La noche del 27 de septiembre de 2024, dieciocho días después de que la guerra estallara abiertamente en Culiacán, una camioneta apareció abandonada al sur de la ciudad. Alguien había escrito con pintura en uno de sus costados dos palabras que podían leerse desde la carretera: "Bienvenidos a Culiacán".
Dentro estaban los cadáveres de varios hombres. Jesús Verdugo, fotógrafo de Noroeste, llevaba años cubriendo la violencia en Sinaloa, pero recuerda aquello como el momento en que comprendió que lo que estaba comenzando no iba a parecerse a un tiroteo de una tarde, a uno de esos estallidos que paralizan durante unas horas una ciudad mexicana y luego dejan detrás casquillos, coches abandonados y una colección de vídeos verticales en los teléfonos.
"Fue ahí donde nos dimos cuenta de que esta guerra ya era una realidad y que iba para largo", recuerda. Una semana antes habían aparecido otros cinco cadáveres al sur de la ciudad, semidesnudos, torturados y con sombreros colocados sobre las cabezas.
Una camioneta con la pintada "Bienvenidos a Culiacán", abandonada con seis cuerpos en su interior el 27 de septiembre de 2024, semanas después del inicio de la guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa.
La guerra fue dejando después su propia señalética. Casas atravesadas por cientos de disparos. Restaurantes incendiados. Camionetas abandonadas. Cristales blindados rotos. Fachadas negras por el fuego. Coches convertidos en chatarra y amontonados en depósitos judiciales, algunos con agujeros del tamaño de un puño a la altura del conductor.
El 26 de noviembre de aquel año, cinco hombres aparecieron muertos frente a la Facultad de Agronomía de la Universidad Autónoma de Sinaloa, junto a la carretera que une Culiacán con Eldorado. Tenían entre 25 y 30 años, según los primeros reportes. Habían sido torturados y tiroteados.
En la fotografía tomada por José Betanzos Zárate, los cuerpos ocupan una parte pequeña del encuadre; alrededor hay peritos inclinados sobre ellos, agentes armados, patrullas de la Guardia Nacional, soldados, camionetas, fusiles apuntando hacia ningún sitio concreto.
El cielo está despejado. Es de día. Lo inquietante no es sólo que haya cinco cadáveres en el suelo, sino que todo lo demás parece continuar funcionando. Dos años después, ésa quizá sea la imagen más exacta de Sinaloa: no un territorio paralizado por la guerra, sino un territorio que ha aprendido a hacer casi todas las cosas mientras la guerra sucede.
No significa que se haya acostumbrado. "Muchas veces se habla de normalización o adaptación", dice Verdugo. "Yo creo que no existe como tal. Estamos viviendo a pesar de. No estamos acostumbrados, no estamos felices, no estamos adaptados. Simplemente estamos tratando de sobrevivir, seguir con nuestro trabajo, relaciones, escuelas, actividades en general a pesar de la violencia".
La ciudad herida
Culiacán tiene alrededor de un millón de habitantes y durante años consiguió convivir con una contradicción conocida pero difícil de explicar desde fuera. Era la capital de uno de los centros del narcotráfico más importantes del mundo y, al mismo tiempo, una ciudad que no vivía permanentemente bajo una violencia descontrolada.
Había capos, sicarios, halcones, casas de seguridad, lavado de dinero, puntos de venta, negocios financiados con capital de origen difícil de preguntar, policías comprados y familias cuyos apellidos podían pronunciarse en voz baja; pero existía también un orden, una forma criminal de estabilidad.
David Mora, investigador de International Crisis Group que ha pasado más de un año estudiando el conflicto sobre el terreno, recuerda que los grandes picos de violencia sinaloense de las últimas dos décadas se produjeron precisamente cuando el Cártel de Sinaloa se volvió contra sí mismo.
La ruptura de los Beltrán Leyva en 2008, la disputa de Dámaso López con los hijos de Joaquín El Chapo Guzmán en 2017 y, finalmente, la guerra que comenzó en septiembre de 2024 entre los Guzmán y los Zambada.
