Mientras la ciudad autónoma de Ceuta intentaba contener en agosto una oleada migratoria sin precedentes, el centro de mando de La Moncloa funcionaba a casi 10.000 kilómetros de distancia.
Diego Rubio, director del Gabinete de la Presidencia del Gobierno, decidió mantener intactas sus vacaciones de un mes en Japón, en consonancia con el presidente.
Aunque desde el Ejecutivo aducen que coordinó la operativa telemáticamente —salvando las siete horas de diferencia entre Tokio y Madrid—, el episodio ha provocado críticas en el Gobierno.
Hasta este verano, Diego Rubio había mantenido un perfil discreto. Sin trayectoria orgánica en el PSOE y sin bajar nunca al barro partidista, llegó al Ejecutivo desde el mundo académico, con una formación forjada entre Barcelona, París, Columbia y Oxford, donde se doctoró.
En 2020 fue nombrado director de la Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia País a Largo Plazo y, en septiembre de 2024, fue aupado a la Jefatura del Gabinete de la Presidencia.
Diego Rubio, nuevo director de Gabinete del presidente del Gobierno.
El problema para Rubio comenzó a gestarse el 27 de julio, tres días antes del asalto masivo. Ante la imposibilidad de localizar a Pedro Sánchez, el presidente ceutí, Juan Jesús Vivas, logró trasladar a Diego Rubio el preocupante incremento de las entradas.
El jefe de Gabinete prometió derivar el asunto a los ministerios correspondientes, pero la respuesta del Estado no llegó.
La insistencia de Vivas en las jornadas posteriores fue recibida con cierto fastidio en La Moncloa, donde llegaron a transmitirle que estaba siendo "muy pesado", según revelaría el propio dirigente ceutí.
A las deficiencias en la gestión sobre el terreno se sumó un tenso choque competencial en Madrid. El Departamento de Seguridad Nacional (DSN) publicó un boletín en el que situaba en 49.000 las entradas registradas, lo que indignó al Ministerio del Interior y llevó al equipo de Fernando Grande-Marlaska a exigir responsabilidades.
Según pudo constatar EL ESPAÑOL, Diego Rubio pidió explicaciones a la directora del DSN, la general Loreto Gutiérrez, en una tensión que se saldó con la destitución fulminante de la redactora del borrador que se encontraba en ese momento de vacaciones.
Fuentes próximas al Ejecutivo admiten que el manejo de la crisis a 10.000 kilómetros de distancia y los roces con otros departamentos han puesto a Rubio bajo la lupa.
"La política es cortoplacista por diseño", afirmaba el propio Rubio en una entrevista concedida a EL ESPAÑOL en diciembre de 2021, defendiendo la necesidad de anticipar riesgos antes de que estallen.
Paradójicamente, ahora sufre las consecuencias de la irrupción brutal de una crisis fronteriza que el Gobierno no previó.
De Oxford a Moncloa
Diego Rubio llegó a la política sin haber recorrido el camino habitual: sin acta de diputado, concejalía ni horas de militancia en el PSOE.
Su trayectoria la forjó en las aulas. Tras licenciarse en Historia por la Universidad Autónoma de Barcelona con el mejor expediente académico del país, completó su perfil profesional en París, Columbia y Oxford.
Fue precisamente en la universidad británica donde se doctoró en Filosofía y profundizó en la prospectiva, la disciplina dedicada a estudiar las corrientes de fondo que transforman la sociedad y sus instituciones.
Tras dirigir el Centro para la Gobernanza del Cambio en la IE University —etapa en la que coincidió con Begoña Gómez—, dio el salto directo a la gestión pública.
En 2020, con 34 años, el Consejo de Ministros lo fichó para dirigir la recién creada Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia País a Largo Plazo.
Durante la etapa de Iván Redondo al frente del Gabinete, Rubio se convirtió en un perfil clave del equipo y en el arquitecto de 'España 2050', el proyecto con el que Moncloa pretendía obligar al Ejecutivo a mirar más allá del calendario electoral y planificar el país a tres décadas vista.
En 2021, en una entrevista con EL ESPAÑOL, el propio Rubio diagnosticaba una de las asignaturas pendientes de la Administración: que los gobiernos no aprovechan lo suficiente el conocimiento científico" y que "lo urgente siempre prima sobre lo importante", mientras la táctica "acaba imponiéndose a la estrategia".
Su ascenso interno fue rápido. En noviembre de 2023 asumió la Secretaría General de Políticas Públicas y Asuntos Europeos; en septiembre de 2024, cuando Óscar López fue nombrado ministro de Transformación Digital, Rubio pasó a dirigir el Gabinete de la Presidencia.
Desde allí dejaría de estudiar el futuro para empezar a intervenir directamente sobre el presente: cribar la información que llega a la mesa de Pedro Sánchez, coordinar la acción de los ministerios y preparar la respuesta del Gobierno antes de que una crisis arrolle la agenda política.
Diego Rubio, director de Gabinete del presidente del Gobierno.
"Odia al PSOE"
La cercanía con Sánchez tampoco convirtió a Rubio en un hombre de partido.
