El próximo otoño se cumplirán cuatro años desde que las periodistas del New York Times, Jodi Kantor y Megan Twohey, levantaron la alfombra de Hollywood dejando al descubierto décadas de abusos sexuales a las mujeres de su industria por parte de los que tenían (o se creían) con cierto poder. El caso Harvey Weinstein fue la chispa de la revolución feminista que se encendió con el movimiento #MeToo, un fuego que avivó la voz de centenares de mujeres, que sintieron que podían contar sus experiencias porque el mundo las estaba escuchando.

No fue hasta entonces cuando las vejaciones que las compañeras de profesión del cómico Louis C.K. llevaban años sufriendo tuvieron repercusión. Y como el del creador de Louie, muchos otros casos de una larga lista que está en permantente actualización. Mientras tanto, en España vivimos a la sombra de los logros del movimiento inernacional y celebramos como nuestros los necesarios cambios que se están produciendo en otras industrias.

La serie documental de Netflix Nevenka cumple un papel muy importante dándole voz a Nevenka Fernández y reconocimiento a su valentía, pero es la reconstrucción de unos hechos que ocurrieron hace 20 años, ¿dónde estamos ahora? Me gustaría pensar que si aquí no se levantado esa alfombra es porque no hay nada sucio bajo ella, pero las denuncias de hace unas semanas a las conductas del director Luis Maria Ferrandez o las experiencias de actrices como Leticia Dolera o Aitana Sánchez-Gijón, algunas de las pocas que se unieron en España al hashtag #MeToo en octubre de 2017, nos demuestran lo contrario. 

Keira Knightley no volverá a rodar desnudos dirigidos por hombres; Emilia Clarke dijo que hoy no rodaría algunas escenas del inicio de Juego de tronos; y Olivia Cooke, en una astuta combinación de compromiso personal y velada advertencia a los guionistas de House of Dragons, ha asegurado que la serie no cometerá los mismos errores de su predecesora en la representación de la violencia contra la mujer. Aquí seguimos sin señalar con nombre y apellidos a sus abusadores, porque a diferencia de lo ocurrido en Estados Unidos, las actrices y mujeres de la industria del cine y la televisión españoles siguen teniendo miedo de hablar, y a que después de revivir sus traumas las únicas perjudicadas sean ellas. 

Este texto no es un reclamo a que las supervivientes de abuso rompan su silencio; sabemos que solo podrán hablar públicamente de sus experiencias cuando se sientan seguras, y también sabemos que para algunas ese momento nunca llega. Pero ojalá en nuestro país las actrices y profesionales técnicas lleguen a sentir el clima social propicio para alzar la voz como lo han hecho tantas otras para denunciar abusos  o, simplemente, para exigir las condiciones laborales que merecen. Que nuestro #MeToo llegue pronto. Y que los medios de comunicación sepamos estar a la altura.