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Cae la noche y las calles de Ceuta sufre su transformación habitual. En vez de alicaer, empieza a cobrar vida y las calles se llenan de gente. Algo que ocurre especialmente en las barriadas de la periferia de mayoría musulmana donde esas horas son su momento de reunión.

Son pasadas las 21.00h y la patrulla de Unidad de Intervención Rápida (UIR) de la Policía Local de Ceuta está ya preparada en el furgón para salir con su patrulla habitual de cada noche. El primer destino es El Príncipe, uno de los barrios más peligrosos y con más delincuencia de España, donde "nadie se atreve a entrar".

Este barrio forma parte de la rutina de los seis agentes de la UIR que combaten el delito cada día dentro de la barriada. A ellos no se les pone nada de por medio y entran "hasta dentro, hasta el corazón" del barrio.

Desde la invasión del pasado mes de julio, dentro de El Príncipe hay cientos de inmigrantes ilegales viviendo en las calles o en los coches abandonados en el barrio.

Ahora más que nunca esta unidad de la policía no duda en entrar al barrio para mantener la seguridad y tener la zona controlada. A esta barriada "nadie se atreve a entrar, vamos nosotros", cuentan entre bromas los agentes al tiempo que van acercándose a las inmediaciones.

Conocen bien la zona y los vecinos también a ellos. De hecho, con algunos tienen "buena relación y contacto" después de años de trabajo persiguiendo a los delincuentes y mafias de la barriada.

Ya desde la parte baja que da acceso al barrio, en la cuesta, las miradas de los vecinos empiezan a clavarse en el furgón policial que no pasa desapercibido.

Su presencia incomoda en el barrio -lo mismo que ocurriría con cualquier otro cuerpo policial-, aunque es cierto que hay un respeto "ganado con los años" y pueden entrar a patrullar sin mayores incidentes.

Adentrarse en esas calles de Ceuta es toda una incógnita, ni los propios policías saben qué pueden encontrarse dentro cada vez que suben.

En el furgón siempre que van a estas barriadas llevan material antidisturbios, cascos y escudos por "si hay que intervenir" en algún momento. Lo que relatan es que todo "puede cambiar de un momento a otro" y no se sabe cuándo va a tocar actuar.

Este es uno de los barrios -sino el más- peligroso de España donde la delincuencia está a la orden del día. El tráfico de drogas, la posesión de armas o tiroteos entre las bandas o vecinos de la barriada forman parte de la idiosincrasia del barrio.

Sus callejuelas llenas de recovecos evocan a Marruecos por ese entramado laberíntico que las conforma. Dentro cuentan con un zoco, teterías y edificaciones con colores vibrantes que mantienen esa esencia.

A pesar de caer la noche, las calles están abarrotadas de gente. Los vecinos caminan de un lado a otro por la acera. Los niños juegan en las calles y algunos ultiman las compras del día en los pequeños comercios locales ubicados en los bajos de las casas.

Uno de los primeros locales es el cafetín, cuenta con una bandera de Palestina pegada a la televisión, donde se aglutinan decenas de musulmanes ceutíes que disfrutan de un partido de fútbol.

Pronto, uno de los vecinos irrumpe circulando con un niño en la moto.

- "¡Por favor, baja al niño! ¡No puedes llevarlo así, en la moto y sin casco!", regañan a uno de los vecinos del barrio.

- "Voy a casa, tranquilos, ya lo bajo", replica el hombre.

Después de este pequeño incidente que no va a más, continúan con su ronda por las callejuelas llenas de vida.

De pronto, el furgón se para en seco, se abren las puertas y dos miembros de la UIR se bajan. Es la primera intervención sobre el terreno. Van sin ningún tipo de material, a cuerpo. Tan solo llevan con ellos el chaleco antibalas y las armas reglamentarias, pero sin sacar mayor protección.

Después de disipar a dos vecinos de las callejuelas, los agentes vuelven a subirse al furgón y continúan su trayecto.

En apenas unos minutos, después de pasar un bar lleno de hombres sentados en la calle, al final de la calle aparecemos en el corazón de la barriada. Se trata de la plaza o el zoco como ellos lo llaman.

