ocasiones y se quedó sin trofeo.

En blanco se fue Talavante, que solo pudo dejar media docena de verónicas al primero, en una tarde en la que la resaca por la faena histórica de Morante pesó demasiado.