"Me han arrancado a mi mejor amigo". Un año después de perder a Juan, Silvia Guerrero sigue intentando acostumbrarse a una ausencia que no sabe cómo llenar.
Su hijo Juan tenía sólo 18 años cuando la madrugada del 21 de agosto de 2025 salió de su casa en Tárrega (Lleida) para acompañar a unos amigos y terminó asesinado tras varias puñaladas en el pecho por un excompañero de su instituto.
La sentencia, a la que ha tenido acceso EL ESPAÑOL, recoge que un menor de 17 años lo esperaba escondido tras la puerta de un aparcamiento para terminar asestándole tres cuchilladas: dos de ellas alcanzaron "el tórax" y una penetró "más de 15 centímetros" hasta atravesarle "el ventrículo derecho del corazón".
Silvia Guerrero, junto a su hijo Juan, fallecido a los 18 años en agosto de 2025.
Ahora, el joven condenado, que ya es mayor de edad, cumplirá seis años de internamiento en régimen cerrado y dos de libertad vigilada.
Para Silvia, la sentencia no ha cerrado el dolor ni la indignación. La ha empujado a redoblar una batalla que comenzó pocos meses después de la muerte de su hijo: pedir el endurecimiento de la Ley del Menor.
Su campaña suma ya más de 99.000 firmas y la ha llevado hasta el Congreso junto a otras familias.
"Para mi hijo ya no llegamos a tiempo, pero no podemos quedarnos así", insiste. Quiere que la ley cambie antes de que otra familia tenga que aprender, como ella, a vivir con una ausencia.
Sueños por cumplir
"Mi rubio...", comienza Silvia. Habla de Juan así, como si todavía pudiera verlo entrar por la puerta. Con su metro noventa y su sonrisa; impregnando la entrada de su casa con su colonia, la misma que usa ahora ella para no olvidar su olor.
Juan tenía 18 años y por aquel entonces todavía estaba estrenando la vida. Le gustaba escribir, dibujar y pintar, montar en moto, leer libros de autoayuda, escuchar rap y salir con sus amigos.
Y, como todos los chavales de su edad, tenía muchos sueños por cumplir. "Juanito", como lo llama su madre, quería independizarse, viajar, ser padre algún día y entrar en la Academia Militar.
Aunque acababa de cumplir la mayoría de edad, Juan ya empezaba a mirar la vida con la seriedad de quien sabe hacia dónde quiere ir. Había estudiado electricidad, había hecho prácticas y había conseguido quedarse en la empresa donde había trabajado.
"Era de los que se hacía querer sin proponérselo", añade Silvia. Durante un tiempo trabajó en su bar como camarero y recuerda cómo los niños del pueblo iban a buscarlo para jugar. Juan disfrutaba con los pequeños de la misma forma que lo hacía con sus hermanos.
Juan, de 18 años, fue asesinado en Tàrrega (Lleida) el 21 de agosto de 2025.
Era, además, un joven que no toleraba las injusticias. "Si algo no le parecía bien, intervenía. Si él creía que podía ayudar, no vacilaba", explica Silvia.
Esa noche tampoco dudó en bajar a ayudar a sus amigos. No salió preparado para enfrentarse a una pelea. "¿Qué clase de chaval de 18 años baja a pelearse en chanclas?", se pregunta todavía Silvia.
"Si el que hubiera muerto hubiera sido un amigo de Juan, él estaría luchando por hacer justicia. No puedo hacerlo de otra manera, siento que si no peleo, le estoy fallando", explica Silvia en conversación telefónica con este periódico.
Silvia y Juan se parecían, en el carácter y en la sonrisa. "Sólo necesitábamos mirarnos para saber lo que queríamos el uno del otro", dice. Por eso, Silvia dice no haber perdido sólo un hijo, sino a su "mejor amigo".
"Vámonos de aquí"
Juan y el menor que acabó condenado por su muerte se conocían del instituto de Tárrega.
Tenían edades parecidas —Juan había cumplido 18 y el asesino tenía 17— y habían coincidido en el centro educativo.
No existía, explica, ningún enfrentamiento previo entre ellos.
El origen de aquella noche estaba en una discusión entre dos familias por una cuestión económica, alrededor de 100 euros.
Durante la tarde, la tensión fue aumentando y, ya de noche, la hermana de una de las amigas de Juan, que estaba embarazada, llamó para decir que llevaban horas molestándolas. Juan bajó con dos amigos para ver qué ocurría.
"¿Qué clase de chaval saldría a pelearse en chanclas?", se pregunta todavía Silvia.
