Subí a la primera planta por las escaleras enmoquetadas que se ubican a la derecha de la recepción del club. Antes había tomado un té earl grey en el salón de té acompañado de unos pasteles junto a una antigua compañera de estudios en Londres.

El lugar que más me gusta del club es la biblioteca. Aunque su piscina cubierta y toda su zona de spa hacen que vuelva periódicamente a este lugar de Pall Mall Street, tener una estancia con todas sus paredes cubiertas por estanterías repletas de libros y disponible para mí las veinticuatro horas es un auténtico lujo.

Al entrar me dirigí hacia el fondo a la izquierda, donde se encuentra la chimenea encendida siempre en esta época. Estábamos ya a finales de noviembre y fuera podría hacer unos seis grados. El ambiente cálido me incitó a sentarme en uno de los sillones chester de color verde oliva situados junto a la lumbre.

Eran poco más de las siete de la tarde y en ese momento la biblioteca estaba casi vacía. Sólo había dos personas en el otro extremo. Un estudiante de unos veinticinco años con su mochila negra en el suelo en uno de los pupitres junto a un ventanal al lado de la mesa de los bibliotecarios que ya se habían marchado; también una joven de unos treinta con una melena rubia a la que veía de perfil desde mi asiento.

Desde mi sillón contemplaba toda la sala y sus librerías cubiertas en parte por puertas de cristal. Habían colocado una nueva moqueta de color rojo y las paredes estaban pintadas de un color crema distinto al que había visto en mi última visita. Mi intención era escribir alguno de mis relatos sentado allí cómodamente y disfrutando del calor que provenía de la cercana chimenea.

Pero antes de sacar mi libreta de hojas blancas de mi maletín, dejé que mi mente divagara un poco y que mis piernas se calentaran aún más. Vi que seguía colgado el mismo cuadro en la pared de la derecha, justo encima de la lumbre: era un retrato de un lord inglés de mediana edad y rostro circunspecto que parecía datar de mediados del siglo XIX.

Eso es lo último que recuerdo antes de quedarme dormido. Lo siguiente fue mi lento despertar oyendo unas palabras en inglés que traducidas querían decir:

-¡Disculpe, señor, su móvil está en el suelo!

Abrí lentamente mis ojos y vi ante mi a una joven rubia de ojos celestes y un vestido ceñido completamente negro que hacía que su melena dorada contrastara más aún. Me sonreía y decía algo más que no logré entender quizás distraído por la belleza de esa joven.

-Es que he venido a coger un periódico de la mesa y he visto que su teléfono estaba en el suelo encendido como si le estuviesen llamando. Disculpe si le he despertado, quizás deseaba usted seguir descansando.

-No se preocupe, muchas gracias –Le dije sonriéndole mientras volvía a adquirir mi conciencia.

-¿Le importa a usted que me siente aquí? –Dijo ella señalando el otro sillón verde situado a poco más de un metro y medio del mío.

-¡No, al contrario! ¡Encantado!

Viéndola de cerca, me cercioré de que se trataba de la misma chica que había visto al principio al fondo de la biblioteca. Al sentarse, pude mirar de reojo sus bonitas piernas.

Pensaba que esa tarde no iba a escribir mucho entre mi cabezadita y la belleza que tenía a mi lado, que desde luego me distraía y no iba a permitir que me concentrara demasiado en mi quehacer habitual en este año sabático en Londres: escribir historias en parte reales, en parte imaginarias.

No pude evitar mirar a mi joven acompañante, fijándome en sus señalados pómulos y sus ojos azules que estaban volcados hacia el diario de anchas páginas que sostenía en sus manos. Debí haberme quedado mirándola más tiempo del que la cortesía solía aconsejar pues mi descaro debía haberla alertado retirándola temporalmente de su lectura.

Así, vi como ella levantó su vista del papel para fijarla hacia mí con una leve sonrisa para rápidamente volver otra vez a su quehacer o hacer como que seguía leyendo.

Nuestras miradas se cruzaron en esos momentos y tuve la sensación de sentir una gran atracción hacia esa muchacha. Abrí mi libreta para comenzar a escribir unas líneas pero estaba seguro que no rendiría mucho ese día.

Ya no quedaba nadie en la sala, solo nosotros dos.

Esta era una de esas escenas con las que muchas veces sueña uno reviviendo pasajes de una novela o una película. Sólo en una biblioteca con una hermosa y elegante rubia junto a una llameante chimenea cuando eran ya las ocho de la tarde en el barrio de Saint James.

Me apetecía decirle algo: ¿Qué tal? ¿Estudias o trabajas? ¡No, demasiado común!

De pronto, me vi preguntándole:

-¿Eres londinense?

Ella levantó su cabeza sonriendo formándose unos surcos en sus mejillas y mirándome de frente me dijo:

-Soy irlandesa, de Dublín ¿Y tú?

-Soy español, de Sevilla.

-¡Ah, español! ¿Trabajas en Londres?

-Resido temporalmente, me he tomado un año sabático.

(Seguirá en la próxima entrega)