El Chapo escoltado por soldados en Ciudad de México en 2016.
Entre esos momentos había asesinatos y actividad criminal, pero una violencia más selectiva. El negocio necesitaba paz suficiente para seguir siendo negocio. Los traficantes no gobernaban formalmente la ciudad, pero habían construido sobre ella algo que Mora describe como un "emporio".
Enumera dinero circulando, restaurantes, comercios y un sector de bienes de lujo desproporcionado para una capital de su tamaño; incluso tiendas dedicadas a productos de marihuana y derivados que funcionaban, pese a su ilegalidad, con una apariencia próxima a los dispensarios legales de Estados Unidos.
Después llegó la guerra y aquello quedó escrito sobre los edificios. Mora utiliza una expresión precisa: "una arqueología de la violencia". Quien regresara hoy después de haber conocido el Culiacán anterior a septiembre de 2024 encontraría locales abandonados, comercios quemados, propiedades atacadas por pertenecer —o suponerse que pertenecían— a personas relacionadas con la facción enemiga y fachadas todavía agujereadas por las balas.
Efectivos del Ejército mexicano controlan el paso a una localidad de Sinaloa.
Al principio la ciudad reaccionó encerrándose. Octubre, noviembre, diciembre de 2024: después de las siete u ocho de la tarde apenas quedaba vida en las calles. No había un decreto que ordenara volver a casa. No hacía falta. Cada familia fijaba su propio toque de queda.
Los restaurantes empezaron poco a poco a estirar sus horarios, primero unos minutos, después alguna hora, y la ciudad fue recuperando fragmentos de sí misma sin regresar nunca del todo al punto anterior.
Verdugo calcula que, incluso ahora, la actividad pública y comercial termina generalmente alrededor de las siete de la tarde. "La vida nocturna se acabó", dice. Discotecas cerradas, fiestas suspendidas, menos conciertos, menos actos al aire libre. "Una ciudad que antes era muy vibrante quedó muy apagada".
La guerra ha producido además una nueva forma de mirar la ciudad. Verdugo la llama hipervigilancia. Los vecinos consultan grupos de WhatsApp antes de moverse; los periodistas transmiten los acontecimientos en directo porque la información ya no es sólo información, sino también una forma elemental de orientación: por dónde no ir, qué avenida evitar, dónde se escucharon disparos, qué carretera está cortada.
Antes se publicaba un tiroteo. Ahora, mientras ocurre, alguien necesita saber si puede recoger a su hijo del colegio sin entrar en ella. "La sociedad demanda información en tiempo real", explica. "Lo hace para evitar ciertos sectores, ciertas zonas de la ciudad, para no caer en fuego cruzado".
Los números permiten medir la extensión de algo que la vida cotidiana cuenta mejor. El registro que mantiene Noroeste, elaborado a partir de información oficial, colectivos de búsqueda y trabajo periodístico propio, contabilizaba hasta el 15 de septiembre de 2026 3.864 homicidios dolosos, 4.408 personas privadas de la libertad y 12.495 vehículos robados desde el inicio de la crisis, el 9 de septiembre de 2024.
Son más de cinco asesinatos y unos 17 coches robados por día durante dos años. El recuento no significa que cada homicidio, desaparición o robo pueda atribuirse directamente a Los Chapitos o Los Mayos; significa algo más sencillo: eso es lo que le ocurrió a Sinaloa mientras ellos hacían la guerra.
La traición
El origen inmediato está a cientos de kilómetros de Culiacán, en una pista de Nuevo México. El 25 de julio de 2024 una avioneta aterrizó en el aeropuerto de Santa Teresa, cerca de la frontera.
De ella bajaron dos hombres cuya presencia conjunta resultaba casi incomprensible: Joaquín Guzmán López, uno de los hijos de El Chapo, e Ismael El Mayo Zambada, socio histórico de su padre, fundador del Cártel de Sinaloa y uno de los narcotraficantes que durante más tiempo había conseguido permanecer fuera de una prisión.
