Mercedes de Pablos, periodista y escritora.
Mercedes de Pablos, periodista y escritora: "Cada vez me preocupa más esa tendencia a convertirnos en jueces de todo"
Docta en palabras, esta sevillana de adopción habla sin tapujos del amor, del amar y de las relaciones en su última obra '15 historias de amor y una carta en blanco'.
Más información: El arquitecto y columnista de EL ESPAÑOL de Sevilla Javier Navarro presenta su nuevo libro, 'Los días azules'
Mercedes de Pablos (Madrid, 1958) es una de las periodistas de ámbito andaluz con más renombre y trayectoria. Sin embargo, tiene claro cuál es su profesión "imposible": ser lectora, y es que reconce que la literatura se lo ha dado literalmente todo en la vida. De ahí, su faceta innata como escritora.
Primera mujer directora de una cadena de radio en España, Canal Sur Radio, de Pablos se expresa, tanto en periodismo como en literatura, con la sabiduría de quien ha cultivado una voz propia a través de la experiencia y el conocimiento.
Su última obra, 15 historias de amor y un libro en blanco (Renacimiento, 2026), hace acopio del que, desde hace años, es su género favorito, las biografías, y con ellas hace un recorrido por las relaciones sentimentales de grandes escritores.
Docta en palabras, esta sevillana de adopción habla sin tapujos del amor, del amar y de las relaciones. También de los fracasos -o no tan fracasos- del fin del sesgo romántico. Lo hace desde la comprensión, alejada del prejuicio, y respaldada por una portada elaborada por su sobrino y también escritor Javier Navarro, columnista de esta casa, que le ilustró una primera visión de su obra muy personal, tanto que recoge hasta un viaje de ambos a Nueva York.
Usted escribe: "Los libros nos dicen quienes fuimos y quienes hemos ido siendo". ¿También le ocurre con sus propios libros? ¿Se reconoce en los libros que ha escrito?
Me reconozco en la búsqueda. Cuando he escrito libros de no ficción, cuando escribí el libro de Juan Gila Boza o cuando escribo libros como este, que indagaban sobre la vida de los demás, me vuelvo a encontrar con la curiosidad. Sin embargo, los más personales, que son los libros de ficción, supongo que sí, que me reconozco cuando el alter ego en el que me he escrito me sigue interesando.
Hay algún cuento en el libro El ángel de la paz que sí retrata no tanto a mí, como a la que fui a finales de los 70, a principios de los 80. Fue un momento en el que yo me estaba construyendo, pero sobre todo se estaba construyendo este país.
Yo soy de esa generación que tuvo la fortuna, no exenta de dolor y de errores graves, de vivir un país en construcción justo cuando estaba dejando la adolescencia y empezando la juventud, que es cuando te construyes en tu autonomía. Tengo una relación muy emocional con la autonomía andaluza porque creo que Andalucía y yo conquistamos la autonomía al mismo tiempo. Yo me fui de mi casa, estaba en tercero de carrera y estaba construyendo mi autonomía.
Hay una generación que tiene una relación de mimetización con la construcción de la autonomía andaluza, y en eso sí me considero una afortunada. Por ello, en todo aquello que he escrito y que tiene que ver con esa época, sí me gusta volver a reconocerme.
¿Relee, por tanto, sus propios escritos?
Algún cuento he guardado, y he consultado cosas que tenían que ver con trabajos míos, pero apenas conservo nada. Mis padres eran quienes guardaban recortes y recuerdos; desde que murieron, casi no tengo artículos.
Creo que solo conservo el carné de la radio. Y es que la radio tiene algo bellísimo: lo efímero. Casi nada queda. En la prensa escrita, en cambio, cuando uno se ve en papel después de una entrevista, eso permanece, te lo agradecen toda la vida. En la radio todo se lo lleva el aire. Muchos solo reconocen tu voz y ni siquiera saben quién eres. Ese anonimato, a mí, me ha venido muy bien: ha sido una vacuna contra el ego inevitable de esta profesión.
La pregunta me recuerda una anécdota maravillosa con José Saramago. Durante muchos veranos coincidíamos en su casa de Lanzarote con nuestros hijos. Los niños tenían bastante prohibido entrar en el despacho donde él escribía. Un día, mi hija, que tendría ocho o nueve años y se llevaba muy bien con él, le preguntó: "José, ¿tú lees tus libros?". Él le contestó: "No, no mucho". Y ella respondió: "Ah, claro, si te sabes el final". Esa lógica tan limpia, tan de lectora, lo explicaba todo: ¿para qué vas a leer algo si ya sabes cómo termina?
Su trayectoria en el periodismo habla por sí sola. ¿Qué fue antes, su vocación por las letras o su pasión por contar historias?
Escribo desde muy pequeña: con diez u once años ya había hecho un cuento —seguramente cursi y hasta antidivorcista— que se llamaba Gloria. He leído mucho y empecé a escribir como consecuencia natural de esa lectura. Me imaginaba dando clase de literatura; quizá esa sea una vocación latente. Pero decidí ser periodista, aunque en mi casa pensaban que estudiaría Filosofía y Letras o Derecho. Cuando me matriculé en Periodismo y Políticas en la Complutense, a mi padre le pareció poco serio. Sin embargo, fue claramente una vocación de contar.