Ya en 2021, cuando dirigía la Oficina Nacional de Prospectiva, él mismo se definía como el "Pepito Grillo" de sus dos jefes, Sánchez y Óscar López, a los que describía como "dos jefes muy exigentes", aunque "fantásticos los dos".
Fuentes cercanas a La Moncloa consultadas por EL ESPAÑOL dibujan ahora el reverso de esa relación: Rubio había tenido antes contactos con el entorno de Ciudadanos y nunca terminó de encajar en la lógica orgánica del Partido Socialista.
"Odia al partido. Para él, el PSOE es simplemente gente que rellena mítines", sostiene la misma fuente.
Hasta ahora, esa distancia podía quedar sepultada bajo el funcionamiento cotidiano del Gobierno. La crisis de Ceuta la ha hecho visible y, con ella, el lugar incómodo en el que queda el director del Gabinete.
Fuentes del Ejecutivo describen a este periódico su situación actual dentro del Gobierno como "sumamente complicada".
Rubio continúa, pese a todo, al frente del Gabinete. La relación directa con Sánchez le llevó hasta allí; su distancia con el partido forma parte, ahora, de la otra cara de ese despacho.
'La ética del engaño'
Hay otra pieza de la biografía de Diego Rubio que adquiere un significado distinto desde el despacho que ocupa hoy: una tesis doctoral dedicada, precisamente, a estudiar cómo se mueve el poder entre la verdad, el secreto y el engaño.
En 2016, cuando todavía estaba en Oxford, presentó su tesis doctoral, La ética del engaño: secreto, transparencia y engaño en los orígenes del pensamiento político moderno, un estudio sobre cómo el secreto, la ocultación y la disimulación fueron entrando en la práctica política europea entre los siglos XIII y XVII.
Rubio sostenía que engañar no equivale necesariamente a mentir. "Retener la verdad es probablemente la forma de engaño más común practicada por los seres humanos y una de las piedras angulares de la vida social", escribió.
Ocultar información es, a su juicio, "una parte esencial del comercio, la política y la justicia".
Cuando el análisis se traslada a los gobernantes, aparece la idea de que los políticos recurren a la ambigüedad cuando tienen que hablar de sus compromisos de futuro, porque necesitan "decir lo que quieren oír" sin quedar demasiado atados a una posición. De ahí, según Rubio, los mensajes llenos de "vaguedad, ambigüedades y eufemismos".
Años después, Rubio ya no estudiaría desde Oxford cómo se construyen los discursos del poder: le tocaría intervenir en ellos; y una de sus intervenciones ante las Cortes tendría a Marruecos como protagonista nueve meses antes de que Ceuta volviera a convertirse en uno de los grandes problemas de La Moncloa.
El ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el director de su Gabinete, Diego Rubio, en una imagen de 2024.
Marruecos, país amigo
La comparecencia tuvo lugar el 30 de octubre de 2025, ante la Comisión Mixta de Seguridad Nacional, donde Rubio acudió para presentar el informe correspondiente al año anterior.
Allí Rubio habló de inmigración, de cooperación con los países de origen y tránsito y, de manera expresa, de Marruecos.
Rubio aseguró entonces que la colaboración con Marruecos había alcanzado "un nivel que no existía antes" y puso como ejemplo la lucha contra las redes de tráfico de seres humanos.
También quiso marcar distancia con quienes presentaban la inmigración como una amenaza: "Los migrantes no son un problema para nuestra economía ni para nuestro Estado del bienestar, son una parte importante de su futuro". Su apuesta, resumió, era una "migración controlada e integrada".
La discusión llegó después. Un diputado le preguntó expresamente por las reivindicaciones marroquíes sobre Ceuta y Melilla, por las "estrategias híbridas de desestabilización" y por el uso de la inmigración irregular sobre las dos ciudades; quería saber si el Gobierno considera al país vecino una amenaza para la integridad y la seguridad nacional de España.
"Yo sé que hay gente que está obcecada en tratar de inventar un conflicto secreto, con espías y con teorías conspiranoides entre Marruecos y España, pero lo cierto es que ese conflicto no existe", respondió Rubio.
A continuación definió al Reino alauita como "un país amigo, un país vecino, un socio estratégico para España y para Europa", y situó la relación bilateral en "uno de los mejores momentos de su historia".
Entre los pilares de esa relación incluyó precisamente la migración, junto a la lucha contra el terrorismo, el contrabando y las redes que trafican con seres humanos.
Aquella misma tarde, al hablar de los flujos migratorios, Rubio había pedido abordarlos "con rigor y con mucha honestidad".
Nueve meses después, la crisis migratoria de Ceuta obligaría a La Moncloa a gestionar precisamente ese cruce de la frontera, ese problema de seguridad gestado en Marruecos que Rubio no pudo prever en su intervención en el Congreso.
Para entonces, él estaba en Japón, siguiendo por teléfono una emergencia que ya no pertenecía al mundo de las hipótesis y los futuribles, sino a ese presente que, años antes, había descrito como el territorio donde "lo urgente siempre prima sobre lo importante".