Agentes estadounidenses los esperaban. Zambada llevaba décadas huyendo de ellos. Al principio las circunstancias fueron confusas. Después, El Mayo contó que no había ido voluntariamente.
Dijo que Guzmán López lo había convocado con el pretexto de participar en una reunión en Sinaloa, que había sido reducido por hombres armados, encapuchado y transportado hasta una pista clandestina antes de ser subido por la fuerza al avión.
Ismael 'El Mayo' Zambada, líder y fundador del Cártel de Sinaloa.
En diciembre de 2025, cuando Joaquín Guzmán López se declaró culpable ante la justicia estadounidense, admitió haber coordinado un secuestro internacional con la intención de obtener posteriormente algún beneficio por cooperación; el Departamento de Justicia dejó expresamente establecido que Estados Unidos no había inducido ni autorizado aquella operación.
La emboscada no inventó la rivalidad. Más bien la liberó. Mora sitúa las primeras fricciones visibles años antes. Ya desde alrededor de 2019, estructuras relacionadas con ambas familias se estaban enfrentando a través de grupos subsidiarios en otros territorios.
En Baja California, por ejemplo, Los Ninis, vinculados con Los Chapitos, y Los Rusos, asociados con los Zambada, disputaban espacios fundamentales para el negocio en Tijuana.
La inteligencia militar mexicana había documentado esas tensiones antes de que El Mayo acabara en un avión rumbo a Estados Unidos. "Lo que hizo la emboscada y la traición al Mayo Zambada fue detonar la confrontación directa", explica Mora. "Y también explica por qué es una violencia tan vengativa, con tanta saña. Hubo una traición directa de una familia a otra".
Durante décadas, el llamado Cártel de Sinaloa nunca funcionó exactamente como podría imaginarse una organización donde un presidente da órdenes desde arriba y todos los demás obedecen.
Fue más bien una confederación flexible de familias, socios, jefes regionales y operadores que compartían negocios y enemigos cuando era conveniente y conservaban una enorme autonomía cuando dejaba de serlo.
Su fuerza estaba también ahí: en sobrevivir a detenciones, muertes y escisiones sin que desapareciera el sistema completo. La extradición de El Chapo dejó mayor espacio a sus hijos. El Mayo conservó su propia estructura. Durante años coexistieron. El secuestro de 2024 convirtió aquella convivencia llena de fricciones en una deuda de sangre.
Pero el 9 de septiembre los dos lados comenzaron a enfrentarse abiertamente. Y la fecha se convirtió en una frontera en la memoria sinaloense.
El patio trasero
Los Chapitos partían con una ventaja formidable: Culiacán era su territorio. No sólo en el sentido de tener hombres armados o casas de seguridad. Mora describe algo bastante más parecido a una infraestructura paralela de vigilancia y poder. La facción había conseguido disponer de cámaras con las que observar movimientos de la ciudad y mantener bajo su influencia a policías locales.
Durante los dos años de guerra, dice, se han desmantelado cientos de dispositivos de vigilancia y más de 200 integrantes de la Policía Municipal de Culiacán llegaron a ser suspendidos o separados tras no superar controles de confianza.
Mora sostiene que el aparato criminal había alcanzado un grado extraordinario de penetración dentro de la corporación. Ésa era, dice, "la joya de la corona". Ya no. El trabajo de campo de International Crisis Group concluye que Los Mayos han conseguido ampliar su presencia en Culiacán, sus alrededores y otros puntos del centro y el sur del estado, mientras Los Chapitos han perdido posiciones que antes parecían difícilmente discutibles.
La investigación identifica, sin embargo, un escenario inestable: hablar de territorios "ganados" y "perdidos" sólo sirve como fotografía momentánea porque las células regresan, atacan, pactan y vuelven a disputar lugares de los que parecían expulsadas. El sur, y especialmente la zona de Mazatlán, continúa siendo uno de los espacios de confrontación.