Dice que ser lectora es su profesión "imposible". ¿Qué le ha dado a usted la literatura?
La literatura me lo ha dado todo: los rincones ocultos e imaginados de la realidad, una vida más rica. Mi vocación imposible es ser lectora; leer es mi mundo, incluso para corregir a los amigos. Creo que hay dos cosas que dan sentido a la vida: la curiosidad y los afectos. Y la lectura es lo que calma esa curiosidad.
En su libro 15 historias de amor y un libro en blanco teoriza sobre el amor, el amar y las relaciones. No me ha quedado claro, ¿cree o no cree en las medias naranjas?
Estoy de acuerdo con el naranjo entero —ríe—. Creo que una de las grandes estafas, especialmente para las mujeres, ha sido la del príncipe azul y el amor eterno. Y una de las grandes estafas que nos impiden ser mejores personas es creer que hay un solo amor y una sola manera de amar.
Amar es complicidad, amistad, y, por desgracia, somos presos de algo que nos ha hecho mucho daño: expresiones como "fracaso sentimental". Cuando una relación cambia de sesgo, a lo mejor dejas de tener atracción sexual o dejas de vivir la vida como pareja o te apetecería vivir de otra manera, pero lo que no debería abandonarse es la solidaridad con el otro.
En ese sentido quería preguntarle. Escribe "la palabra ruptura lleva en sus letras el veneno del fracaso, como si siempre fuera un fracaso el fin del amor". ¿No lo es?
No, no, en absoluto. Veo un fracaso el fin del amar. Veo un fracaso durísimo convertirte en enemigo de la persona a la que tanto has querido. Es cierto que, a veces, si uno quiere dos sí se pelean, es decir, a veces tienes que defenderte porque no eres dueño del otro nunca.
Hay una cosa que he aprendido, y es precisamente esa: no eres dueño del otro nunca. Las personas cambiamos, a veces para bien, a veces nos adaptamos, a veces nos enriquecemos y, a veces, nos convertimos en peores personas; no sabemos quiénes somos hasta que las circunstancias no nos definen.
Pienso, que, a lo mejor, saber amar es saber poner punto y final. Otras, sin embargo, la mejor opción es poner eternos puntos suspensivos.
Tengo amigos de la infancia, y eso es una de las cosas que más alegría me da, casi como un regalo. Hemos cambiado mucho con el tiempo y no nos vemos a diario, porque vivimos en ciudades distintas, pero el afecto se mantiene. Estoy convencida de que a un amigo de la infancia podría llamarlo a las tres de la mañana en una situación de urgencia, y eso es una de las mejores cosas que pueden pasarte en la vida: saber que amar también es poder contar con alguien cuando tienes un problema.
Rosa Montero escribió Pasiones, sobre la historia de amor de los mayores dictadores de la historia; Laura Ferrero escribió El amor después del amor, sobre cómo el desamor ha sido el detonante de grandes obras de arte. Su libro habla sobre las historias de amor de grandes escritores. ¿Cómo de importante es escribirle al amor y a sus consecuencias?
El amor mueve el mundo. Nos remueve todo, nos puede convertir en los mejores y en los peores. Los grandes dramas los celos, la envidia,... Todo tiene que ver también con el amor y la posesión.
En su libro se pueden leer las historias de amor de Machado, Juan Ramón Jiménez, Gustavo Bécquer, María Teresa de León, Pardo Bazán... ¿Cuál es su historia favorita?
La de Emilia Pardo Bazán. Me ha fascinado su personalidad, sobre todo su alegría y su sentido del humor, y también la curiosidad que me despiertan algunos personajes de su entorno, como su marido, con quien mantuvo un acuerdo de vida bastante singular para la época. El hecho de que su marido le dejase libre; ese pacto según el cual ellos eran una familia y cada uno vivía su vida. Qué más amor hay que ese.
En un contexto en el que las mujeres apenas tenían autonomía, ella logró ser libre, rica y dueña de su propia vida, algo extraordinariamente moderno.
También me llama mucho la atención la carta en la que explica el lío que tuvo con Benito Pérez Galdós y José Lázaro Galdiano, porque refleja una forma de pensar y de relacionarse que resulta sorprendentemente contemporánea.
Para tratarse de un libro basado en biografías, juzga muy poco a sus personajes. ¿Por qué? ¿Cómo lo consigue?
Intento no juzgar a mis personajes porque tanto el periodismo como la literatura enseñan a ponerse en el lugar del otro. El buen periodismo, cuando se acerca a una realidad o a una persona sin prejuicios, busca comprender qué ha pasado antes de emitir un juicio, porque los prejuicios impiden entender la verdad.
Además, cada vez me preocupa más esa tendencia a convertirnos en jueces de todo. Las redes y el debate público fomentan esa mirada. A mí me atraen las redes porque todo lo vivo llama la atención, pero no me gusta esa dinámica de juzgar rápidamente.
Un ejemplo de esto es el libro Mil cosas que no te voy a decir, de Juan Tallón, que parte de un suceso que en los periódicos puede provocar escándalo y una reacción inmediata de culpabilidad hacia el protagonista. Sin embargo, el desarrollo del libro te hace comprender que incluso un hecho terrible puede llegar a ser entendible cuando se conoce el contexto.