“Álvaro, hay un día en Sevilla en que florecen los naranjos y toda la ciudad huele a azahares”. Recuerdo perfectamente aquella frase en una de las primeras conversaciones que tuve con mi buen amigo Javier nada más instalarme en Sevilla, en los albores de un frío mes de enero. Fue durante uno de esos primeros paseos en los que comenzaba a conocer la ciudad de una manera más profunda, ya lejos de aquella mirada apresurada de visitante que atraviesa sus calles como simple turista.
Cada vez que quedábamos, Javier, que ejercía de auténtico cicerone hispalense, me descubría algún matiz de la ciudad. En una de aquellas conversaciones, un día destacó esa particularidad sensitiva de Sevilla como es el aroma de la primavera temprana, que se adentra como una bocanada de dulzura en el aire de la vieja Isbiliya.
En un primer momento pensé que mi amigo, víctima del profundo amor que siente un oriundo por su propia ciudad, exageraba al hablar del perfume de los azahares. Imaginé que, como sucede en cualquier lugar cuando cambia la estación, se percibiría simplemente el olor de las flores nuevas que anuncian la primavera.
Sin embargo, las semanas fueron pasando y el azahar empezó a despuntar tímidamente en los naranjos hasta que llegó el día en que toda la ciudad parecía desbordarse de este aroma tan inconfundible. Aquella mañana, extasiado por aquel perfume sevillano, comprendí que lo que me había dicho Javier era cierto y no fruto del paroxismo sevillano del que hace gala en muchas ocasiones.
Cuando volvimos a vernos, me confesó que ese olor le devolvía de inmediato a su infancia, como si fuera la célebre magdalena de Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido. Un aroma que, además, funciona en Sevilla como un aviso de que algo está a punto de comenzar. Porque el azahar, además de abrir la puerta a la primavera, anuncia también uno de los periodos más especiales de la ciudad.
Es el tiempo en que, casi sin darnos cuenta, se abren paso en el calendario la Cuaresma, la Semana Santa y la Feria. Días en los que el dulzor del azahar se entremezcla con el perfume grave del incienso y en los que la Semana de Pasión alcanza una intensidad sensorial difícil de encontrar en otro lugar del mundo.
Yo reconozco que, por mi propia trayectoria, el azahar no puede devolverme a la infancia. Mi niñez está impregnada de otros aromas, de los que trae consigo la primavera de mi tierra, de mi Granada. Pero ese olor a naranjos nuevos sí me transporta siempre a aquella especie de primera edad de mis meses iniciales en Sevilla, cuando empezaba una nueva etapa de mi vida y comenzaba a sentirme parte de esta ciudad que hoy considero también como mi casa.
Llegaba ya en el inicio de la vida adulta y, como diría el poeta Rafael Montesinos, en mi «corazón tenía un sueño adolescente», ese que nace de la curiosidad y del deseo de quien descubre algo nuevo. Y eso fue exactamente lo que me ocurrió cuando me afinqué en Sevilla.
Por eso, en estos días en los que los azahares empiezan a aflorar en las copas de los naranjos, como si fuesen pequeños copos de nieve suspendidos entre las hojas, y su fragancia comienza a expandirse lentamente por calles, en mi pecho se despierta el recuerdo de aquel tiempo que comenzaba en esta ciudad.
Un perfume que ya forma parte de mi memoria personal y, quizá por eso, también de mi manera de sentir Sevilla.