La guerra, además, ya no puede explicarse con dos colores sobre un mapa. Los Chapitos de un lado. Los Mayos del otro. Crisis Group identifica al menos cuatro grandes estructuras procedentes del universo criminal sinaloense y más de veinte células o grupos menores que mantienen grados distintos de autonomía.
En el norte opera la estructura asociada a Fausto Isidro Meza Flores, El Chapo Isidro, heredera de parte del viejo entramado de los Beltrán Leyva; está también Aureliano Guzmán Loera, El Guano, hermano de El Chapo; aparecen clanes llegados de estados vecinos, grupos locales, células ligadas a unos y otros.
Las alianzas cambian. Los enemigos de ayer pueden necesitarse mañana. "Hablar de un cártel en Sinaloa ya es muy alejado de lo que vemos en terreno", dice Mora. "Son muchos grupos criminales".
La paradoja consiste en que la guerra que debía decidir quién heredaba el poder puede estar destruyendo precisamente aquello que se pretendía heredar.
Un convoy del Ejército mexicano patrulla las calles de Culiacán después de la detención de Guzmán.
Otra guerra
En Culiacán ya no se ven con la misma frecuencia los grandes convoyes de camionetas llenas de hombres armados disparando por las avenidas. Es uno de los resultados que el Gobierno federal presenta como avance de su estrategia y Mora reconoce esa transformación.
Pero que una violencia deje de verse de una forma no significa que haya desaparecido. Ha cambiado de geografía. "Culiacán es una ciudad militarizada", dice Mora. Describe la escena cotidiana: conducir unas calles y encontrarse seis o siete camiones militares, varios soldados completamente armados sobre cada uno; doblar y hallar otro convoy; continuar y cruzarse con elementos de otra corporación federal.
Ejército, Marina, Guardia Nacional, fuerzas federales. Muy pocas capitales mexicanas muestran una presencia comparable. Esa acumulación de hombres y armas tiene un efecto disuasorio evidente y ayuda a explicar por qué los grandes enfrentamientos urbanos son hoy menos frecuentes. El problema es que los soldados no pueden estar en todas partes.
Un camión arde en una calle de Culiacán, estado de Sinaloa, México, el 17 de octubre de 2019.
Cuando la presión aumentó en Culiacán, el frente se movió. Mazatlán. Escuinapa. Concordia. La sierra. La frontera con Durango. Allí aparecen ahora otra clase de imágenes: explosivos lanzados desde drones, ataques contra comunidades, caminos abandonados, familias que dejaron sus casas.
En septiembre, ante el empeoramiento de la situación en Mazatlán y el sur del estado, las autoridades federales enviaron nuevos contingentes a la zona; el Gobierno había desplegado miles de efectivos para proteger especialmente los centros urbanos y turísticos.
Mora ha hablado con familias que vivían seis o siete horas dentro de la sierra y que aseguran haber soportado durante días el sonido de explosiones sin ver un solo soldado. "Bombazos día y noche", dice.
La estrategia concentra presencia federal donde se encuentran los principales núcleos de población y actividad económica. El resultado es una calma relativa en determinados espacios y una guerra mucho menos visible en otros.
Gobernador de Sinaloa frente a los enfrentamientos.
No es una abstracción. En Escuinapa, cuenta Mora, maestras preguntaron a alumnos de tercero de primaria qué era lo que más miedo les producía. Eran niños de seis o siete años. Algunos dibujaron drones soltando bombas.
No un monstruo debajo de la cama. Un dron. "Ya identifican qué es un dron, qué es un bombazo, cómo suena", explica Mora.
En las familias desplazadas, añade, cualquier zumbido puede convertirse después en un mecanismo de memoria: un avión que cruza el cielo, un motor, un sonido que durante una fracción de segundo se parece demasiado a otro.
La guerra tiene también combatientes de esa edad, o apenas mayores. Mora ha observado vídeos de enfrentamientos en los que aparecen adolescentes que parecen no tener más de 15 años, algunos llegados desde estados muy alejados de Sinaloa.