Decenas de marroquíes clavan sus ojos en los policías, no se pierden detalle y miran con cierto recelo e inquietud, aunque ninguno se atreve a hacer nada contra la policía.

Se trata de "los invasores que entraron a Ceuta", ninguno de los ahí congregados "es del barrio".

-"Hombre, ¿qué tal?¿cómo vais?", saluda efusivamente uno de los vecinos musulmanes de El Príncipe a la patrulla.

Enseguida entablan conversación y se nota cierto aprecio hacia el grupo de policías que cada noche se pasan por el barrio.

Algo que resulta especialmente llamativo, el respeto con el que generalmente les tratan porque este lugar no es fácil para transitarlo y, todavía menos, para trabajar combatiendo el delito y el crimen como policías.

La vida de la barriada está marcada por unas altas tasas de desempleo, marginalidad y economía sumergida.

Estos agentes realizan batidas en el zoco "para luchar contra el menudeo", también tratan de incautar armas o acuden cuando hay vehículos o contenedores ardiendo. Una práctica que resulta habitual en esta parte de Ceuta. Hace tan solo unas semanas varios coches se calcinaron dentro del barrio y todavía continúan a la luz del día.

Todos estos ingredientes hacen de este lugar un sitio hostil para cualquier persona ajena al barrio. Los propios vecinos tratan de proteger la vida dentro e impedir de cualquier forma la entrada de gente que no es de la zona. A ellos "no les gusta que nadie entre y mucho haga fotos o husmee". Según relatan, esto puede provocar que "te agredan o te lancen piedras para que te vayas".

Pero ahora se da la paradoja de que conviven con cientos de inmigrantes que no son del barrio. Los invasores están por todas las callejuelas dispuestos.

Conviven con los musulmanes ceutíes desde hace dos meses y tratan de "buscarse la vida" como pueden.

Ahora han empezado a proliferar actividades ilegales en esta barriada -como en otras- donde proliferan estos negocios.

En el barrio hay de todo, desde mecánicos a peluqueros o albañiles que están levantando construcciones y que pueden verse a simple vista con una batida en el barrio.

Después de dar la primera vuelta al barrio, empieza a sonar encima del furgón un golpe detrás de otro. Los agentes se miran como si estuviesen acostumbrados a ese sonido.

En una barandilla en la parte de arriba, un niño lanza piedras contra el vehículo.

Enseguida el policía al mando de la unidad conecta la megafonía y se dirige a este menor para que deje de lanzarles piedras. Al instante, la madre le reprende y el episodio queda en una anécdota.

Esto no siempre es así. Los policías relatan cómo en otras ocasiones han tenido que trasladarse a la zona para intervenir tras tiroteos entre bandas o vecinos del barrio. También han estado presentes en operaciones de entrada a viviendas o de tráfico de drogas o armas.

"Hace poco se quemaron varios coches aquí en El Príncipe y tuvimos que intervenir", explican. Unos coches que pueden verse totalmente calcinados en una explanada donde se mantienen intactos desde el suceso.

Con la invasión han tenido que intervenir para mantener un mínimo orden dentro de la barriada. Cuentan que estuvieron retirando restos de asentamientos y de enseres de los propios inmigrantes ilegales que habían ido dejando en los parques infantiles del barrio donde no acuden los propios niños. También han quitado residuos de las rotondas donde permanecen tumbados y acampan encima.

Antes de producirse la salida de este barrio después de realizar una ronda como patrulla, paran en la puerta del Fuerte del Príncipe Alfonso, una fortificación militar del siglo XIX para la defensa de la ciudad.

La puerta azul está reventada y el foso que rodea este fuerte está lleno de sillas, maderas, palos, telas y basuras que "utilizan para protegerse por la noche y dormir dentro", explican.

Tras una vuelta de reconocimiento a la zona, los agentes vuelven a montarse en el furgón para continuar con su labor de patrulla el resto de la noche.

Ahora toca pasar por otras barriadas aledañas como Los Rosales o Sidi Embarek. El destino final: la playa del Trampolín. Otro de los puntos calientes de la ciudad desde la invasión, donde las noches pasan a convertirse en auténticas batallas campales.