Loli Ávila, en una imagen del periódico en la Renault de Sevilla.
Loli, la primera mujer mecánica en un taller Peugeot en Sevilla: "Había clientes que no querían que yo arreglara su coche"
Las mujeres han mejorado "en acceso" al trabajo, "pero no en poder económico ni en posiciones de decisión".
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En los talleres de la Sevilla industrial y en los rincones donde el motor y la tradición se mezclan con la historia laboral de las mujeres, la experiencia de Loli Ávila es un símbolo de cambio, y es que no hace tantos años que arreglar un coche siendo mujer parecía casi una anomalía social.
En los primeros años del siglo XXI, cuando ella comenzó a trabajar como mecánica, todavía había clientes que rechazaban que sus vehículos fueran reparados por una mujer en un taller.
Su testimonio, junto al análisis económico de la profesora Inmaculada Jaén Figueroa, de la Universidad de Sevilla, dibuja el mapa de los avances y las sombras que todavía atraviesan la igualdad laboral en una Sevilla que aún tiene que apretar el paso para cumplir con los reclamos del 8M.
Ávila estudió Mecánica y Electricidad del Automóvil casi por herencia emocional. El oficio de su padre la marcó desde niña y la llevó a formarse en un ámbito que, a finales del siglo XX, era todavía un territorio masculinizado.
Cuando terminó sus estudios, comenzó un periplo silencioso de currículums enviados y llamadas que nunca llegaban. "Solo me llamaban para vendedora", explica con naturalidad, como quien relata una rutina frustrante pero ya asumida.
La oportunidad llegó de manera casi inesperada. Cansada de no recibir respuestas para trabajos de mecánica, decidió presentarse a una entrevista para un puesto comercial.
Allí, en el proceso de selección de un taller de Peugeot en Tomares, alguien de recursos humanos observó su formación técnica y cambió el rumbo de la conversación: si tenía un título de mecánica, quizá ese era su verdadero lugar.
La empresa necesitaba un profesional del taller y apostó por ella. Así comenzó su primera etapa laboral, que duraría entre el 2000 y el 2003.
El inicio no fue sencillo. La presencia de una mujer en el área técnica generaba incomodidad en algunos clientes. Loli recuerda un episodio que ilustra bien la atmósfera de aquella época. Un hombre pidió expresamente que ella no tocara su coche y trasladó su queja al jefe del taller.
La respuesta del responsable fue firme: si no quería que Loli trabajara en su vehículo, podía acudir a otro taller. "Meses después, este hombre pidió que yo le arreglara el coche", apunta con orgullo.
Con el tiempo, el trabajo de Loli empezó a hablar por sí solo. Al cabo de un año, otros talleres comenzaron a llamarla porque ya habían visto su desempeño profesional.
Su reputación técnica le abrió puertas en un sector que todavía estaba en transformación. En 2003, dio el salto a Renault, donde encontró un entorno productivo distinto pero igualmente marcado por las inercias culturales de la industria.
En aquella fábrica, Loli era una de las cuatro mujeres dentro de una plantilla de cientos de trabajadores hombres.
Recuerda que a las trabajadoras se les asignaban tareas que, de forma informal, se llamaban "para las niñas". Se trataba de posiciones dentro de la cadena de producción que implicaban trabajo sentado.
Hoy, afirma, la situación ha cambiado notablemente y la plantilla está mucho más equilibrada, con una presencia femenina cercana a la masculina.
Brecha salarial
La experiencia de Loli conecta con las transformaciones estructurales del mercado laboral femenino en España, un escenario donde el aumento de la participación femenina no siempre se traduce en igualdad real de condiciones.
Según la profesora de Economía Aplicada Inmaculada Jaén Figueroa, de la Universidad de Sevilla, la brecha salarial continúa siendo un indicador clave de desigualdad.
Actualmente se sitúa cerca del 18,8 por ciento, lo que implica que las mujeres perciben alrededor del 81 por ciento del salario anual de los hombres.
Aunque la brecha ha descendido más de cinco puntos en la última década, la investigadora considera que el avance es desigual. "Hemos mejorado en acceso, pero no en poder económico ni en posiciones de decisión", asegura.
Jaén Figueroa explica que el progreso se ralentiza cuando se alcanzan puestos de dirección o cuando aparece la maternidad, fenómeno que describe como "la persistencia de la penalización por cuidados".
La llamada penalización por maternidad es uno de los factores que más condicionan la carrera profesional femenina.
La profesora resume su impacto con una idea clara: "Mientras la brecha es pequeña al inicio de la trayectoria laboral, se amplía cuando aumentan las responsabilidades de cuidado".
Esta dinámica provoca que muchas mujeres reduzcan su jornada o rechacen promociones para mantener la flexibilidad laboral. En sus palabras, "no se trata solo de salarios, sino de oportunidades perdidas a lo largo del tiempo".
Parcialidad laboral
Otro elemento clave es la parcialidad laboral. Las mujeres representan el 74 por ciento del empleo a tiempo parcial en España. La académica insiste en que esta cifra no es neutra, ya que "la parcialidad involuntaria genera una doble trampa".
Por un lado, produce ingresos mensuales más bajos; por otro, afecta a las pensiones futuras. De hecho, la brecha en las prestaciones de jubilación puede acercarse al 33%.
Jaén Figueroa describe esta situación como "una dependencia económica que se acumula silenciosamente a lo largo de la vida".
Economía invisible
El trabajo doméstico y de cuidados no remunerados constituye, en su análisis, el mayor factor estructural de desigualdad. Las mujeres dedican aproximadamente el doble de horas diarias que los hombres a estas tareas.
La profesora afirma que "la economía española funciona porque existe una red de cuidados que no aparece en las estadísticas laborales". Y añade una reflexión contundente: "Alguien alimenta, cuida y sostiene emocionalmente a la fuerza de trabajo".
Este fenómeno es lo que algunos economistas denominan la economía invisible. Para Jaén Figueroa, "el trabajo no remunerado actúa como un subsidio privado que las mujeres pagan con su tiempo".
Esta contribución, según estudios del Consejo Superior de Investigaciones Científicas y del INE, podría representar hasta un 40 por ciento adicional del PIB español si se contabilizara de forma formal.
El impacto económico sería notable. Cerca de un 15 por ciento del PIB correspondería al cuidado de menores y personas dependientes, mientras que alrededor de un 26 por ciento se asociaría al trabajo doméstico.
En opinión de Jaén Figueroa, el gran reto de la economía española no es solo aumentar la participación laboral femenina, sino garantizar la permanencia en condiciones de igualdad.
"El éxito económico de un país moderno no puede construirse sobre el agotamiento silencioso de las mujeres", afirma.
Y concluye con una idea que sintetiza su visión académica: "La productividad real de una sociedad se mide también por su capacidad para distribuir el cuidado de la vida".