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A un lado de la carretera de Benzú, en Ceuta, está Mustafa. Nadie le rodea. Lleva puesta una gorra de color gris que lo protege de los últimos rayos del sol de verano y su mirada está fija en el asfalto, en donde aguarda a que un taxi pase disponible.

Lleva allí casi 30 minutos y no llama a uno porque el móvil no le funciona.

—Para, por favor —le dice a un conductor que va por la zona.

Said, que maneja desde hace menos de tres meses su taxi, frena y le pregunta hacia dónde se dirige.

—Voy para el CETI —comenta.

El trayecto dura al menos diez minutos. En ese lapso, Mustafa cuenta que atravesó desde Castillejos no por necesidad sino porque sus padres lo vieron como una opción para poder migrar hacia España.

—A mí en Marruecos no me hacía falta nada. Vengo de una buena familia y llevo casi dos meses en Ceuta, desde la avalancha —asegura.

Con ello se refiere a la entrada masiva de al menos 80.000 personas el pasado 30 de julio.

—No estoy resistiendo, pero mi familia pide que aguante porque ellos quieren que tenga papeles para que puedan emigrar. Yo no resisto porque he sufrido racismo y la soledad es muy dura —agrega.

Said mira a Mustafa por el espejo del vehículo. Él también es de Marruecos y vive allí, pero cruza legalmente la frontera todos los días para manejar su taxi.

—¿Y tu familia no te envía nada desde Marruecos? —le pregunta.

El joven, de 24 años, le confirma que sí. En ocasiones le mandan dinero por Western Union y él lo retira cerca del Puerto de Ceuta.

En otras ocasiones, su familia consigue a taxistas que deben cruzar la frontera diariamente y acuerdan un precio.

El inmigrante que fue transportado en el taxi de Said. GM

En gran medida, la vida de un ser humano puede resumirse en lo que lleva en su mochila cuando se marcha. En este caso, Mustafa no decidió su rumbo, lo hizo su familia.

Tampoco pudo escoger qué llevar ni el camino que debía tomar. Eso, de cierta forma, lo frustra.

Y como estrategia para que no regrese a Marruecos, su familia le envía cada semana o 15 días una nueva mochila con cosas que le recuerdan su hogar. La primera vez le enviaron su manta, algunas de sus camisas y también algo de comida imperecedera.

También venía una carta de su madre, en la que aseguraba que era la esperanza para su familia y sus hermanos pequeños.

Costo

En la mayoría de los casos, los taxistas que trabajan en Ceuta dejan el coche en la ciudad autónoma y cruzan caminando a Marruecos.

Said hace eso. Él tarda casi 40 minutos en llegar hasta su hogar. En su comunidad, que sabe que trabaja como taxista, lo han buscado decenas de familias para transportar artículos personales a quienes llegaron a Ceuta.

—Si tu familia lo necesita, puede contactarme. Yo cobro 15 euros por una mochila. Sé que hay otros taxistas que cobran 20 o 25 —le dice a Mustafa.

De lunes a sábado, el conductor de taxi lleva dos mochilas al día. Es decir que, semanalmente, cobra 180 euros en efectivo.

Entre tanto, Mustafa tiene el rostro cansado y está cerca de regresar a Marruecos sin decirle a su familia, pero sabe que si lo hiciera no contaría más con el apoyo de ellos.

Le asusta porque ha sido mantenido por ellos y ha tenido trabajos ocasionales, pero nada estable.

Said, por su parte, nota que el joven está por seguir sus deseos.

—Debes hacer caso a lo que digan tus padres y respetar sus decisiones. Si eso es lo que ellos quieren para ti, cúmplelo, es tu misión. Te están enviando todo lo que necesitas para que resistas —le dice mirándolo con seriedad.

El joven asiente sin pronunciar palabra. Unos segundos después le dice que su madre está próxima a enviarle una nueva maleta con artículos personales.

—¿Puedes darme tu número de móvil para que cuando tenga internet pueda enviárselo a mi madre? —le pregunta.

El conductor sonríe con picardía. Una parte de él sabe que lo ha conseguido.

En el fondo, sabe que a la mayoría de familias de Marruecos les resulta más fácil enviarles poco a poco a sus seres queridos que comprar toda una vida de cero.

También esos artículos personales son una especie de ancla. Conforme envían más a quienes están en Ceuta, les es más complicado retornar a Marruecos porque no serían capaces de deshacerse de aquello que les es preciado.

—Ver mis cosas me reconforta y me hace recordar por qué debo quedarme. Es duro, pero mis padres quieren que me quede hasta que me den asilo y así todos ellos puedan venir —concluye Mustafa.

Acto seguido, le estrecha la mano a Said, se baja del taxi y le promete que se verán nuevamente en unos días para la entrega de sus objetos personales.