La forma en que hablan, el empleo de palabras en lenguas indígenas y los testimonios recogidos sobre el terreno apuntan, según el investigador, a redes de reclutamiento extendidas a lugares como Guerrero u Oaxaca.
Jóvenes trasladados a cientos de kilómetros para una guerra que no nació en sus pueblos y que probablemente tampoco entienden del todo. Si sobreviven, dice Mora, quedará después la pregunta de cómo sacar de la guerra a una generación que aprendió a convertirse en adulta dentro de ella.
Los que mandan
La guerra ha ido devorando también a quienes debían dirigirla. Ovidio Guzmán López, uno de los cuatro hijos de El Chapo asociados a Los Chapitos, se declaró culpable en Chicago en julio de 2025 de delitos federales relacionados con narcotráfico.
Joaquín Guzmán López hizo lo mismo en diciembre y admitió además su participación en el secuestro internacional relacionado con la entrega de Zambada. Los otros dos hermanos, Iván Archivaldo Guzmán Salazar y Jesús Alfredo Guzmán Salazar, permanecen prófugos y afrontan cargos en Estados Unidos, que mantiene recompensas millonarias por información que permita detenerlos. Las acusaciones contra ambos siguen pendientes de juicio.
El Mayo, mientras tanto, ya conoce el final de su propia historia judicial. En agosto de 2025 se declaró culpable en Nueva York. El 20 de julio de 2026, casi dos años después de aquel vuelo desde Sinaloa, fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional y a un decomiso de 15.000 millones de dólares.
Durante casi cuatro décadas había sobrevivido a enemigos, aliados, presidentes mexicanos, agencias estadounidenses y generaciones enteras de narcotraficantes. Ahora está condenado a morir en una cárcel de Estados Unidos.
En Sinaloa, la guerra provocada por su salida continúa. Y ésa puede ser una de las claves de por qué resulta tan difícil terminarla: ya no depende exclusivamente de los hombres que la comenzaron.
El Estado dentro
Hay otra guerra más silenciosa, menos fotogénica y quizás más difícil de resolver que la de los convoyes. Es la que atraviesa las instituciones. Verdugo señala que el aspecto que con frecuencia queda fuera cuando la historia se cuenta únicamente como un enfrentamiento entre familias criminales es precisamente la profundidad con la que el narcotráfico ha penetrado en estructuras políticas y policiales.
"Gran parte de la culpa de que el narcotráfico esté tan impregnado en la cultura sinaloense y en la sociedad es la permisividad del Gobierno y la corrupción", sostiene.
En abril de 2026, la Fiscalía federal del Distrito Sur de Nueva York acusó al entonces gobernador Rubén Rocha Moya y a otros nueve funcionarios y exfuncionarios sinaloenses de delitos relacionados con narcotráfico y armas.
Rubén Rocha en Culiacán, el 21 de agosto
La acusación estadounidense sostiene que determinadas autoridades habrían protegido a integrantes de Los Chapitos, filtrado información y utilizado cuerpos policiales para favorecer operaciones criminales.
Son acusaciones no probadas en juicio. Rocha rechazó categóricamente los señalamientos y la presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó públicamente las pruebas aportadas por Estados Unidos, defendió que cualquier procedimiento debía realizarse conforme a la legislación mexicana y sostuvo que no permitiría una injerencia extranjera.
Mora no limita el problema a ese caso. Habla de municipios donde las fuerzas locales han quedado vinculadas, según investigaciones y testimonios recogidos por Crisis Group, con uno u otro grupo criminal.
Pone un ejemplo: una Policía Municipal controlada por una facción puede convertirse en objetivo militar de la facción contraria. Entonces una institución que debería separar a los civiles de la guerra deja de estar fuera de la guerra. Pasa a formar parte del campo de batalla.
Crisis Group considera que el Gobierno federal ha logrado disminuir determinados enfrentamientos de gran escala, pero advierte de que una estrategia basada esencialmente en despliegues militares tiene límites y no sustituye a investigaciones financieras, judiciales y anticorrupción capaces de desmontar las redes que permiten a las organizaciones sobrevivir.
