Durante el día, el campamento del Puerto de Ceuta, que alberga a 1.700 personas, suele estar en calma. La mayoría de los migrantes, tras pasar el mediodía, esperan a que les entreguen una bolsa que contiene varios alimentos.
Cuando las reciben, algunos de ellos buscan un rincón apartado o con sombra que los proteja del sol al comer. Pero otros emprenden un camino de 30 minutos hasta la playa del Trampolín, donde saben que podrán vender algo de lo que acaban de recibir.
El trayecto por la carretera de Benítez, a orillas del mar, se convierte en un desfile. La mayoría lleva una bolsa de color verde y se dirige al mismo punto.
Una vez que llegan a la playa, cada uno toma un sitio y busca el mejor postor. Desde hace varias semanas, parte de este espacio se ha tornado en un mercadillo que se extiende por gran parte de la costa.
"Buscamos ganarnos la vida, de la manera que sea", asegura uno de los comerciantes.
Cada tienda es variada. Tienen productos de la cesta de la compra, como cartones de huevos, galletas María, diferentes tipos de queso, panes, pollo y arroz.
En otros lugares hay ropa. Algunas prendas tienen etiquetas, pero la mayoría tiene rastros de suciedad o está descolorida por el paso del tiempo.
Entre tanto, se escucha a un hombre gritar que vende tabaco y que dos cigarrillos cuestan 1 euro.
"Es barato. Aprovecha", dice. Sobre la playa hay varias colillas que algunos recogen con la intención de terminar de fumarlas porque no les alcanza para comprar.
Adentrarse en el mercadillo es entrar en una ciudad totalmente ajena a Ceuta. Y su crecimiento tiene que ver con que, justamente, los inmigrantes han encontrado allí un lugar en el que no existe la ley.
Cada quien construye una chabola del tamaño que quiere. Monta un negocio de lo que le apetece. Hay venta de hachís y también cocaína mezclada con polvo de ladrillo.
Hay una mafia que también se ha encargado de "alquilar" chabolas a quienes vienen desde Marruecos, tienen dinero, pero no encuentran dónde vivir.
Además, la misma organización también prostituye a menores de edad, que son recogidas en taxis o ingresan en las mismas tiendas de campaña.
"Aquí hay fiestas. Puedes verlos borrachos o drogados en cualquier momento. Entre ellos suelen pelear con frecuencia y no sucede nada. Estamos cansados de vivir esta situación", asegura un vecino de la playa.
Allí, en ese espacio, hay al menos unos 4.000 migrantes. Desde mediados de agosto se han abierto más de cuatro lugares para acoger una parte de los 80.000 migrantes que ingresaron a finales de julio (aunque ahora se estima que hay 10.000 en las calles).
Pero las calles siguen llenas. Los barrios continúan sufriendo la misma problemática. Y la playa del Trampolín, lejos de estar vacía, cada vez se encuentra con un mayor número de personas.
Porque todo cuerpo que irrumpe en un espacio cerrado desplaza lo que había antes y desata una fuerza que intenta expulsarlo. Arquímedes lo planteaba así.
Las miles de personas que todavía aguardan en la ciudad se escondieron en los márgenes y grietas, apartando el orden establecido para ahuecar un espacio de supervivencia.
Problemas
Las horas son un trámite natural para quienes viven en la playa del Trampolín. Su vida es un ciclo que apunta a no tener un final próximo.
En medio de ese proceso, volvieron a construir una mezquita de poco más de dos metros cuadrados. No tiene ningún techo y tampoco paredes. Simplemente son botellas de agua clavadas sobre la arena.
"Si vamos a continuar aquí debe ser bajo nuestras creencias. Todos necesitamos un espacio para lo espiritual", asegura Rashin, un joven de 23 años que vende tabaco.
La espera se ha implantado en esa cotidianidad. Nada sucede. Nada cambia. Todo sigue y permanece. Por una parte, la población ceutí está al límite con la situación. Y del otro lado, las medidas implantadas por el Gobierno no son efectivas.
"Nosotros ya no tenemos ninguna orden directa sobre la playa del Trampolín. Únicamente venimos en las tardes cuando la ayuda humanitaria de la Cruz Roja está por llegar", asegura una fuente policial.
También añade que la Policía conoce lo que sucede en el interior del campamento: la mafia que prostituye a niñas, la venta de drogas, el alquiler de las tiendas de campaña y el mercadillo.
"Nosotros no podemos hacer nada. Y ellos también lo saben. No hay los suficientes agentes como para controlar lo que podría pasar en caso de una intervención. Aquí hay, seguro, unas 4.000 personas. Es un poblado chabolista que se extiende a lo largo de la playa", explica.
Eso, comenta, ha convertido la playa del Trampolín en una de las fortalezas de los migrantes: allí no entra nadie y sale quien quiere. Los campamentos del Gobierno no serán la razón por la cual ellos se marchen.
"Si bien es cierto que algunos han intentado ir a los campamentos y no han podido, el resto está aquí porque quiere y le apetece. Tienen ONG que traen cada día comida, les cargan el móvil, tienen duchas y se vende cualquier tipo de droga o licor. Convirtieron esto en lo que ellos quisieron", sentencia el agente.
Pisos patera y cerros
Lo que se vive en este sector no es un secreto. Por el contrario, cada vez está llegando a más rincones.
Algunos migrantes que llegaron durante la invasión y estaban escondidos, han optado por salir de los montes y ubicarse allí.
"Quiero aclarar que no todos los que viven en el Trampolín son malos. Yo quiero salir adelante. Pero es cierto que hay otras personas, que bajaron desde la montaña, y se nota que han hecho cosas malas porque llevan sangre encima y no tienen muy buena pinta", expresa uno de los comerciantes.
Justo el cerro que está detrás de la playa ha sido uno de los puntos de refugio de cientos de personas.
Ese era el sitio donde se ocultaban cuando la playa no estaba totalmente invadida y la Policía los desalojaba a diario. En su momento, Javier Otero, portavoz de Jupol, lo denominó como el "juego del gato y el ratón".
"Hacíamos un despliegue para sacarlos y se escondían allí. Una vez nosotros nos íbamos, la mayoría volvía a bajar desde el cerro para acomodarse", dice.
Sin embargo, otros aprovechaban los pisos abandonados para okuparlos y aguardar el tiempo que fuera necesario.
"La mayoría de los que están aquí no quieren ir a campamentos. Quieren estar en la playa del Trampolín. Al darse cuenta de que aquí pueden hacer lo que quieren, empezaron a salir miles y miles que el Gobierno no tiene contabilizados, pero que existen. Y este es el resultado", concluye.
Esa es la fase final del principio de Arquímedes: el equilibrio. Para no hundirse, un cuerpo debe igualar la fuerza del entorno que intenta expulsarlo, y en ese tramo de costa, los habitantes del Trampolín han encontrado su propia flotabilidad.
No han regresado, pero tampoco se han anclado; sencillamente permanecen suspendidos en el vacío que ellos mismos han desplazado.
Entre tanto, la tarde empieza a caer y el mercadillo continúa con su curso. A un lado, las chabolas, y en el otro, hay una larga fila de personas sentadas aguardando por su turno para recoger la ayuda humanitaria de la Cruz Roja.