Al llegar, un coche intentó atropellarlos. Los tres echaron a correr y terminaron entrando en el aparcamiento de un edificio. La puerta se cerró detrás de ellos.
Juan entendió entonces que tenían que marcharse. "Vámonos de aquí, que la cosa se está poniendo fea y no va con nosotros", les dijo a sus amigos.
Pero al otro lado de aquella puerta había alguien esperándolo. La sentencia describe que el menor "cogió dos cuchillos", uno en cada mano, salió de su domicilio y se dirigió al aparcamiento, donde quedó "esperando detrás de la puerta que conecta el parquin con el vestíbulo del edificio".
Cuando Juan abrió la puerta, el menor actuó "sin que Juan tuviera tiempo de reaccionar".
Le asestó tres puñaladas: una en el antebrazo y dos en el tórax. Una de estas últimas "penetra profundamente aproximadamente más de 15 centímetros", alcanzando "el corazón con entrada en ventrículo derecho y salida por cara inferior cardiaca". La misma herida alcanzó también el diafragma y el hígado.
Las heridas le provocaron "a los pocos minutos una parada cardiorrespiratoria".
Su madre, Silvia, no lo supo entonces. A la mañana siguiente abrió Instagram y encontró la noticia de un joven apuñalado en Tàrrega.
Estuvo a punto de mandarle la noticia a Juan para preguntarle si conocía al chico. "Creía que Juan se encontraba trabajando como cada mañana y fui a enviarle la publicación porque como los jóvenes se conocen todos...", recuerda.
No llegó a hacerlo. Su hijo mayor le preguntó entonces: "Mamá, ¿has hablado con Juan? Algo ha tenido que pasar, mamá. Me ha llamado un amigo suyo".
Salieron hacia el hospital donde les dijeron que lo estaban operando aunque la sentencia sitúa su fallecimiento rte a las 3.59 horas de aquella madrugada.
Cuando pidió verlo, le dijeron que ya lo habían trasladado para practicarle la autopsia. Todavía tardaría 38 horas en ver a su hijo.
"No soy un caso aislado"
Silvia sigue preguntándose por qué nadie fue a buscarla. Dice que la ambulancia permaneció tres horas en Tàrrega. Tres horas en las que, entiende, alguien podría haber recorrido la distancia hasta su casa.
"En tres horas alguien me podría haber avisado" No habría cambiado la vida de Juan, lo sabe, pero "al menos estás en el hospital; estás más cerca".
Desde entonces, cada día 21 vuelve a esa noche. "Estoy despierta toda la noche porque mi cuerpo me recuerda que esa noche dormí y no debo de dormir".
La sentencia tampoco ha servido para que Silvia cierre la historia. Al contrario. El fallo establece para el joven que mató a Juan, que tenía 17 años cuando cometió el homicidio, seis años de internamiento en régimen cerrado y otros dos años de libertad vigilada.
Además, se le abona para el cumplimiento de la medida todo el tiempo que ya pasó bajo medidas cautelares.
Para Silvia, esa condena es precisamente la prueba de que hay algo que debe cambiar. "La sentencia me sentó como una patada en el culo y me resultó irrisoria", dice.
No entiende que, después de haber matado a su hijo, la respuesta sea una medida de internamiento en un centro de menores y no una pena de prisión. El día de la sentencia, además, vio llegar al condenado "tranquilo", "a pie", "sin escolta" y "sin coche policial".
Aquella imagen terminó de avivar su indignación.
La campaña que había comenzado dos meses después de la muerte de Juan ha ido creciendo desde entonces. Silvia abrió en octubre de 2025 una petición en Change.org y empezó a recoger firmas con la idea de reclamar una reforma de la Ley del Menor para los delitos más graves. Hoy, el contador alcanza más de 99.200 apoyos.
Junto a otras familias que han perdido a sus hijos en circunstancias similares, llevó las firmas al Congreso y se reunió con representantes de los principales partidos.
"No soy un caso aislado. Somos muchas familias las que hemos sufrido la muerte de una persona en manos de un menor de edad", expresa.
Su petición ya ha llegado al Congreso. Silvia cuenta que el PP le trasladó su compromiso de impulsar una modificación de la ley, mientras que el PSOE no adquirió ese compromiso.
Ella insiste en que no quiere que la reivindicación quede en una promesa política. "Queremos un partido que la exponga y que los demás voten a favor".
Seguir recogiendo firmas se ha convertido así en otra forma de estar cerca de Juan.
"No le puedo fallar", explica. Por eso, aunque reconoce que el cansancio y el dolor siguen ahí, mantiene abierta la campaña y que sólo cerrará, explica, cuando vea ese cambio.