Rocha junto a jefes militares el 9 de septiembre de 2024.
El Gobierno de Sheinbaum, por su parte, ha defendido el aumento de operaciones, detenciones y decomisos y sostiene que la presión estatal ha debilitado a las facciones. Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo: menos convoyes disparando en una avenida no significa necesariamente menos poder criminal en el conjunto del territorio.
Mora lo expresa de otra manera. Un grupo podría terminar imponiéndose sobre otro y con ello reducirse la violencia visible. Eso no equivaldría a resolver el problema. Podría significar sencillamente que un nuevo actor consiguió monopolizarlo.
Una industria
Hay una última paradoja. Casi cuatro mil muertos. Miles de personas privadas de libertad. Miles de detenidos. Jefes capturados. Laboratorios destruidos. Miles de soldados en las calles. Un fundador del cártel condenado a perpetuidad y dos hijos de El Chapo bajo custodia estadounidense.
Y la droga sigue llegando. El fentanilo convirtió además el negocio en una actividad particularmente resistente. No requiere grandes extensiones de tierra como la marihuana ni campos de amapola visibles desde el cielo.
Necesita químicos, espacios relativamente pequeños y redes capaces de mover precursores, producir, transportar y distribuir. El estudio de Crisis Group concluye que ni el enfrentamiento interno ni la intensificación de la campaña antidroga han generado hasta ahora una ruptura comparable en la disponibilidad del opioide; los mercados ilícitos han demostrado una capacidad notable para sustituir hombres y rutas.
Volver de noche
El 15 de septiembre de 2026 Culiacán volvió a celebrar públicamente el Grito de Independencia después de dos años de suspensiones provocadas por la violencia. Las autoridades quisieron presentar la recuperación de las fiestas como la recuperación del espacio público.
Hubo seguridad, música, banderas, puestos. Pero llegó menos gente de la esperada. El acto comenzó antes de la hora habitual y, según periodistas presentes y el relato que Mora recibió de colegas locales, una parte importante de quienes acudieron pertenecía a la propia Administración.
Cuando todavía no era demasiado tarde, la plaza ya comenzaba a vaciarse. Quizás no haya escena mejor para explicar estos dos años. El Gobierno podía ordenar que el Grito regresara. No podía ordenar que regresara la confianza.
La ciudad hizo lo que lleva haciendo desde septiembre de 2024: salió, miró alrededor y calculó hasta qué hora podía quedarse. La guerra que comenzó con una traición entre dos familias ha terminado entrando en espacios que ninguna de ellas controla por completo.
Entró incluso en la forma de medir el tiempo. Antes de la guerra. Después de la guerra. Antes de las siete. Después de las siete.
Varias personas participan en una marcha por la paz denominada «Sinaloa, levántate», organizada por familiares de las víctimas y colectivos de la sociedad civil en medio de la violencia reinante, en Culiacán (México), el 13 de septiembre de 2026.
Verdugo sigue saliendo con su cámara. Ha estado en operativos, detenciones, escenarios de asesinatos y ocasiones en las que el fuego quedaba demasiado cerca. Dos años después dice que los habitantes de Culiacán no han aprendido a vivir con aquello. Han aprendido algo distinto: a continuar mientras sucede.
Tal vez por eso, cuando se le pregunta cuál es la equivocación más habitual de quienes miran Sinaloa desde fuera, Mora no habla primero de Los Chapitos ni de Los Mayos. Habla del modo en que miramos.
Un tiroteo devuelve Sinaloa durante unas horas a las noticias. Un capo detenido la devuelve. Un coche bomba. Diez cadáveres. Un dron. Después el ciclo informativo continúa hacia otro lugar.
Y ahí, dice, está el error. "Nos estamos acostumbrando a ver Sinaloa de forma episódica. De vez en cuando llega al ciclo de noticias por uno u otro evento y, por enfocarnos en el árbol, perdemos el bosque".
El bosque es que llevan dos años. Dos años ininterrumpidos que aún no se han acabado.
